El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

miércoles, 21 de mayo de 2014

Nadar en la oscuridad

No sé cuándo comenzó esta ‘cosa’ de salir a caminar en completa oscuridad. Sé cuando terminó. Mi familia tenía una finca en uno de los páramos que rodean a Bogotá. En las noches sin luna el aire no era tan frío como de costumbre y a pesar de que la oscuridad era tan espesa que no sabía si estaba sosteniendo mi mano frente a mi cara, cogí la costumbre de salir a deambular en las tinieblas. Me sumergía en el abismo de la noche como en un agua a la que poco a poco me iba adaptando. La última vez, la última caminata, ya era una especie de experto: el sonido de la gravilla me aseguraba que iba por las huellas de las llantas de los carros; el pasto espeso que me obligaba a caminar con pies de plomo indicaba que me había salido del carril y andaba sobre la hierba alta que crecía a borbotones. En mi mente me podía hacer un mapa de  todo hasta la portada. De ahí en adelante era difícil saber si andaba por un camino o me extraviaba por alguno de los potreros que se perdían en riscos en donde el páramo se vuelve un desierto húmedo.
En la última de mis caminatas me perdí en alguno de esos ríos de pasto. Sé que crucé una cerca porque fui tan afortunado de encontrar a tientas un broche que me permitió seguir sin agacharme y correr el riesgo de terminar con un alambre de púas en la espalda. Había una cierta sensación de plenitud en ese paraje en el que había entrado; el pasto estaba bajo, seguramente comido por el ganado y decidí caminar con las manos en los bolsillos, dispuesto a caerme; el olor a tierra y humedad que ascendía desde los montes hacia la noche obviaban el que no hubiera nada que se pudiera mirar. Estaba en un sitio que yo creía conocer, pero eventualmente me tropecé y con las manos en el piso reconocí al tacto una enorme piedra que se podía ver durante el día desde la carretera, deslucida y gris como las nubes plomizas. Sólo podía sentir la superficie gélida, entre ajada y mohosa sobresaliendo como la punta de un iceberg terrestre. A tientas hallé un concavidad en la que me podía sentar; daba igual en qué dirección mirara. Si me esforzaba podía divisar unas sombras tenues; la luz lejana de Bogotá iluminaba el cielo, pero no era lo suficientemente como para alumbrar ese lugar. Preferí mirar la oscuridad en lugar del yodo de la ciudad.
No sé cuánto tiempo pasó, no sé bien qué pensé en el rato que estuve sentado antes del incidente. Pero no me lo imaginé; algo descargó sobre mi cuello dos enormes chorros de aire turbulento: los pude sentir húmedos y prístinos. Tuve la extraña entereza de no moverme, de permitir ser inspeccionado o seleccionado o lo que fuera que estaba siendo. En realidad mi cuerpo fue el que no se movió. Hubo silencio; luego el raudal se repitió, pero invertido, de una exhalación a una inhalación de tal potencia que alcanzó a succionar el pelo de la parte de atrás de mi cabeza. Era sin duda una respiración, un ciclo completo. El cerebro en estos casos se demora en recomponer la escena, debe recorrer todas las posibilidades. El pánico…el pánico sí es certero; la sensación casi inexplicable de que la realidad se está desmoronando por un momento y el esfuerzo por volver a poner todo junto de cualquier manera. Pensé seriamente si no había traído a alguien conmigo, lo pensé por un buen rato, dándome argumentos de por qué lo habría hecho; luego me explicaría cómo y por qué arrojó sobre mí dos chorros de aire húmedo en el frío de la noche. Consideré la posibilidad de una broma pesada, pero el perpetrador hubiera tenido que seguirme sin un solo sonido, porque esa respiración había provenido de la nada, por así decirlo. Antes de ella no se había movido una sola hoja, ni un crepitar en el suelo. Sería un mentiroso, un maldito escéptico y materialista mentiroso si dijera que descarté con el más fino método científico en ese lugar otras posibilidades más misteriosas provenientes de arriba o, el destino no lo quiera, de debajo de mis pies. Tampoco sé cuánto tiempo mi cuerpo estuvo inmóvil siendo inspeccionado, olfateado…imaginaba. En algún momento acepté con resignación, agaché la cabeza. Me senté por un largo rato como un niño que pone el cuello en una peluquería a pesar del temor a las tijeras. Todo se repitió unas tres veces y cuando cesó, salí sin levantar la cabeza, reptando, lo cual me tomó un tiempo mucho más largo del que había tomado entrar.

A la mañana siguiente hice el mismo recorrido. Cuando llegué al broche, un enorme toro de lidia negro, de unos quinientos kilos tenía su mirada clavada en mi, estaba quieto al lado de la piedra en la que me había sentado como si no se hubiera movido desde la noche anterior. Me olfateaba con fuerza en la distancia. Parecía decirme con sus ojos como de niño apesadumbrado que lo hiciéramos de nuevo, ahora a plena luz…si me atrevía.