El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 27 de junio de 2014

Mild Naruhito o el barco más grande que puede navegar por el Nilo


(Un recuerdo de cuando el autor conoció al heredero del Imperio del Sol Naciente)

Para cuando conocí al heredero del Imperio, en 1993, o tal vez en 1994, había pasado unas tres semanas en el New Otani Hotel de Tokio fumando. Había tenido la fortuna de ganarme una Beca JAICA sin consultar una sola vez la página del Icetex, un programa del gobierno nipón para que desventurados sin ningún futuro económico pudieran viajar a las antípodas. Yo clasificaba. Fue así como luego de un viaje de 14 horas sobre el Polo Norte desembarqué en Narita International Airport preguntándome qué había hecho yo para estar ahí.


Mild Seven; tubitos blanquecinos de actitud y felicidad
Los japoneses acostumbraban salir tarde en la noche de sus lugares de trabajo y antes de viajar dos o tres horas en un tren muerto y silencioso atiborrado de publicidad pornográfica a sus diminutos dormitorios se bajaban una botella de bourbon para sentir por unos instantes la magnificencia del samurai. Mi bourbon eran los Mild Seven, los cigarrillos más deliciosos que se hayan enrollado jamás, blanquecinos tubitos de actitud y felicidad.

Fumando recorría la ciudad llena de recovecos que parecían armados por un niño muy sabio y juicioso educado en la China. Un vómito casi convulsivo que me atacó los primeros días me enseñó que no podía comer en cualquier parte en que me detuviera. Los japoneses acostumbran poner deleitables imitaciones de plástico de los platos que sirve el restaurante en las vitrinas y ha de admitirse que el plato servido se le asemejaba casi siempre. Pero pronto descubrí que invariablemente a la segunda o tercera cucharada cuando uno ya ha dicho que la advertencia sobre la comida oriental es un mito inventado por la gente que no sabe comer, irrumpe ese sabor entre mentolado y agresivamente fresco del guasabe cuyo analogía más favorable es la de un pescado descompuesto lleno de clavos de olor que como un muñeco de vudú es arrastrado por el piso de un consultorio odontológico. Y sale prendiéndole fuego al intestino bajo, como un camicaz que ya no tiene nada que perder. No entiendo cómo hay gente que lo pide con aire de gourmet: “Más guasabe mi buen hombre, no escatime…a ver…”. 

Me gustaba entregarme  al metro, dejarme llevar a lo largo de una hilera de estaciones que eran cantadas por lo que imaginaba como una muñequita de Manga lasciva: ‘Acasaka Mitsuke’, ‘Ropongi’. Bastaba aprenderse el nombre de la de origen; bueno, «bastaba» suena tan factible… Emergía en rincones de la ciudad en esencia similares a todos los demás pero con pequeñas variaciones gracias a su uso: el distrito de las flores, el de los anticuarios, el de los vertederos de basura que en Tokio son una especie de colección surrealista de cuadros de de Chirico. Se me ha olvidado el nombre del distrito botadero, pero era como una especie de ‘Day After’, intacto, sin humanos, lleno de carros parqueados a lado y lado de las calles casi nuevos de los cuales sus dueños salieron tan rápidamente que algunos dejaron la puerta abierta en lo que parecía la huida de una persecución alienígena. Mejor de Godzilla…sí. Otros habían atado a los postes motocicletas que pretendían abandonar con la esperanza de que nadie advirtiera el abandono, lo cual es ilegal  pero más económico que llamar al camión de la basura para que recoja un carro de tres años de uso.

Al final de la cuadra, dominando ‘The Day After’, como el templo de la deidad del despilfarro, sobre un lote con piso de tierra se levantaba una montaña de televisores nuevos, una pirámide hecha de bloques de plástico negro. Me paré frente al absurdo cerro y luego de observarlo absorto por un rato levanté los brazos con las manos encocadas como garras, y lleno de poder como Ronnie James Dio en el video de ‘Holy Diver’ le comandé a todos los receptores que se encendieran al tiempo. No se movió un solo cable. Caminé por el lugar, tocando pedazos de electrodomésticos con la punta de los pies, merodeando. No importaba estar allí, ni un alma vi en todo ese tiempo que deambulé. Después me dijeron que era frecuentado por turistas y residentes europeos que recuperaban mercancía en perfecto estado: indigencia europea, pensé, ¡qué lujos había en este país!


"...comandé a todos los receptores que se encendieran al tiempo"
No estaba yo haciendo mucho más que vagar, indigestarme y cancerizarme cuando llegó el anuncio de la visita al palacio real. No la esperaba, de hecho no tenía mucha claridad que los organizadores de JAICA la hubieran programado y en mi jerarquía de cosas, no hubiera sido algo que me generara la más mínima expectativa.

Esa mañana me subí a un pequeño busecito en el que las sillas eran escualizables y podía uno darles un giro completo. Fue inevitable quedar de cara a otros colombianos que habían sido invitados por el programa. Como siempre que se hace una convocatoria de lo «más representativo de la juventud colombiana» había de todo, menos lo más representativo de la juventud colombiana. Adelante iba un grupo de bogotanos de estrato 6 ó 16 ó 226 quienes me saludaron con frialdad y en el que todos parecían conocerse; hablaban de cambiar su pasaje de regreso para ‘darse una pasadita’ por Indonesia. Más adentro había un grupo de personas de la costa Atlántica de Colombia, seguramente también de lo más exquisito de su mundo, una mujer con bigote que curiosamente tenía nombre colombo-japonés Yusemi  ó Yukemi y recuerdo haber pensado que su pecado no consistía en no ser representativa sino en ya no pertenecer a la juventud colombiana. En la parte de atrás asistían algunos dignatarios de la clase media; Rodrigo, un periodista que cuyo equipaje iba aumentando cada noche gracias a las existencias de toallas y sábanas que robaba y Hernando, un estudiante de medicina de la Universidad Nacional que estuvo a punta de que le cancelaran la matrícula por haber propuesto un proyecto de investigación como requisito de grado. Me senté al lado del médico; no paró de hablar.

Mientras recorría la ciudad arrullado por una voz que parecía practicar  la consulta, nos fuimos acercando al Palacio Imperial. Comenzaba el invierno y ya las ramas de los viejos pinos que rodeaban la gigantesca edificación blanca, que a pesar de su tamaño persistía en la fisionomía de una casa, habían sido delicadamente forrados en esterilla para protegerlos del frío y apoyadas en horquetas. Me pregunté cómo estas mismas gentes llenas de arrepentimiento matan ballenas en el pacífico norte.

El perímetro del Palacio era descomunal; ese complejo al cual entraba me lo había topado cien veces en mis caminatas y en mi cabeza se denominaba “la reja verde que no deja pasar”: en mi ciudad también las había, estorbando, tiradas justo en la mitad de los pasos como si al niño chino se le hubiera caído un cubo en la mitad del corredor; el Cantón Norte, el Country Club. Ahora yo llegaba como invitado especial al interior de la reja verde. Una vez adentro, me extrañó que nos hicieran entrar por lo que me pareció entonces la puerta de la cocina.

Adentro, nada era como me lo imaginaba. La enorme edificación conservaba las proporciones de una casa acogedora. Comenzamos a pasar en fila de una habitación a otra, encabezados por un guía japonés que actuaba como si el llegar tarde lo fuera a deshonrar de alguna manera ceremonial y absoluta. Había algo absurdo de darse afán para saludar el Hijo del Sol. Recorrimos infinidad de salas, una tras otra, todas dispuestas acogedoramente, con las luces encendidas y los cojines probablemente calentados por el trasero de algún esclavo del Imperio entrenado para empollar mobiliario. Imaginé a Naruhito persiguiendo a la princesa consorte por las habitaciones, engendrando un nuevo emperador en cada sofá empollado. Apenas si había tiempo de detallar los espacios; unos eran de temáticas azuladas, cortinas aguamarina y lámparas con velo de añil; otros rojos, con potencia premeditada en donde parecía que alguien hubiera fumado una pipa y planteado la guerra hace un instante.

Un ‘clock’, la puerta de entrada, un nuevo espacio, una  sala, colores, iluminaciones, caminar hasta el extremo, otro ‘clock’, la puerta de salida y así continuamos por más sitios de los que tuve cuidado en contar. En algunas habitaciones había delicadas cigarrilleras de plata al alcance del caminante, llenas de blancos cigarrillos similares a los ‘Seven’ que adoraba, pero con una flor de cuatro puntas como el logo de un Montero Mitsubishi en esteroides; ¡el símbolo imperial! Luego descubrí que por más imperiales que fueran, no se comparaba el sabor a los callejeros ‘Seven’. Deseé encarecidamente por mi país, por Colombia, que Rodrigo que venía detrás no se estuviera guardando las cigarrilleras para hacer juego con sus cobijas y sus sábanas de conocedor del mundo y posiblemente con el chaleco de supervivencia de su silla en North West Airlines; Rodrigo tapado hasta el cogote flota debajo de las sábanas japonesas protegido por un chaleco salvavidas y mientras saca un Mustang de una cigarillera de Plata del Imperio ahoga las cenizas en un cenicero de cristal que dice Lobby New Otani Hotel, Tokyo… en alguna parte de Bogotá y sonríe satisfecho. Maldita sea ser un habitante del segundo país más feliz del mundo; yo que no quiero estar contento.

Me adentraba en las entrañas de una bestia y no hubiera podido salir en ese instante si me lo hubiera propuesto, algo que siempre me ha molestado de los aviones y los ascensores; yo no me reservo el derecho de admisión propio  -a veces me toca entrar en sitios que no me gustan-  pero sí el de expulsión en los momentos, llamémoslos así, «sofocantes». Me consoló pensar en todo lo que le tocó sufrir a Richard Chamberlain en Japón cuando fue ‘Shogún’. Tampoco lo dejaron salir por mera y pura amabilidad y tuvo que terminar desposando a una mujer que portaba un honorable nombre como ‘Masato’…’Mariko’, eso es.

La caravana finalmente se detuvo en un lugar que no me pareció adecuado; no era una de las miles de salas sino una especie de desapacible corredor curvo; ¿no era acaso esta gente de Feng Shui? Una traductora japonesa que acompañaba a la comitiva, una mujer a la que nunca le vi ni soltar ni consultar un cuaderno que llevaba tapándole el seno izquierdo, nos hizo gestos circulares con las manos que no entendimos. No habló en español porque para el momento ella misma entendía que era más comprensible su japonés. Con la cara agachada como si nos deshonrara, optó por tomarnos de los hombros y ubicar a cada uno en su sitio, describiendo una especie de semicírculo en el que mirábamos hacia el frente. Hicimos silencio.

Luego de un rato más largo que el que nos tomó llegar hasta allá hubo un ‘clock’ final y de las entrañas más íntimas del monstruo emergió Naruhito, el Hijo del Sol. Era como del mismo tamaño que su ‘action figure’; de seguro existía en alguna parte del mundo una figurita Naruhito articulada con un imperio por gobernar [imperio y las pilas no incluidas]. Me tomó un rato descubrir qué tipo de hombre era. No me refiero claro, a su fuero más interno, a sus amores y sus trásfugas sentencias. Me refiero a su fisionomía: ¿qué clase de hombre era? Con el tiempo le he podido poner una etiqueta: era Ben Kinsley en esa película en la que se hace matar por defender una casa que compró en Estados Unidos; digno, frontal. De ojos muy juntos, casi distrábico, blanco como el pecado, como una cajetilla de ‘Mild Seven’. No era el tipo de la calle, y me pregunté si entre estos seres humanos también se clasificaban por estratos del uno a seis como en mi país. Llenaba su traje azul a la perfección, rasgo que me pareció el producto de un trabajo de equipo, no de Naruhito. Era un hombre que no se imagina uno agachado recogiendo los calzoncillos:

«Déjalos, buen asistente Totumi, han caído al piso, prefiero por todos mis antepasados perderlos»

«Pero…pero, su Majestad, le imploro, es el último par…»

Mirando el Sol poniente, abraza a Totumi y ambos se sumergen en un momento de profunda compenetración durante el cual suena una flautica anecdótica y aguda

«Déjalos buen Totumi, que esta noche, cuando me venza la irritación del paño inglés, cuando mi blanca piel nipona sea un nido de prurito e irritación incomprensible para occidente…¡me rasco el real culo!»

Totumi deja escurrir una lágrima en silencio.
'Action figure' de Naruihito
 

En efecto, era todo verticalidad.

Caminó por la fila haciendo charla cordial  de tiempo controlado con cada uno de los presentes. Hubiera dado plata por saber qué habló con Yukemi. En la fila me precedía uno de los bogotanos, quien invitó a su Majestad a ‘conocer nuestro país’ tan reiteradamente que el hijo del Sol se vio obligado a levantar la mano y pedir que ya no lo invitara más. Mientras se retiraba, este personaje, que debía llevar un nombre altivo y lisonjero de clase alta, algo así como ‘Juan Fernando Soto’ lo seguía invitando desde lejos.

Cuando me tocó el turno de intercambiar algunas ideas con la única deidad que yo haya contactado, no supe qué decir; aún estaba un tanto indignado con ‘Soto’ y creo que caí en la misma estupidez de preguntar “qué conocía de nuestro país”, externalicé mi Juan Fernando; me faltó poco para invitar a Naruhito a Bogotá una vez más. Los colombianos no estamos contentos si no le restregamos a algún extranjero en la cara el no tomar aguardientes dobles uno tras otro, el no comer arequipe a paladas y el no bailar salsa como un gallinazo sobre una teja caliente, única y verdadera forma, como lo saben hacer los negros de zapato blanco en Juanchito.

A través de la traductora me hizo saber que no conocía a Colombia, pero que era de su mayor interés este país engastado en la mitad de ningún lugar en especial, de gentes que hacen básicamente lo que hace la mayor parte de la gente del mundo; lo hubiera dicho de Kazajstán, de Borneo, de Vanuatu. Me respondió en japonés, cosa que luego me asombraría porque la traducción era casi incomprensible y el Emperador sabía español. No supe qué más preguntar; me miraba penetrantemente, pero no tomaba iniciativa y mi tiempo para decir algo que simulara inteligencia se agotaba. Le pregunté entonces qué había estudiado. “Navegación Fluvial en el Nilo” me dijo, “en Oxford”; carrera increíble, improbable. ¿Qué clase de pregrados hay en Oxford? Yo le advertí con mucho presunción que era estudiante de filosofía, porque eran épocas en las cuales aún tomaba orgullo en ello. Fingió interés, realmente lo fingió.

Por unos instantes, la conversación cayó de nuevo en un punto muerto y recuerdo haber mirado al piso con gran incomodidad antes de proferir la más estúpida de las preguntas: “¿Y hoy en día pasan barcos muy grandes por el Nilo?” ¡Qué interés desbordante por las condiciones fluviales y de navegabilidad de un río en el otro extremo del mundo! ¡Qué inspiración divina y eterna de una inteligencia fracasada! Por un instante hubiera podido asegurar que  prorrumpió en el rostro de Naruhito algo similar a  una sonrisa, como si en su calidad de emperador magnánimamente perdonara mi brutalidad y se condoliera de mi incomodidad:

«Oh no…no tengo ni idea qué barcos pueden pasar por el Nilo»

«Pero, pensé que era lo que había estudiado…»

Se me acercó, riéndose conmigo, casi demostrando intimidad.

«Tal vez no le dije el nombre completo de mi ‘Mayor’ en Oxford: “Navegación Fluvial por el Nilo en la Época de los Faraones”»

Y yo que pensé que había estudiado algo inútil.

Con los años lo comprendí, entendí por qué el Hijo del Sol había podido interesarse por un tema que en ese momento parecía un poco más que un cuento de hadas, por qué había colosales pirámides de plástico en la mitad de Tokyo, guerreros del bourbon en las calles y deliciosas Isis del amor y la locura en las paredes del metro; todos decían ser hijos del mismo padre.

jueves, 19 de junio de 2014

La Mierda del Sol

(Carta Abierta al Sistema Financiero)
Qué abstracto resulta ser todo lo que hacen, qué innecesario y prescindible. Lo ‘etéreo’ no es lo que yo hago, aunque me pase la vida entre páginas y dramas conceptuales que sólo parecen implicarme a mí. Quizá todos estemos enredados en sus negocios, pero no por ello son menos traídos de los cabellos: valores, títulos, confianza, sus amados intangibles. Cuando se han quedado sin liquidez, este flujo no infeccioso que añoran, nos han vendido el oxido de sus construcciones imaginarias: Mortage Backed Securities. Los bancos americanos vendieron por el mundo más 5 billones de dólares en seguridades respaldadas por deudas. Tanto que todos los bancos del mundo quisieron comprar la basura de otros bancos, aunque a menudo ustedes se curan de adquirir sus propios inventos porque saben de qué están hechos. Pero este era irresistible; lo vendieron dos empresas con nombres de dibujos animados de los años cincuenta: Freddie Mac y Fannie Mae. Tan abstruso era todo ello que el francés Jean Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo tuvo que aparecer en los medios para  pedirle a los ricos que no compraran cosas que no entendían. No pensé que llegaría el día en que un francés desaconsejara lo incomprensible…yo que creía que el cine galo que veía era raro e impenetrable. Ante Uds, Truffaut palidece, los versos de Breton y Soupault parecen manuales y la prosa de Antonin Artuad es un bloque de hierro.

Y al fin y al cabo ¿qué es lo que producen? ¿Con qué derecho llaman sus retorcidas maneras de meternos las manos en los bolsillos ‘productos’? Es parte de un plan que raya en la perversidad: si lo deseas lo suficiente, quizá decida aceptar tu labor y tu dinero; todo ello me lo darás a cambio del trabajo que me tomaré en gastármelo, porque el dinero que prestan no es de Uds., es de nosotros. Uds. nos prestan nuestro dinero. ¡Qué extraños bucles lógicos hay en todo este sucio asunto! Y de ello viven no solo mejor que nosotros, parasitan obstinados y meticulosos hasta del último jugo de la vida que nosotros no podemos tener por andar produciendo sus sueños. Que sea la ocasión de decírselos, es al contrario del comercial; Uds. nos tiene a nosotros. He imaginado el final del mundo…si fuese por un evento predecible y gradual, un asteroide en curso de colisión con la Tierra, por ejemplo…se me interpone una imagen de todas las redes, todos los medios, los cables y las ondas del aire atiborradas con sus mensajes amenazando a sus acreedores para que cancelen su deuda antes de lo inevitable. Quizá con ello puedan arder en el momento del impacto con nuestro dinero en sus manos; tal vez sólo por tener el gusto de verlos se lo deberíamos dar.

Los expertos financistas nos dicen que los que así pensamos no entendemos el fenómeno bancario; ¿acaso es un chiste? Claro que hay algo que se nos ha escapado todos estos años; están en lo cierto, no entiendo. ¿Qué es lo que me lo impide? No es la falta de costumbre con lo abstracto: estoy habituado a la filosofía, la música, las menos representacionales de las artes. Lo que no me permite entender es indescriptible , es lo mismo por lo cual me sentiría mal de siquieraproponerle este juego cruel e incomprensible a mi hija:

 “Dame todos tus dulces; cuando me preguntes cuántos duces te tengo, me como uno; cuando me pidas uno de tus dulces me como uno o dos; tal vez se me ocurra comérmelos todos y para que yo no haga eso me tienes que dejar comer algunos. Si a mí me da mucha mucha hambre y me como todos tus dulces o si se me pierden todos y pierdo los dulces de todos los niños que tengo, tu pierdes tus dulces. Y si no me das los dulces que yo quiero cuando yo quiero, te voy a poner en una lista para que ninguna otra persona te pueda volver a dar dulces. ¿Banqueamos?”

¿Qué niño en sus cabales aceptaría semejante treta? Y, por cierto, ¿de dónde saca uno corazón para jugársela? Y sin embargo, ¿qué diferencia de fondo hay entre esto y lo que Uds. hacen? Para precavernos contra la tendencia a ver estos juegos como naturales hará falta dejar que los niños nos eduquen y nos recuerden que ustedes existen para generar las condiciones que hacen necesarias que ustedes existan.

Nada de esto desvanece el enigma para mí: el sistema bancario es un gran misterio similar a la teología esencialista de la baja Edad Media, en la que lo propio era que su propósito, su sentido y su preponderancia simplemente es mantener vivo el misterio metafísico mismo que le da vida a la teología esencialista de la Edad Media, la irracionalidad idealizada; ya no sólo un juego abstracto. ¿Cuáles son los dogmas que subyacen a sus intrincados sacramentos? Marx decía que la economía es la metafísica de la clase alta. Nadie como él había entendido el misterio.…me perdonan que lo mencione.

Pero no vayamos tan lejos; hay cosas de mínima monta que no entiendo. Todos Uds. lo deben recordar, la crisis de los noventa; estaban decididos a no dejar ir un ápice, aunque fueron Uds. los que iniciaron la debacle. Pero los tiempos de crisis son buenos para Uds., tan buenos o mejores que los de abundancia; en Colombia les regalamos a raíz de ello cuatro de cada mil de nuestros pesos, por estar en “emergencia financiera”. Una bestia paralítica se enfurece dando gruñidos sordos y todos nos rendimos. No…nuestro país no hubiera tolerado que lo hiciéramos por la educación aunque nuestros niños sean prácticamente analfabetas, o por la salud en  un país en el que aún mueren veinte mil niños al año por gastroenteritis. Ese salvamento se lo dimos a Uds. creyendo algunos en la publicidad lacónica que decía que nuestros sueños eran los de Uds. y que si se salvaban nos salvábamos todos. Ahora, por sus voceras aguardientosas, han declarado que ya no quieren el cuatro por mil porque la gente no está ‘bancarizando’ el dinero. Otra de sus altas sacerdotisas se quejaba de que se hubieran dejado de usar las tarjetas de crédito alegando que con ello habíamos regresado ‘a la Edad de Piedra’ cuando fue ella quien defendió las altas tazas de intermediación. ¿Un doctorado en economía en Harvard o Yale o Berkeley no bastan para verlo? De premio el gobierno la mandó al Imperio del Sol Naciente a vivir una vida similar a la de un Emperador porque no hay gratitud más grande que la que se paga por dar latigazos en silencio por otro. Pero no todo fue tan discreto; déjenme recordarles que lo propio de la Edad de Piedra era la usura mortal, el cobrar la deuda por el mazo y con la vida, en libras de carne. ¿Acaso esto no es el nombre que se le debe dar al que se lleva una séptima parte de todo negocio en el que no ha tenido nada que ver?

Épocas primitivas…los niños en clase de historia se quedan aterrados de que la Inquisición fuera tan cruel de incluir en sus listas a gentes que por un desliz blasfemaban… un día se ganaba de nuevo la gracia de Dios y salían de la lista. ¿Cuándo se sale de sus listas de las Centrales de Riesgo? Eran menos crueles e impenitentes las listas de la Inquisición porque el Dios de ustedes es un que no siente ira; el gran ojo en la pirámide del dólar nunca se cierra.

¿Acaso les ha dejado de gustar el dinero de los pobres, los billetes desleídos manchados del sudor de los días y las pesadumbres? Que no se nos acuse de ser exponentes del dolor tipificado del necesitado, del dolor politizado. La estulticia no es fácil de disimular, incluso para Uds.: en plena crisis, la de los noventa, el banco AV Villas tuvo que buscar la intermediación del Gobierno porque habían perdido el amado flujo gracias a que embargaron prácticamente todos los bienes inmuebles de los clientes y nadie aportaba cuotas mensuales. Literalmente, estrangularon con ambas manos al marrano y fue el gobierno el que le tuvo que dar respiración boca a boca. Uds, lo recuerdan, cómo el tuvo que salir y decir ‘Si lo quieren exprimir, no lo  tomen por el cuello” ¿Algo lo trae a la memoria?…son ineptos hasta para lo que dicen ser expertos; “captar”.

Cómo se pulverizan estas lógicas mínimas en su haber…si el tiempo es dinero, idea que nos queda clarísima por los costos mortales del crédito en Colombia, sus enormes riquezas, que en el pasado trimestre llegaban a 7,06 billones de pesos, están montadas sobre el tiempo que les pagamos...en sus sucursales, en sus filas cuando averiguamos por nuestros dulces, o simplemente se nos antoja comernos uno. En alguna época pagué una deuda que contraje en Colpatria como una infección. Las esperas eran especiosas, específicas, nacionales. Esas oficinas no eran para nada sitios desleídos en los que abundara esa desazón de los muelles solitarios y de las estaciones de tren al atardecer. Los locales se llenaban, la unión colectiva creaba un vaho incontenible que hacía llorar las paredes, que aflojaba los carteles en los que una familia de ahorradores se abrasaba y miraba hacia el futuro un logo de Colpatria que era el sol. Los bebés pagaban la pena  también; lloraban la lenta agonía del mero existir con pugnacidad reclamando a gritos en su lenguaje incomprensible «¿Por qué? ¿Por qué mamita me trajiste al mundo para venir a una sucursal de Colpatria?». Si sumara las horas, los días, las semanas en las que he hecho fila en los bancos la vida me daría para volarme a Ciguatanejo a restaurar barcos con Tim Robbins y Morgan Freeman.

A menudo me pregunto cómo perdimos el ímpetu  de los indios del Darien salvaje recordado por el cronista Felipe Guaman Poma de Ayala, quienes durante la conquista de los españoles y conociendo su sed enferma de oro los ataban de manos y pies para verter oro fundido en sus bocas mientras les preguntaban ¿de este oro comen ustedes? Con el mismo tenor con el que ustedes lo harían hoy, no me cabe duda, los españoles respondían, Sí de este oro comemos antes de caer muertos con la barriga llena de lo que los nativos de ese territorio colombiano llamaban La Mierda del Sol.

viernes, 13 de junio de 2014

DANZA DE LA ALCACHOFA





Danza de la alcachofa, pútrida y cerrera.
Danza de la alcachofa, que como vegetal dejas tanto que desear
en tus arcanos dígitos óseos.
Descalabro y danza de las verduras en fausta indigestión, habitando en hídreos vapores, altaneros en sus centellos,
exasperantes en sus implicaciones.
Descalabro y danza de la alcachofa, clorofílica contenciosa, diñarante del bonete, oclusiva del afrancesado periné,
Contra ti me alzo en férrea rebeldía, espiciforme malvácea, con clorhídricos asedios a tus apiñadas torres, en medio de cárnicos sucedáneos a tus ungulados amantes, con fe renovada en el potasio, con la mirada serena del destazador jifero.

Contra ti me alzo en férrea rebeldía.