El destino de todo texto

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Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 5 de marzo de 2017

Tu vieja máquina Singer

(Obituario para mi madre Olguita en sus 22 años de ausencia)

Cuando te fuiste de nuestras vidas hace 22 años, todas tus cosas se dispersaron. Apenas si logramos rescatar uno que otro anillo de las enfermeras que se llevaron lo que les cupo en los bolsillos. Tu ropa, tus prendas favoritas, esa falda corta que te encantaba, tus zapatos que comprabas en la calle 59, todo terminó en lugares que desconozco. Dicen que en la muerte no nos llevamos nada y claro que es cierto; por el contrario, en ella pareciera que algo de lo que éramos queda atrapado en nuestras cosas.
Hay un objeto tuyo que nunca se perdió, lo suficientemente grande como para no ser robado ni dispersado: tu máquina de coser Singer. Fue tu signo. En algún momento de la vida, todo se refería a ella en la casa; cada pequeña tarea comenzaba en las dos puertas de su mueble. En él estaban las únicas tijeras que había, más viejas y confiables que cualquier otra cosa, los hilos, con los cuales se enmendaba todo, telas a medio cortar para hacer disfraces, recortes de revista que usábamos cuando nos podían a hacer ‘collages’. Y más adentro, cosas que sólo tú sabías. En el momento de tu muerte, era lo único que estaba en el cuarto aparte de la cama. Por un tiempo le perdí el rastro a la Singer, no sé quién la desocupó, ni cuándo. Al recibirla hace unos años, aún pendían adentro unos pocos hilos, una prenda inacabada; ¿una camisa?
Recuerdo claramente cuando la compraron en 1975. Todo el concepto, la máquina misma, era una versión de la era espacial de la vieja Singer de pedal. Siempre ame tu imagen de mujer que cosía. La tuya era la Athena 2000; tenía los colores de los vehículos espaciales, un blanco sólido, con ventanas oscuras para los moduladores que resaltaban en amarillo la puntada como si de una alta función de telemetría se tratara. Mi padre dijo que era una máquina inteligente, con mayor capacidad que los computadores que habían llevado al hombre a la Luna. Pero toda esa tecnología estaba puesta al servicio de la modestia de las puntadas. Era capaz de trazar un patrón repetitivo de pequeños perritos que a mi hija Gabriela hoy aún le hubieran deleitado. Con mi hermana María Claudia solíamos jugar a ver cuán rápido la máquina los podía hacer…claro cuando lo permitías. O a hacer flores, cada una fina y secuencial, con pequeños puntos entre ellas que siempre se me antojaron como gotas de lluvia.
Nunca nadie más que tú aprendió a manejarla porque no era sencillo; debiste hacer un curso cuyas primeras horas se iban en sólo aprender a hilvanar. Pero sentada en esa máquina con el pie en el pedal eras dueña de un poder que te definía, de madre y de mujer, uno que no te lo daba ni siquiera el pedal de nuestra camioneta Buick.
Hoy está en mi casa; parece reposar, perfectamente funcional, con una misión cumplida a medias como los módulos lunares en los que se inspiró. Se le han caído las manijas de las que halábamos para abrir el mueble y ahora no es sencillo que las puertas que se apretaban la una contra la otra se aparten sin meter la mano por debajo. Tiene pequeñas manchas de pintura negra que no sé si son originales, pero que la han cubierto toda, como constelaciones de estrellas muertas. Los signos de los años se le notan. Aparece de vez en cuando con nuevos rayones que no puedo explicar…el desgaste del simple existir. La he protegido de todo menos de lo inevitable, claro. Pero no la toco, no pretendería usarla y ni se me ocurriría guardar algo adentro a pesar de que su interior acomodado y generoso permanece vacío, habitado sólo por el olor arcano del moho y del tiempo. Al lado de la entrada de mi casa, justo cuando se terminan las escaleras, mora en silencio. En torno suyo aún pervive un mutismo que es el de tu ausencia y que es propio de las cosas que le arrancamos al pasado.

Hay sin embargo algo que yo nunca había reparado en la forma en que veía la vieja Singer, me costó tiempo y una especie de cambio de perspectiva percatarme de lo que hacía, uno de esos cambios que se dan sólo cuando nos salimos de nosotros mismos y nos miramos desde afuera, algo que moraba en mi y en ella y en tu recuerdo. Me lo despertó esta pregunta: ¿por qué guardo con tanto celo la máquina? Claro, porque había sido tuya. Pero era más que eso, era más que su esencia de reliquia. 
Descubrí que la guardaba porque en el fondo de este recuerdo largo, sentía que ibas a regresar. ¡Qué absurdo! Regresarías un día a usarla. Lo pensaba sin saberlo en realidad, que tomarías de nuevo tu lugar frente al hilo y al suave sonido metálico de las partes en movimiento. Soñaba que todo regresaría a la condición en la cual esa máquina era el centro de nuestras vidas. En la que tú asumirías la hechura de las cosas que necesitamos, que enmendaras una blusa, un botón; que nos retocarías la vida. Tantas cosas he asumido en mi vida como si fueras a regresar, ahora me doy cuenta; las historias que le cuento a Gabriela sobre ti siempre implican que la conocerás, los días y las horas y las dificultades los veo con una finalidad, la tonta tentación que aún guardo de llamarte...todas son cosas que están ahí, como la vieja Singer. Y que por absurdo que sea, las seguiré atesorando y cuidando por si algún día, por un imperdonable descuido de la muerte, pudieras acabar de hilvanar ese par de carretes y enmendar la vieja camisa que aún viven en su interior.


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