El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 7 de octubre de 2016

El Tamaño sí importa

Hace más o menos cien años, el británico Arthur Stanley Eddington notó que el tamaño del hombre se sitúa justo en la mitad entre los átomos y las estrellas. Eddington sabía de lo que hablaba; era uno de los astrofísicos más conocidos de su tiempo. Prácticamente el mismo número de átomos que componen un cuerpo humano, -un número enorme,10 seguido de 28 ceros-, es, con una ligera variación, el número de cuerpos que puestos juntos formarían un objeto del tamaño de una estrella.
No he dejado de pensar en este dato desde que lo leí por primera vez. Como evolucionista, me estrelló contra el piso: ¿hay acaso algo asombroso en nuestro tamaño? ¿tiene que ser el que es y no podría ser otro? Creo que sí, somos como somos por motivos de peso, literalmente…aunque lo que hace asombroso el hecho es que no hubo en ello planeación o diseño deliberado. Tomemos el cerebro. Con el sólo hecho de que hubiese sido diez veces más grande que el actual, nunca hubiéramos construido civilización alguna y estaríamos dichosos en nuestra condición de almejas. La lógica es apabullante: la velocidad de transmisión de información entre las neuronas lejos de ser la de la luz es de humildes 300 kilómetros por hora, con lo cual un pensamiento viaja de un lado al otro del cerebro en un milisegundo. Un cerebro 10X implicaría que el número de pensamientos transmitidos en una vida fuera diez veces menos que el actual.
El mismo resultado se hubiese dado sin que hubiese crecido el cerebro, sino la Tierra. Con una Tierra con el doble de la masa, lo cual hubiese creado según el cosmólogo Adrian Berry una gravedad que es apenas 1,4 veces la actual, las cosas hubieran sido muy distintas. La vida marina se hubiera demorado más en evolucionar y con ella la salida del agua de ese primer pez con patas que los darwinistas pegan en la parte de atrás de sus autos. Con una gravedad así, no habría bellas piernas estilizadas, sino troncos poderosos y nuestro cuello se hubiera tenido que multiplicar para llevar el kilo y medio de encéfalo que portamos en el cráneo.
Cuando se trata del cuerpo, el tamaño -y me perdonan no familiarizados con los básicos de la pornografía- sí importa. Un ratón no es un elefante a escala. Sus cuerpos, incluso al nivel de la célula deben ser distintos. El mamífero más pequeño, un roedor que no pesa más que una moneda de 50 pesos, la musaraña etrusca, tiene por su tamaño proporcionalmente más piel expuesta que el elefante. Esto implica que debe comer todo el día simplemente para no morir de hambre y frío; es una llama sobrealimentada, un pequeño horno de fuelle turbo-acelerado. El elefante, por su parte, sufre del innoble problema contrario: si sus células no tuvieran mecanismos sofisticados para disipar el calor, lo cual no sólo hace con sus orejas, como lo ha demostrado recientemente el excelente divulgador científico Robert Krulwich, estallaría. Nos gustan los elefantes, no queremos que estallen; afortunadamente su metabolismo es mucho más bajo, una calmada y fuerte tea que arde de manera parsimoniosa. Los hombres estamos en la mitad entre la musaraña estrusca y el paquidermo. Más del lado del segundo para ser precisos. De haber quedado en los extremos o tendríamos que pasar el día comiendo 80% de nuestro peso corporal  -predicamento del pequeño mamífero con la cual algunos de nosotros no tendríamos ningún problema- o en el extremo contrario, la vida nos hubiera durado muy poco para cualquier empresa a plazo decente y nos hubiéramos tenido que dar a la lenta tarea de recordar, como el hermano elefante.
Musaraña Etrusca
Una de las cosas más asombrosas del elefante y la musaraña la divulgó el biólogo evolucionista Stephen J. Gould: ambos en realidad viven la misma cantidad de tiempo. De hecho todos los mamíferos lo hacen. ¿Cómo, se podrá preguntar, si la musaraña vive días y el elefante años, a veces más que los humanos? La lógica demanda que la vida no la midamos en años sino en latidos del corazón comparados con la frecuencia de respiración. Tanto la musaraña como el elefante, todos los mamíferos respiran una vez cada cuatro latidos del corazón. Si bien en la musaraña ambas cosas pasan muchas veces y en elefante menos veces en su vida, los números forman una misma ratio. Para una musaraña un día debe durar una eternidad, dado todo lo que hace –no duerme, come y caza constantemente, se mueven más de trece veces por segundo, peor que el más fastidioso de los bebés. Para el elefante, por el contrario, es dable suponer que los días, como diría el poeta Bukowski, pasan rápidos como caballos salvajes sobre las colinas y el tiempo no parece rendir para nada.
El problema del tamaño no sólo se relaciona con el calor, sino también con la resistencia al fluido en el cual viven los animales. Dada la masa corporal en relación con su área de piel, para no contar sus huesos sólidos, un caballo no podría volar así tuviese alas regaladas por los dioses. A menos, especulan los biólogos, que fuese un caballo más pequeño que una abeja, lo cual sin duda le restaría emoción a tener un Pegaso. A este nivel de nuevo resuena la verdad del tamaño: para un ave el aire es más bien espeso según los experimentos sobre el vuelo de Erick Von Holst en la década del 70. Tanto así que las alas de los animales que vuelan deben describir pequeñas curvas sinusoidales con los bordes para meterse en ese medio denso. Es por ello por lo cual al hombre le iría más o menos igual de mal que al caballo al emprender el vuelo como Ícaro. La magia de la mitología griega consistió en imaginar a un ser que no podía volar sobre otro que lo hacía en menor medida.
Podría uno quedarse asombrado de que el caballo no deba volar para comer pasto, que los elefantes no tengan que correr y que las musarañas poco tiempo tengan para recordar…o si a ello vamos que el hombre sea del tamaño que es. A mi modo de ver, no es que Dios nos haya puesto sobre un mundo perfecto. El darwinismo implica una extraña inversión del razonamiento para el que lo comprende y profesa: estamos acá justamente porque todas estas circunstancias se dieron. Si no fuese así, de nada habría que asombrarse… porque simplemente no existiríamos.

viernes, 22 de julio de 2016

El Caballo de Camila

Debido a la persistencia de diversos tipos de sonidos, similares al golpear de dos medios cocos huecos, provenientes del piso inferior de mi apartamento, he llegado a la conclusión de que mi vecina Camila tiene un pequeño caballo que anda suelto detrás de ella. Por la intensidad y brillo de sus pisadas, infiero que ha de ser del tamaño de un perro mediano, de cascos de unas dos pulgadas a lo más, una extrañeza veterinaria admirada y deseada por los zoológicos.
Constantemente, la acompaña de un lugar a otro…a veces afanoso y preciso; en otros momentos bucólico cuando en la tarde el Sol se presta para uno o dos sorbos de vino. En las noches lo he escuchado dar vueltas ebrias en torno a un punto, círculos desvencijados luego de los que debe votar una pata al lado para no caer, lo cual me llega como un estruendo que interrumpe los ciclos y me hace regar el café. No hay duda de que ello es distinto al paso resuelto, casi militar con el que toma la rienda de la situación y acompaña a Camila a regar sus flores, quedándose quieto en silenciosa expectativa. Tampoco se equipara con la marcha de desfile de los días de aseo, ni con las correrías que se siguen de los toques en la puerta, iracundos de curiosidad, ansiosos así sólo sea para repetir los números del contador de la luz. Es una criatura curiosa, este caballo. No creo que sus crines den para hacer trenzas, que sea capaz de comer una zanahoria o una manzana más que a pedazos…y ni soñaría con que el hombre haya montado alguna vez a alguno de su especie. No se le oye rebuznar y sin duda su cola ha de ser muy pequeña para espantar a una mosca respetable. Pero su fisionomía, así lo quiero creer, es la del equino; su boca en ese absurdo gesto del caballo común, parece indentada en la cara y tiene algo de humana, como todo caballo respetable. Su olor debe ser el del cuero y la silla, y como cualquier caballo heroico es capaz de perderse en un atardecer si tan sólo lo deseara.
Cada 28 días, Camila exhausta o adolorida por las faenas cíclicas de su cuerpo se acuesta en silencio. La escucho cuando los goznes de las puertas resuellan suaves y cansados al final de la tarde, o adoloridos y rápidos en búsqueda de un analgésico en las mañanas grises. El pequeño equino alojado sobre sus patas traseras la acompaña y ve sus programas del tedio sin comprender imágenes coloridas de la pantalla. Así Camila se haya quedado dormida, apoyado sobre sus cuartos traseros, los cascos en recta disposición hacia adelante, sigue siendo fiel al programa obliterado, dando una ocasional mirada a su ama.

En días de tedio, cuando Camila está activa, mueven enormes montículos de piedra caliza o ladrillos contra los que el caballo debe enfilar, imagino, su escuálida frente para empujar con los cuatro cuartos. O sueltan sobre el piso una enorme esfera de metal que rueda hasta detenerse con un pequeño estruendo contra las paredes, tarea en la que el equino debe limitarse a observar dada su falta de manos para levantar y dejar caer…todo sólo para terminar a las carcajadas. Aunque debo confesar que no escucho ningún tipo de risa que acompañe el inexplicable ritual, y esto me obliga a preguntarme qué logran con ello si no fuera un divertimento: ¿acaso una competencia, un deporte? Bien pudiera tratarse de una de esas cosas que se hacen simplemente porque sí, como apretar una bola de espuma en la mano o sobar una gema engastada sobre un anillo.
Claro, todo esto lo supongo, pero no de manera gratuita. Con especiales evidencias lo afirmo a partir de los silencios, los giros minuciosos en la cama, el avivado golpeteo y los espacios en los que simplemente no hay nada. Por lo demás, ignoro qué tipo de relación tienen. Cuando mi vecina llega con compañía, el pequeño caballo parece danzar en brincos antes de silenciarse estremecido para ser lanzado a la habitación contigua en el momento culmen del amor. Nada más quisiera  -y todo esto lo conjeturo- que poder ser parte de lo que oye desde afuera como cabalgatas legendarias, rítmicos atropellos que le recuerdan la dureza de las planicies y la suave dulzura de las gramíneas.
Es intrigante, este caballo. Por sus actitudes, no pareciera estar plenamente consciente de su condición de équido hervíboro y solípedo. En ocasiones -he escuchado todo-, mi vecina, ya vencida por los tragos -que no se requieren muchos- se echa a las carcajadas en el sofá, con un prodigioso whisky en la mano. Por los temblores, rápidos y rítmicos que se siguen invariablemente a este hecho, supongo que el pequeño equino ha terminado bañado en un Jack Daniels y se sacude con paciencia y conspicua perfección. Lo imagino todo menos molesto con el acto, lamiendo el dulce sabor del maíz tratado con humos de maderas del norte. Todo caballo recuerda el norte, una leyenda escrita en el fondo de sus reminiscencias ancestrales y por ello el equino saborea el Whiskey con gusto. Pero he ido muy lejos en mis destellos y proyecciones y quizá deba atenerme a lo que sé.
Sé que hace días no lo escucho…ha de haberse marchado exhausto, en la rítmica partida del fracaso. Los equinos tienen un paso preciso para cada situación y de seguro no ha de ser esta la excepción. Me gustaría pensar que ha encontrado otra dueña…no que habita solitario en un hotel en donde no puede hacer ruido luego de las 8 pm. Quiero pensar que aún no comprende el conflicto, el suceso, el fracaso ni la fama. Que ha resumido su vida después de Camila, que ha tomado la opción de unirse a un circo respetable, demos por caso, en donde sus talentos para seguir, o simplemente para ser un equino diminuto de proporciones precisas, son altamente apreciadas al punto de hacer irrumpir en el aplauso. Tampoco descarto que regrese, cargado de mundo, habiendo probado el centeno en otras planicies. Quizá era lo que deseaba, lo que requería su talla, su complexión y su compleja fisionomía, porque estoy seguro que ser un caballo que sigue con distinta precisión, sin soltar un solo quejido o siquiera requerir amarres y enjalmes, ha de ser una tarea mucho más engorrosa y difícil de aceptar que la de ser un caballo de tiro.



lunes, 11 de julio de 2016

La tomó de la mano...

(Es este el primero de una serie de micro-relatos que publicaré en El Pisapapel de Pilas)


La tomó de la mano y la haló suavemente hacia él. Ella no opuso ninguna resistencia; los labios suaves y dulces eran como se los había imaginado, una extensión del verano. Los pies de los dos tocaban la grama ligeramente humedecida; era la hora en que el viento dejaba que los coletazos de una  brisa suave jugueteara entre los árboles, que doblara la hierba que se había atrevido a crecer más allá del verdor en los campos lejanos…en que las banderas hondeaban con los últimos fragores del día y el cielo pintaba el firmamento de naranja y de ocres tenues e iluminados y de verdes y de añil. Ella no luchó, fue suave como el viento y él tembloroso como las banderas. La sensación en los labios pareció durar para siempre, permaneció en su memoria por mucho tiempo. Había momentos, los peores, en los que la suavidad de ese verano volvía con una certeza casi dolorosa, como tocándolo en el hombro y diciéndole que no olvidara ese instante que había sido elucido por el tiempo, y del cual nunca más se volverían a recomponer todos los ingredientes.


viernes, 13 de mayo de 2016

Una Carta sobre la Tolerancia

Hace décadas André Gide creó un género que llamó Reportajes Imaginarios. Hoy le replico con un discurso político imaginario, uno sobre la tolerancia...

Hoy quiero recordar una historia que por mucho tiempo ha reposado silenciosa en los anales de la historia del pensamiento pero que creo sería de gran utilidad en estos tiempos que no parecen menos convulsionados que aquellos en los que se desarrolla.
Hace trescientos veinte años, el médico, filósofo y humanista John Locke se sentaba a escribir un breve texto que habría de convertirse, sin que él lo supiera, en el pilar de la libertad y de la convivencia que aún pretende definir nuestra forma de vida; la Carta sobre la Tolerancia. A pesar del silencio de su estudio en Oxford, aún resonaban en su cabeza los gritos de terror de los hugonotes, la secta protestante francesa cuyos miembros habían sido brutalmente asesinados en virtud de su separación de la religión oficial. Su conciencia de ensayista simplemente no podía dejar ir una historia tan nutrida de contradicciones, aunque lo separaban cien años de los hechos. Esa noche, conocida como la de San Bartolomé, los hugonotes habían sido ferozmente sustraídos de la intimidad de su hogar en medio de la noche, como si se los sacara de la secrecía de sus pensamientos y asesinados en público. Los victimarios, incentivados por un régimen cada vez más temeroso de lo que la gente hacía de puertas para adentro, gritaban a viva voz con las manos aún ensangrentadas que la masacre había sido necesaria para preservar las buenas costumbres…como si asesinar, acusar y perseguir no se contaran entre las primeras atrocidades morales de las cuales había qué huir.

Cómo me aterra pensar que Locke se mostraría despavorido al saber que los motivos por los cuales nos seguimos persiguiendo tres siglos después son por lejos más intimistas y privados que la religión; hoy al parecer nos perseguimos en aras de nuestra elección sexual. Si los demás no se preocupan porque mis finanzas estén en la ruina, un ámbito público que involucra el circulante dinero, por qué se han de preocupar por la salvación de mi alma que sólo me injiere a mí y de la cual no puedo imaginar nada más privado, había escrito el humanista en su Carta. Hágase el mismo razonamiento ahora con respecto a la elección sexual; hágase el mismo razonamiento con respecto a la comunidad LGBT de esta ciudad.
Los peligros a los que podría llevar la intolerancia eran como una especie de ácido universal, capaz de atravesarlo todo por sólido que fuese. Si aceptamos que otros me puedan decir que yo puedo estar equivocado en mi elección sexual, ¿por qué no aceptamos que esos mismos dictaminen si estoy extraviado en mi escogencia de la mujer o el hombre con el que me casé en sacramento marital? Y llevemos la invasión un paso más allá porque no hay de manera previsible un lugar natural donde se deba detener por sí misma: aceptemos que me digan qué carrera estudiar, el sitio donde debo vivir y con quien haría bien en compartir mis mejores momentos de felicidad un viernes en la tarde. Conocemos de sobra ese fragmento de Martin Niemoeller erróneamente atribuido a Bertolt Brecht que advierte que cuando fueron a buscar a los judíos “yo no hablé porque no era judío…”, hasta que eventualmente, pasando por todas las condiciones, me fueron a buscar a mí simplemente por ser quien soy. Lo que nunca imaginamos  es que al parecer no nos llevarían completos, sino por partes: vendrán por mi capacidad de elegir mi vida sexual primero y tal vez luego por mi capacidad de elegir mi carrera, mis gustos, mis amigos…
Hay quienes creyéndose en extremo dispuesto a aceptar la diferencia admiten la existencia de los que tienen otros gustos en materia sexual, siempre y cuando no los tengan que ver. La elección sexual es un vicio privado que sólo se hace delictual cuando se manifiesta públicamente, como cuando llega al hogar por medio de la televisión. Debo decirle a los que así piensan que los riesgos señalados por el filósofo inglés con quien comienzo esta intervención no se ven así disminuidos un ápice: ¿Por qué no hemos de aplicar el mismo razonamiento a los programas de carácter religioso que abundan en la televisión? Que tengan sus prácticas, pero que no las divulguen. Sin embargo, si de alguna manera limitásemos la expresión de esta religiosidad no puedo dejar de presagiar que la sociedad como un todo se levantaría para defender el derecho a divulgar las ideas religiosas y con sobrada razón.
A menos que se establezca un delito de inmoralidad privada, similar a aquel por el cual llevaron a la cárcel en su momento a Oscar Wilde, a menos que esto suceda, digo, no hay con base en qué tener entre ojos a los que tienen criterios de elección sexual distinta a la nuestra. A menos que también prohibamos la expresión de la religiosidad por la pantalla e instruyamos a nuestros niños para que cierren los ojos ante lo que sucede en los ritos que pasan por la tv, quizá tampoco debamos estar dispuestos a limitar las expresiones respetuosas y mesuradas de la comunidad LGBT por medios masivos. La pertinencia que tiene el ser cuidadoso con las edades para las que van dirigidos los contenidos y recomendar la orientación paterna no la cuestiono ni por un solo instante. Sólo digo que en aras de ese cuidado no se puede llegar al punto de prohibir la entrada en nuestras vidas de todo lo que no somos, de lo que cuestiona nuestros valores. Mejor haríamos en instruir a nuestros niños en la diversidad desde una edad temprana, enseñándoles que las familias, las relaciones y el amor son más amplios que lo que ven en su propio hogar y que como tal todos necesitamos vivir aprendiendo.
A veces como sociedad añoramos la uniformidad por ninguna otra razón que por la comodidad de entender lo que sucede en la vida de otros. Pero hemos de acostumbrarnos a la incomprensión y la respetuosa deslealtad con las tradiciones que implica la tolerancia. Ella no es algo dado; la entiendo más como un logro, una conquista permanente.

Pero sobre todo, las palabras que he dicho tal vez parezcan implicar que la tolerancia que defiendo es un gran acto de aguante de los demás, que aprendo a cerrar los ojos mientras pasan, a taparme los oídos mientras hablan. En realidad por lo que abogo es por algo más atrevido; digo que en la diversidad hay una gran fuente de riqueza deseable y no lo señalo sólo porque sea lo políticamente correcto y deseable, sino porque es en la diferencia que como colombianos y como habitantes de una ciudad diversa y humana  -y tal vez sólo en ella-  que al fin aprenderemos quiénes somos.

domingo, 10 de abril de 2016

Argumentos del Cuerpo

Supongamos por un momento que soy una mujer negra, judía y lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre. Se trata de uno de estos juegos de movilidad de género. O con el mismo tinte, supongamos lo contrario; que soy un hombre blanco, ojiazul y republicano que clama por salir del cuerpo de una mujer negra, judía y lesbiana…mas incorrecto quizá. En los dos casos, ¿de quién son los argumentos que salen por boca de las criaturas de ese bestiario de lo políticamente correcto? ¿De cuál ‘cuerpo’, de qué ‘persona’? Cuando cualquiera de los dos grita algo del estilo ‘soy marginal, soy una (o un) outsider, soy una oprimida’, ¿habrá que creerle? Y en ese caso, ¿a quién habrá que creerle? ¿Es más grave que lo diga la mujer negra atrapada en el cuerpo del republicano o el republicano atrapado en la mujer negra? ¿Si uno de los dos grita “negros hijueputas…” -como lo hizo en alguna ocasión Jorge Eliecer Gaitán frente a una plaza de Bolivar llena, sólo para resolver su frase con ‘negros hijueputas nos dicen los Santos y los Lleras’- es mucho peor en un caso que en el otro? Considere que quizá no le suene tan mal a la mujer negra poseída porque según algunos, los argumentos son del cuerpo. Y el cuerpo dice cosas…La nueva mitología de la corrección política recuerda sin saberlo los preceptos del viejo marxismo: la verdad viene al mundo por boca de los oprimidos. Pero acá…¿quién es el oprimido? ¿La mujer poseída por el republicano, o el hombre atrapado en el cuerpo de una mujer negra? ...se vuelve  complejo. Fíjese cualquiera, la idea de movilidad de género no se parece llevar muy bien con la de los argumentos del cuerpo, la idea de que un improperio es peor dependiendo de quién venga. O renunciamos a la movilidad absoluta de género o empezamos a admitir que un improperio es tan insultante, desmotivante, obnubilante, venga de donde venga. Pero no los dos al mismo tiempo.


Claro, siempre es posible salir del paso alegando que esto lo dice un hombre blanco -aunque no republicano-, poseído por una lógica bivalente y falocéntrica que le gusta pintar todo de poseída-poseedor, penetrada-penetrador; yo. Pero también yo puedo alegar que en mi interior habita esa mujer negra que se apoderó del personaje que sale retratado en mi cédula...la cosa es más compleja aún, ¿verdad?
Claro, nunca sucederá algo así, es un imaginario….Nunca sucederá, hasta que sucede. El caso de Rachel Dolezal en EU parece haber mostrado que vivimos en tiempos en los que no tanto los sueños se cumplen sino que los absurdos son viables. Dolezal, una mujer blanca ojiazul, llamó la atención de los medios a mediados del 2015 cuando enfrentó a sus padres de descendencia sueca diciendo que ella era una mujer negra, así no concordara con su historia ni con su biología. Alegó que desde niña se pintaba con crayolas marrón, y que por ser negra se le había negado el ingreso a una universidad. Sus padres no recuerdan nada de ello; el absurdo suele quedar sujeto a una buena dosis de interpretación. Si fuese una mujer negra que se declara blanca nunca habríamos sabido de ello. Pero era blanca: había que tomarla en serio.  El caso hizo que la corrección política se tuviera que poner de cara a sí misma, como suele hacerlo porque los primeros ofendidos fueron los voceros de las comunidades negras…y con razón. La movilidad de género es una cosa…pero la de grupo étnico-social implica usurpar los derechos de los mismos representantes de aquello a lo que uno alega haberse convertido: paradójico, e increíblemente orgánico.
Veo acá una tendencia retrograda y peligrosa. Los defensores de los argumentos del cuerpo –los podemos llamar conservadores difusos-  no tendrán en el fondo más opción que afirmar que hay una raza de sujetos como yo que haga lo que haga siempre será incorrecto; mi cuerpo lo es, una viviente e irrenunciable porción de incorrección, con un aviso de hombre blanco heteronormativo sempiternamente clavado sobre mi frente. ¿Es esto algo más que la discriminación que arrancamos intentando evitar? Mejor permítaseme ser un hombre blanco agudizado y atrapado en el cuerpo de un hombre blanco que clama por salir, que ya con esa sola inconsistencia tengo.



lunes, 7 de marzo de 2016

La Realidad 21 años después...

Esta es una historia sucedida el pasado cinco de marzo, el día en que mi madre cumplía 21 años de haber muerto. No quiero tomar ese tono profético de la magia que hay en el mundo, el desconsuelo de la existencia resignificado en virtud, pero todo pareciera algo más que una coincidencia. Mi hermana María Claudia saca la basura. Una frase, escrita en la bolsa capta su ojo: ha metido todo en la misma talega de papel –hecha sin cloro y 100% de material reciclado advierte “Chipotle”- en donde vino su almuerzo de domicilio. La frase ‘Hola Hijita’ impresa por ninguna razón aparente –no es un logo, no tendría que estar allí- le dice algo significativo a exactos 21 años de la muerte de su madre…de nuestra madre. Qué acto efímero…cuántas veces nos detenemos a observar la bolsa; hubiera podido nunca suceder. El restaurante suele incluir fragmentos de autores latinoamericanos en las caras impresas de las bolsas para llevar. Este saludo viene acompañado por uno de Laura Esquivel sobre el amor por los padres muertos. El escrito no sólo parece coincidente con las circunstancias, con el saludo, con el día…es imposible dejar de pensar que 21 años luego de su muerte, mi madre le dice algo a mi hermana, directamente a ella. Mañana me levanto y vuelo a pensar bien todo esto, me digo cuando me lo cuenta por teléfono. Mañana descreeré y escamotearé con las pendejadas y me quejaré de la inmundicia de la superstición y tomaré con reverencia en mis manos los libros de Bertrand Russell. Pero por hoy, no puedo dejar de ver en todo ello un signo  -¿quiero verlo?-.  Quizá sea simplemente la distancia, el olvido, tantos años, tanto absurdo que se ha apoderado de nuestras vidas… trato de hacer coherente todo recordando una cita de Saúl Bellow que dice: “Hay otra realidad, una genuina, de la cual perdemos vista, y que siempre nos envía pistas las cuales sin el arte, no podemos recibir.” Por hoy, sólo por hoy, me repito, hay estos Dos Minutos de Amor Permanente –que así se llama el texto- y me permitiré imaginar lo que este mensaje tuvo que viajar para llegar hasta mi hermana y a mí…y a mi hermano Andrés que vive esperando una respuesta y eventualmente a mi padre. Sólo por hoy lo veré como una misiva en una botella. Algo debiste hacer, le digo a mi madre en mi cabeza, en vida o en la muerte, algún efecto puesto en marcha quizá por el más diminuto gesto se debió magnificar o volver estrecho como un cuello de botella para que Esquivel optara por escribirlo, para que terminara impreso en el endeble papel, para que entre los miles de textos que casi no se repiten tomara justamente este el domiciliario, para que mi hermana no lo enrollara y lo botara sin pensarlo, para que antes de arrojarlo le diera una segunda mirada, para que hubiese en él un saludo innecesario para todos los demás. Algo debió pasar, lo creeré sólo por hoy. 



Dice esto:
“Si por alguna razón pudiera encontrarme con mis padres muertos. Si fuera posible verlos nuevamente. Escucharlos. Acariciarlos. Estoy segura de que no me importaría para nada descubrir en su rostro alguna arruga nueva. Ni observar que habrían sufrido pérdida de cabello en los años que llevamos de no vernos. No me fijaría ni en su ropa ni en su aspecto, no. Correría a su encuentro y me fundiría en un largo abrazo con ellos y así me gustaría permanecer por un largo rato. Sería maravilloso sentir nuevamente el amor que me prodigaron. Percibir el familiar aroma que despide su ropa y su cabello. Ese olor que afanosamente buscaba en la gorra que mi padre dejó en el sillón o en las blusas que quedaron colgadas en el ropero de mi madre. Sería increíble volver a escucharlos decir “hola hijita”. Hija, esa palabras que desapareció cuando ellos murieron. Hace tiempo que no soy hija. Soy madre, soy abuela, soy hermana, soy tía, soy prima, soy amiga, pero ya no soy hija y me encantaría recuperar mi título al momento en que ellos me nombraron. Las palabras tienen vida. Memoria. Al escucharlas se remite al pasado. Viaja a la casa materna y huele las tortillas saliendo del comal. Escucha las pisadas de su padre volviendo a casa después del trabajo con una bolsa de panes debajo del brazo. Y los sonidos se suceden uno tras otro velozmente y los recuerdos nos llenan de gozo. Me gustaría volver a sentir la mano de mi madre acariciando mi frente cuando me llevaba a la cama a dormir o reír con las historias que mi papá me narraba por las tardes. Sé que si pudiera abrazarlos nuevamente me sentiría en casa. Me sentiría protegida. Me sentiría amada. Mientras más lo pienso, me doy cuenta de que al imaginarlo ya lo estoy haciendo. Que yo lo hago realidad en mi corazón, pues más allá del mundo de las formas y del tiempo, hay un mundo que permanece intacto. Es el del amor. Y ese siempre está disponible.”

Claro, yo soy el que lo hace realidad, esta absurda historia, y mi hermano y mi hermana y mi padre…pero no por ello es menos real. Porque en últimas, la vida, la muerte, esta absurda existencia son nada más que eso...cosas que nos forzamos a adornar con la palabra ‘realidad’.