El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 13 de mayo de 2016

Una Carta sobre la Tolerancia

Hace décadas André Gide creó un género que llamó Reportajes Imaginarios. Hoy le replico con un discurso político imaginario, uno sobre la tolerancia...

Hoy quiero recordar una historia que por mucho tiempo ha reposado silenciosa en los anales de la historia del pensamiento pero que creo sería de gran utilidad en estos tiempos que no parecen menos convulsionados que aquellos en los que se desarrolla.
Hace trescientos veinte años, el médico, filósofo y humanista John Locke se sentaba a escribir un breve texto que habría de convertirse, sin que él lo supiera, en el pilar de la libertad y de la convivencia que aún pretende definir nuestra forma de vida; la Carta sobre la Tolerancia. A pesar del silencio de su estudio en Oxford, aún resonaban en su cabeza los gritos de terror de los hugonotes, la secta protestante francesa cuyos miembros habían sido brutalmente asesinados en virtud de su separación de la religión oficial. Su conciencia de ensayista simplemente no podía dejar ir una historia tan nutrida de contradicciones, aunque lo separaban cien años de los hechos. Esa noche, conocida como la de San Bartolomé, los hugonotes habían sido ferozmente sustraídos de la intimidad de su hogar en medio de la noche, como si se los sacara de la secrecía de sus pensamientos y asesinados en público. Los victimarios, incentivados por un régimen cada vez más temeroso de lo que la gente hacía de puertas para adentro, gritaban a viva voz con las manos aún ensangrentadas que la masacre había sido necesaria para preservar las buenas costumbres…como si asesinar, acusar y perseguir no se contaran entre las primeras atrocidades morales de las cuales había qué huir.

Cómo me aterra pensar que Locke se mostraría despavorido al saber que los motivos por los cuales nos seguimos persiguiendo tres siglos después son por lejos más intimistas y privados que la religión; hoy al parecer nos perseguimos en aras de nuestra elección sexual. Si los demás no se preocupan porque mis finanzas estén en la ruina, un ámbito público que involucra el circulante dinero, por qué se han de preocupar por la salvación de mi alma que sólo me injiere a mí y de la cual no puedo imaginar nada más privado, había escrito el humanista en su Carta. Hágase el mismo razonamiento ahora con respecto a la elección sexual; hágase el mismo razonamiento con respecto a la comunidad LGBT de esta ciudad.
Los peligros a los que podría llevar la intolerancia eran como una especie de ácido universal, capaz de atravesarlo todo por sólido que fuese. Si aceptamos que otros me puedan decir que yo puedo estar equivocado en mi elección sexual, ¿por qué no aceptamos que esos mismos dictaminen si estoy extraviado en mi escogencia de la mujer o el hombre con el que me casé en sacramento marital? Y llevemos la invasión un paso más allá porque no hay de manera previsible un lugar natural donde se deba detener por sí misma: aceptemos que me digan qué carrera estudiar, el sitio donde debo vivir y con quien haría bien en compartir mis mejores momentos de felicidad un viernes en la tarde. Conocemos de sobra ese fragmento de Martin Niemoeller erróneamente atribuido a Bertolt Brecht que advierte que cuando fueron a buscar a los judíos “yo no hablé porque no era judío…”, hasta que eventualmente, pasando por todas las condiciones, me fueron a buscar a mí simplemente por ser quien soy. Lo que nunca imaginamos  es que al parecer no nos llevarían completos, sino por partes: vendrán por mi capacidad de elegir mi vida sexual primero y tal vez luego por mi capacidad de elegir mi carrera, mis gustos, mis amigos…
Hay quienes creyéndose en extremo dispuesto a aceptar la diferencia admiten la existencia de los que tienen otros gustos en materia sexual, siempre y cuando no los tengan que ver. La elección sexual es un vicio privado que sólo se hace delictual cuando se manifiesta públicamente, como cuando llega al hogar por medio de la televisión. Debo decirle a los que así piensan que los riesgos señalados por el filósofo inglés con quien comienzo esta intervención no se ven así disminuidos un ápice: ¿Por qué no hemos de aplicar el mismo razonamiento a los programas de carácter religioso que abundan en la televisión? Que tengan sus prácticas, pero que no las divulguen. Sin embargo, si de alguna manera limitásemos la expresión de esta religiosidad no puedo dejar de presagiar que la sociedad como un todo se levantaría para defender el derecho a divulgar las ideas religiosas y con sobrada razón.
A menos que se establezca un delito de inmoralidad privada, similar a aquel por el cual llevaron a la cárcel en su momento a Oscar Wilde, a menos que esto suceda, digo, no hay con base en qué tener entre ojos a los que tienen criterios de elección sexual distinta a la nuestra. A menos que también prohibamos la expresión de la religiosidad por la pantalla e instruyamos a nuestros niños para que cierren los ojos ante lo que sucede en los ritos que pasan por la tv, quizá tampoco debamos estar dispuestos a limitar las expresiones respetuosas y mesuradas de la comunidad LGBT por medios masivos. La pertinencia que tiene el ser cuidadoso con las edades para las que van dirigidos los contenidos y recomendar la orientación paterna no la cuestiono ni por un solo instante. Sólo digo que en aras de ese cuidado no se puede llegar al punto de prohibir la entrada en nuestras vidas de todo lo que no somos, de lo que cuestiona nuestros valores. Mejor haríamos en instruir a nuestros niños en la diversidad desde una edad temprana, enseñándoles que las familias, las relaciones y el amor son más amplios que lo que ven en su propio hogar y que como tal todos necesitamos vivir aprendiendo.
A veces como sociedad añoramos la uniformidad por ninguna otra razón que por la comodidad de entender lo que sucede en la vida de otros. Pero hemos de acostumbrarnos a la incomprensión y la respetuosa deslealtad con las tradiciones que implica la tolerancia. Ella no es algo dado; la entiendo más como un logro, una conquista permanente.

Pero sobre todo, las palabras que he dicho tal vez parezcan implicar que la tolerancia que defiendo es un gran acto de aguante de los demás, que aprendo a cerrar los ojos mientras pasan, a taparme los oídos mientras hablan. En realidad por lo que abogo es por algo más atrevido; digo que en la diversidad hay una gran fuente de riqueza deseable y no lo señalo sólo porque sea lo políticamente correcto y deseable, sino porque es en la diferencia que como colombianos y como habitantes de una ciudad diversa y humana  -y tal vez sólo en ella-  que al fin aprenderemos quiénes somos.