El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

lunes, 7 de marzo de 2016

La Realidad 21 años después...

Esta es una historia sucedida el pasado cinco de marzo, el día en que mi madre cumplía 21 años de haber muerto. No quiero tomar ese tono profético de la magia que hay en el mundo, el desconsuelo de la existencia resignificado en virtud, pero todo pareciera algo más que una coincidencia. Mi hermana María Claudia saca la basura. Una frase, escrita en la bolsa capta su ojo: ha metido todo en la misma talega de papel –hecha sin cloro y 100% de material reciclado advierte “Chipotle”- en donde vino su almuerzo de domicilio. La frase ‘Hola Hijita’ impresa por ninguna razón aparente –no es un logo, no tendría que estar allí- le dice algo significativo a exactos 21 años de la muerte de su madre…de nuestra madre. Qué acto efímero…cuántas veces nos detenemos a observar la bolsa; hubiera podido nunca suceder. El restaurante suele incluir fragmentos de autores latinoamericanos en las caras impresas de las bolsas para llevar. Este saludo viene acompañado por uno de Laura Esquivel sobre el amor por los padres muertos. El escrito no sólo parece coincidente con las circunstancias, con el saludo, con el día…es imposible dejar de pensar que 21 años luego de su muerte, mi madre le dice algo a mi hermana, directamente a ella. Mañana me levanto y vuelo a pensar bien todo esto, me digo cuando me lo cuenta por teléfono. Mañana descreeré y escamotearé con las pendejadas y me quejaré de la inmundicia de la superstición y tomaré con reverencia en mis manos los libros de Bertrand Russell. Pero por hoy, no puedo dejar de ver en todo ello un signo  -¿quiero verlo?-.  Quizá sea simplemente la distancia, el olvido, tantos años, tanto absurdo que se ha apoderado de nuestras vidas… trato de hacer coherente todo recordando una cita de Saúl Bellow que dice: “Hay otra realidad, una genuina, de la cual perdemos vista, y que siempre nos envía pistas las cuales sin el arte, no podemos recibir.” Por hoy, sólo por hoy, me repito, hay estos Dos Minutos de Amor Permanente –que así se llama el texto- y me permitiré imaginar lo que este mensaje tuvo que viajar para llegar hasta mi hermana y a mí…y a mi hermano Andrés que vive esperando una respuesta y eventualmente a mi padre. Sólo por hoy lo veré como una misiva en una botella. Algo debiste hacer, le digo a mi madre en mi cabeza, en vida o en la muerte, algún efecto puesto en marcha quizá por el más diminuto gesto se debió magnificar o volver estrecho como un cuello de botella para que Esquivel optara por escribirlo, para que terminara impreso en el endeble papel, para que entre los miles de textos que casi no se repiten tomara justamente este el domiciliario, para que mi hermana no lo enrollara y lo botara sin pensarlo, para que antes de arrojarlo le diera una segunda mirada, para que hubiese en él un saludo innecesario para todos los demás. Algo debió pasar, lo creeré sólo por hoy. 



Dice esto:
“Si por alguna razón pudiera encontrarme con mis padres muertos. Si fuera posible verlos nuevamente. Escucharlos. Acariciarlos. Estoy segura de que no me importaría para nada descubrir en su rostro alguna arruga nueva. Ni observar que habrían sufrido pérdida de cabello en los años que llevamos de no vernos. No me fijaría ni en su ropa ni en su aspecto, no. Correría a su encuentro y me fundiría en un largo abrazo con ellos y así me gustaría permanecer por un largo rato. Sería maravilloso sentir nuevamente el amor que me prodigaron. Percibir el familiar aroma que despide su ropa y su cabello. Ese olor que afanosamente buscaba en la gorra que mi padre dejó en el sillón o en las blusas que quedaron colgadas en el ropero de mi madre. Sería increíble volver a escucharlos decir “hola hijita”. Hija, esa palabras que desapareció cuando ellos murieron. Hace tiempo que no soy hija. Soy madre, soy abuela, soy hermana, soy tía, soy prima, soy amiga, pero ya no soy hija y me encantaría recuperar mi título al momento en que ellos me nombraron. Las palabras tienen vida. Memoria. Al escucharlas se remite al pasado. Viaja a la casa materna y huele las tortillas saliendo del comal. Escucha las pisadas de su padre volviendo a casa después del trabajo con una bolsa de panes debajo del brazo. Y los sonidos se suceden uno tras otro velozmente y los recuerdos nos llenan de gozo. Me gustaría volver a sentir la mano de mi madre acariciando mi frente cuando me llevaba a la cama a dormir o reír con las historias que mi papá me narraba por las tardes. Sé que si pudiera abrazarlos nuevamente me sentiría en casa. Me sentiría protegida. Me sentiría amada. Mientras más lo pienso, me doy cuenta de que al imaginarlo ya lo estoy haciendo. Que yo lo hago realidad en mi corazón, pues más allá del mundo de las formas y del tiempo, hay un mundo que permanece intacto. Es el del amor. Y ese siempre está disponible.”

Claro, yo soy el que lo hace realidad, esta absurda historia, y mi hermano y mi hermana y mi padre…pero no por ello es menos real. Porque en últimas, la vida, la muerte, esta absurda existencia son nada más que eso...cosas que nos forzamos a adornar con la palabra ‘realidad’.