El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 12 de junio de 2015

El Atardecer, la estrella y la rana



(Un breve ensayo sobre las palabras, las cosas y Lord Tennyson)

“Twilight and evening bell,
      And after that the dark! “
Lord Tennyson


 

En mi mente hay un coludio entre el título de la obra de Sean O’Casey ‘Sunset and Evening Star’ y la cacería de sapos en el campo en la noche.
Es una cosa de la que no debería hablar…asociaciones íntimas del fondo de mi mente. Ese título ‘Sunset and Evening Star’ siempre me trae a la memoria ese momento peculiar de los últimos rayos del Sol. En mi libro de ciencia de primaria había una nota que afirmaba que era la mejor hora para cazar sapos. Era sólo una noticia marginal, puesta allí para realizar un experimento horrendo que permitía cortar un sapo por la mitad. Tampoco leí jamás la obra del irlandés Sean O’Casey...esta cosa del atardecer y la estrella con todas sus deliciosas connotaciones es un epígrafe de alguno de los libros de Herbert Marcuse. 


Pero los nombres se funden en mi memoria con el recuerdo del calor de los veranos cuando era niño y vivía en otro país, se retuercen con la palabra solsticio, hemisferio, con la idea del día más largo y con el aire de la noche y las distancias entre las estrellas, los cohetes y los vuelos espaciales y los observadores de campo con binoculares. Todo eso parece estar condensado en la palabra atardecer. ¿Cómo es posible que en torno a esa palabra pendan tantas intimidades?
Venus, la estrella de la tarde


Más que los atardeceres, es el léxico lo que me causaba una sensación similar a la del atardecer mismo. Por un artificio que quizá sólo lo permite la idiocia, se dirá, he descubierto que las palabras conllevan las sensaciones de las cosas que nombran. Pero en otro sentido...óigase, las palabras conllevan las sensaciones de las cosas que nombran. Hay un sentido en el cual esas palabras que he manoseado acá eran mi atardecer, mi libro de la primaria y una rana cortada en una bandeja...¿cómo más se puede decir?


Me había propuesto escribir un texto sobre los atardeceres y he terminado escribiendo uno sobre las palabras que remiten a los atardeceres, a los libros y a las ranas en el campo en la noche. Por tonto que pueda parecer, esa confusión en la literatura fue un descubrimiento. Y se insinuó desde el comienzo de su historia; Homero debió pelear en la Ilíada contra la terca persistencia de las cosas que se le colaban entre las palabras al punto que quien relee la épica descubre que no era posible narrar dos acontecimientos simultáneos como si ocurrieran al tiempo; la mecha de la bomba se consume completa y explota, luego viene corriendo el héroe antes de que detone. Es como si los hechos mismos colisionaran.  Para la filosofía es un calvario o un deleite, esta cosa de las cosas y las palabras; ha propiciado la construcción de sistemas y al tiempo introducido toda la confusión y perplejidad que de la que se precia y se duele esa disciplina. Los filósofos hartos de repetir el problema tan abstruso, le pusieron un nombre -muy útil para quejarse en privado-; se llama la confusión palabra-objeto. Los psicólogos la glorifican como el momento en que surge el mundo ante los ojos de un niño y lo más probable es que ninguna de estas disciplinas lo comprenda del todo.

Pero sea como sea no es un pseudo-problema o un antimema ridículo. Considere si en cierta forma cuando admití que había comenzado hablando de cosas y pase a hablar de palabras, no se materializó algo. Vuélvalo a considerar en su simpleza brutal, el atardecer y la primera estrella de la tarde, la rana disecada en la bandeja, esta frase, que hubiera podido escribir mejor ahora que la miro: “...en mi mente hay un coludio entre el titulo de la obra de Sean O’Casey Sunset and Evening Star y la cacería de sapos en el campo en la noche”. O haga que las dos escenas se contaminen, como un sauce que se inclina sobre el agua dirá el lógico americano Willard Van Orman Quine; la rana languidece sobre la hiniesta bandeja helada mientras que por la ventana se cuela el alba a la luz de la primera estrella de la tarde. Hablar de palabras tiene una magia, Richard Rorty lo llamó el giro semántico, el filósofo americano largamente olvidado Brian Johnson lo consideró un ascenso, uno lingüístico...yo por mi lado me tomo en serio el hecho de que en casi todo ascenso hay una epifanía. Emigrar hacia las palabras es gravitar hacia lo que es común a todos; en el caso de mi increíblemente íntima e inexplicable  asociación de la tarde la rana y la estrella. El poeta propugnará porque se hagan íntimas de nuevo en otros, la filosofía vigilará que no nunca las palabras pierdan esta instigación pública que las hace tan populares en el mercado. La psicología irá mil pasos atrás intentando averiguar cómo diablos sucedió todo ello


El poeta Lord Tennyson compuso este poema en un pozo de los deseos reclinado sobre una piedra agrietada.


Flower in the crannied wall,
I pluck you out of the crannies,
I hold you here, root and all, in my hand,
Little flower—but if I could understand
What you are, root and all, and all in all,
I should know what God and man is.


La piedra le enseñó a Tennyson una cosa; ella, como las palabras no era inamovible. Pronto descubrió que el mineral en muchas cosas es como la mente del escritor; parece estéril pero sobre el crepitan cosas. Las grietas se expanden con lentitud: “A partir de esta flor describiré el universo” exclamó Tennyson, o al menos eso hubiéramos querido...esta flor es el universo. Y en ese instante tendido sobre esa piedra, para Tennyson no había nada más. Si la tomara entre sus manos, cualquier camino lo hubiera podido integrar; la historia de las células, de la vida, la efervescencia del Sol, la mano y la capacidad de tomar, la idea de un deseo, la profundidad del solaz de la tarde en que escribió este poema y la manera en que la cal habita en lo más inhiesto de la piedra. ¿En dónde se detiene la cadena? En cierta forma no lo hace; la confusión entre signos y cosas conlleva el todo.




Como si fuera poco, comenzamos hablando de cosas, atardeceres, estrellas, la tarde…y pasamos a hablar de palabras y ahora por un vuelo metafísico de la imaginación se nos ha dado por hablar del todo. Pero no se bote este texto justo ahora, estamos en lo peor y no quedará más que volver a la superficie. Así es que volvamos a hablar de las piedras, porque no hay nada más concreto y brutalmente sólido. El biógrafo del Doctor Johnson, Boswell, cuando quiso refutar la infausta indigestión que la confusión referida le había provocado al filósofo Berkeley, quien llegó a afirmar en virtud suya que nada era totalmente real por fuera de la mente, le dio una fuerte patada a un piedra al tiempo que exclamaba: “Yo la refuto así”. ¿No sería la historia perfecta si las fuentes constataran cómo Boswell se la pasó varios días cojeando?... Sin duda un pequeño precio que se paga por separar las cosas de las palabras.

Pero la historia nunca  está servida completa; siempre hay palabras que nos gustaría poderle añadir a los hechos y nunca estos hechos quedan totalmente descritos por las palabras, como dos bocas que intentan desesperadamente engullirse la una a la otra nunca se comerán. Para un hombre rodeado de piedras una insignificante flor se volverá obsesión e infinitud. El hecho de que Tennyson lo tuviera que decir en un poema oblitera la confusión entre signo y objeto porque esa flor y esa piedra  son la flor y la piedra, no solo las de Tennyson (aunque claro, las de él…) pero son todas las flores y todas las rocas; en el proceso se conecta la peculiaridad con lo que no tiene otra forma de denominarse más que la universalidad.

Había prometido volver a las cosas. La gastada sentencia bíblica del polvo en el que nos convertiremos…¿qué más es sino una recordatorio que nuestro referente último es este mundo y lo que vemos olemos , sentimos y resguardamos es aquello a lo que volvemos una y otra vez? Los objetos son nuestro primer motivo de reificación, dice la filosofía. Las cosas, así como la mirada se pierde en al atardecer, del que atrae su infinito. Este a su vez evoca el recuerdo perdido de la niñez, de cazar sapos en el campo cuando caía el Sol. Y todo ello justo al tiempo en que la tormenta en la noche suelta las primeras gotas sobre mi casa, en este preciso instante, y atormentadas cantan las ranas ocultando entre las nubes la primera estrella de la tarde. ¿Cómo no decir que me aterrorizo de pensar que estas, mis palabras, que también son cosas, y de un tamaño decente, han sido una especie de infausto presagio de estas mismas palabras que ahora escribo?

miércoles, 10 de junio de 2015

El Oro del Amazonas

Alguna vez en una fiesta con su esposa, en medio de la orgía de la droga y del alcohol, el escritor de la década del 50 William Burroughs aseguró que se iría a la selva a curarse de sus adicciones. El buen Bill bien podía llevar un traje de tres piezas, pero de su brazo probablemente sobresalía una jeringa de heroína. Su mujer le preguntó de qué diablos vivirían. Casaré animales en la jungla, jabalíes salvajes, dantas y tapires le dijo Burroughs. Ella estalló en carcajadas; pero si tú no eres capaz ni siquiera de atinarle a los árboles…y como poseído por ese espíritu maligno que llega con el alcohol y droga, a Burroughs se le ocurrió esta cosa de Guillermo Tell. Era la cosa más idiota que a uno se le podría ocurrir. Su esposa se paró con un vaso de whisky en la cabeza a unos metros de Burroughs quien siempre cargaba un revolver, incluso en la cama…y Bill le disparó. Dejó de celebrar su “acierto” cuando alguien lo interrumpió para constatar que la mujer se escurría dejando una línea roja de sangre en la pared pero que el vaso permanecía sobre la cabeza…intacto. Burroughs decidió que tendría que ‘escribirse’ la salida de su nueva condición de asesino.

El escritor William Burroughs con un rifle de asalto

Pienso a menudo en el episodio Guillermo Tell de Burroughs. Nunca se alivianó, lloró a su mujer hasta el final. La idiocia, la insistencia, las pruebas…Cómo parece de adecuado a veces tomar un riesgo absoluto. Lo difícil de vivir intensamente no es decidirse a dar el disparo, es saber si lo que hacemos va en la dirección correcta, si es locura, posesión, idiotez o terquedad; si arrojar todo es grandeza, si renunciar al trabajo es renovación o autoinmolación. Si el cambio es conmutación o demencia.

La madre de uno de mis mejores amigos, una mujer de  más de sesenta y cinco años se levantó un día decidida a ponerle fin a sus problemas. Viviría con intensidad luego de un matrimonio fallido y una familia desbaratada. Lo haría con furia y determinación y para el efecto decidió irse a buscar oro al Amazonas. Su condición, la que la guiaba, se llamaba síndrome bipolar; para ella, estaba al fin dando un paso en la dirección correcta, para lo cual nunca es tarde. Por supuesto que los hijos se interpusieron en su camino porque nadie deja que su madre de sesenta y tantos años salga con una palangana en un DC-3 hacia la Pedrera.

Pero, ¿cómo sabemos si no estamos buscando oro en el Amazonas, si lo que tenemos ante nosotros es una determinación vital o una tozudez desfachatada? La raíz del problema es que rara vez el que esta en una condición cualquiera, se concibe como portador de un epígrafe sobre su frente que nombra la condición; el loco no es para si mismo un loco, como el villano no es para si un villano , ni el idiota un estulto. Somos personas con propósitos.¿Y cómo se nos culpará por ello? Hay una delgada línea que separa la acción ciega e inconducente del heroísmo, el salto hacia la aventura y la renovación del error irresponsable ¿En donde está esa línea? Burroughs estaba a un lado de ese ecuador, muy allá; pero para él, en su momento parecía casi sensato dejar el punto establecido con un disparo a un vaso de whisky sobre la cabeza de su mujer. Por lo demás, ¿dónde se traza la raya?

Una cosa es segura, vivir intensamente no es la intensificación del vivir como si se estuviera bajo el efecto demoníaco y posesivo de una bebida energizante. Hay una cantidad de otras cosas que tampoco es lo que yo consideraría vivir intensamente. Nunca se me ha antojado que tenga que ver con la vida de los corredores de bolsa, pobres drones de oficina que deben montar una Harley Davidson el fin de semana. Ni con ningún tipo de deporte extremo, ni con cazar elefantes en el África, ni con jugarse en una sola ficha la casa en un casino. Hay un sentido en el cual la vida intensa es anónima y repetitiva; sólo con un esfuerzo continuado suelen tomar forma algunos objetivos no tanto en la realidad como en la mente. Pero hay un sentido en le cual no se concibe una vida intensa sin el cambio repentino, sin la deslealtad de la huida. ¿Cuándo hay en ello heroísmo y grandeza, y cuándo la idiocia de dispararle en la cara a una mujer con un vaso de whisky en la cabeza? He ahí un punto para el cual nunca hay una respuesta preconcebida. Lo difícil a menudo no es reunir todas las fuerzas y cavar, es hacer un hoyo para algo.

Sospecho que en más ocasiones de las que quisiera admitir he salido a buscar oro al Amazonas. Pero en mi caso particular, me he ideado la manera de, desde una distancia prudencial, creyendo que en ello hay ensoñación, genio y locura, dispararme a mi mismo mientras sostengo el vaso de whisky ya no sobre mi cabeza…sino frente a la boca.