El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 20 de diciembre de 2013

Recuerdos de la Radiación

A Andrés Felipe Solano...gracias por Kurt Vonnegut

Por algún motivo, mis recuerdos más felices –y los más desdichados- están relacionados con la radiación. Cuando llegué a Hiroshima en 1993 como becario, tomé un teléfono y llamé a una alsaciana de ojos azules llamada Gabriela Bucher y desde Colombia una voz diminuta que se demoraba en volver me contestó llena de ilusión y deseo ‘Hiroshima Mon Amour’, como la película de Alain Resnais, ‘Hiroshima Mon Amour’…no dejé de pensar en su torbellino de pelo negro como las montañas, en sus besos hirvientes de cien radones, y pasé los días de ese verano recorriendo Japón entre enloquecido y adormilado por la humedad y el aliento de bourbon y sake que aún aliñaban el aire en las calles. Fuimos felices por escasos ocho meses que todavía vienen a la memoria con facilidad.


La radiación, no me lo hubiera imaginado. Cuando era niño no creíamos que fuera tan grave; crecí y me formé en plena guerra fría. Si uno se agachaba lo suficiente y hacía como una tortuga y en casa se ponía una toalla mojada en el dintel de la puerta, las ondas alfa y beta no podía pasar; no era algo por lo cual hubiera que preocuparse. De hecho, mi abuela advirtió de la manera más clara y contundente que no pensaba meter la mano en el primer horno microondas que compró mi papá en 1978 porque la radiación se la iba a comer la carne hasta el hueso, pero no había por qué no meter el café. Todos pensábamos que las cosas quedaban irradiadas. A las ollas a presión en Medellín entonces se les llamaba la olla atómica; adentro ocurrían crueles y esenciales procesos que de manera inmisericorde rompían la materia, liberando cuantos increíbles de energía que le podían a uno detonar en la cara. A Carmelita, la muchacha de la casa de la abuela, le estalló una olla atómica en la cara y el parecido con las pobres gentes de Nagasaki comenzó a ser asombroso, o al menos eso se decía.

Tomado de: Memorias de un Mediocre


jueves, 12 de diciembre de 2013

En Átomos Volando

La de Ricaurte es tal vez la fábula más patente de tergiversación histórica y el primer falso
positivo de Colombia, un drama inventado por Bolívar, que él mismo reconoce como tal: el héroe que antes de permitir que la pólvora cayera en manos chapetonas le prende fuego deponiendo su vida por la causa. En Bucaramanga le confiesa a Luis Perú de la Croix:
«Ricaurte figura en la historia como un mártir voluntario de la libertad; como un héroe que sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros y sembrar el espanto en medio de los enemigos. Pero su muerte no fue como parece. No se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo. Yo soy el autor del cuento y lo hice para entusiasmar a mis soldados, atemorizar a los enemigos y dar una idea más alta de los militares granadinos. Ricaurte murió el 25 de marzo del año 14 en la bajada de San Mateo, retirándose con los suyos. Murió de un balazo y de un lanzazo y lo encontré en dicha bajada tendido boca abajo, ya muerto…»
¿Por dónde comenzar a explicar todo lo que evoca este pasaje? Pobre diablo, Ricaurte, un Juan Lanas como nosotros, martirizado más allá de lo que pudiera recrear su loca imaginación. Una miserable lanza, un balazo que ya con eso tenía a mi modo de ver para ser adorado…y terminar pegado al piso como una mariposa atravesada por un alfiler, elaborando un complejo mito sobre el vuelo; ser herido cuando se retiraba. Y Bucaramanga; una ciudad para confesarse, porque no para el sexo se iba en ese entonces, ni hoy. Ahora considérese el tenerse que memorizar esa insufrible letanía de la historia de Colombia. Tampoco Ricaurte se fue jamás de San Mateo, pero se desperdigó en mil pedazos, se fragmentó simbólicamente y se fundió con un paisaje mientras intentaba salir con los suyos. Cómo no terminar pensando que todos somos Ricaurte. Si pudiera una historia ser completa y acabada, falta que el día 25 del año 1814 cayera un domingo.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Hippies Corporativos



Nadie ama más el dinero que los hippies viejos; Paul McCartney, Benjamín Villegas, Andrés Carne de Res. La pregunta que a menudo nos asalta, ¿qué se hicieron los rebeldes melenudos de los sesentas y setentas? tiene una respuesta sencilla. Los que ya no viven con sus papás se dedicaron a hacer plata.

Muchos se tornaron a las corporaciones. En su juventud juraron que no tomarían Coca-Cola, no que no trabajarían en ella. El nicho de la estructura corporativa constituye un caldo de cultivo en donde el amor nunca se acaba. ¿Acaso en dónde más puede uno creer que la felicidad se destapa, ahora sin fumar marihuana cuyas semillas nos hacen levantar al baño en medio de la noche, sino es al lado de un oso polar? Una vez superada la impudicia inicial, los hippies se entregaron a la felicidad corporativa, a su proacción, a su entusiasmo, a su forma de vida fácil y bien remunerada en donde la esposa se puede dedicar a tomar vino en la casa y a hacer piezas de cerámica incomprensibles mientras el marido va a reuniones en donde una y otra vez se habla sobre ’lo que somos’, ‘qué nos define’. La actitud cambia el mundo.

Quiero que se me entienda bien; algunos creíamos en los Hippies. Yo confiaba en Carne de Res. Detrás de los servilleteros hechos de tapas de cerveza, de los anillos de abrazaderas de 3/4 y toda la chuchería creía ver una filosofía. Luego de que Andrés hablara en esos términos tan bogotanos sobre la niña violada, en los mismos que uno se queja de que los obreros en la vía a Girardot no están haciendo nada,  me rompió el corazón. Conservo la esperanza de que cuando se oyó a sí mismo se dio cuenta enseguida que sonaba igualito a su viejo. Pero la admiración perdida es un viaje sin regreso; detrás de la chuchería, lo supe, había la sórdida pesadilla ontológica del restaurante paisa y todos sabemos que allí germina el comino, un condimento que es al hippie lo que el ajo a los vampiros. Si Andrés le hizo concesiones al Triguisar, en mi personal imaginario colectivo ya no lo podía catalogar como un legítimo existencialista criollo. 

Al igual que Pachito Santos cuando propuso la electrólisis como medio de control social -otro hippie viejo peinado tercamente con cuerno de buey modulado por un cerrero corte de ‘hongo’ en una alegoría estrafalaria de sus metamorfosis ideológicas-, don Carne de Res tuvo que salir a pedir perdón por la televisión o algún medio castrante; el viejo Hippie se había convertido en un Hippie CEO y  en mi alma ya no era diferente al presidente de ENRON, Ken Lay, cuando salió esposado o a Rupert Murdoch chuzando llamadas que ya no entiende. Ni siquiera el saber que ha instalado en su avión personal una chimenea funcional y que juega golf con su vieja camiseta del Ché ha borrado de mi mente esas palabras espantosas. ¿Por qué nos decepcionaron los Hippies? Algunos crecieron; de nadie se extraña su lado irresponsable como de un hippie viejo. Llevan sus contabilidades maniacas como una placera vietnamita, y si fuera por ellos (y no dudo que hay quienes lo han hecho) se auto-practicarían cirugías de cerebro en el baño sosteniendo en una mano un espejo y en la otra un vademécum.

Cuando era niño mi papá solía conversar con mi mamá acerca de hombres que se habían tomado la mitad de una finca y sus hijos que se fumaron la otra mitad. Yo no podía entender, no me cabía en la cabeza cómo alguien se fumaba una parcela, cómo metía una fanegada entre un papel de arroz y lo encendía…qué tan profundo cavaba uno para decir que se la fumó. Crecí con la esperanza de conocer a esa gente excelsa que aspiraba inmuebles. La fortuna sólo me permitió conocer a sus progenitores dipsomaniacos que se sorbían terruños enteros. Ahora mi sueño está hecho añicos porque sé que se fuman sus propios inmuebles y no caen en la desgracia; no les toca volver a vivir en la casa de los papás. Tal vez podría admirar a Carne de Res de nuevo si su historia tomara un giro hacia la tragedia decadente de vender los cubiertos robados de la casa de la mamá en Teusaquillo y no el aire triunfal del hippie Benetton, servido de una marca hecha a su medida: ¿ropa de mundo Pielroja?

La carne lo ha vuelto agresivo, sin duda es eso. Cuando matan a la res todos los químicos, y todo lo que no es natural inunda las vías del animal…y uno se come todo eso. Creo que Andrés debe volver a la cambucha, a la vida sencilla, a un nuevo paradigma que le permita renacer (tal vez rebautizarse Andy ó Baby Beef)…volver a tirar esos leños pesados en la chimenea de su Lear Jet mientras por los audífonos que se conectan a las coderas suena Violeta Parra y Morrison y Fleetwood Mac. Y para parafrasear los gritos libertarios de los sesentas y setentas, por favor ni  un paso más hacia adelante, todos hacia atrás porque en este mundo pocos hay más fanáticos e intolerantes que los conversos al insufrible misticismo del dinero.


Roberto Palacio

jueves, 21 de noviembre de 2013

martes, 3 de diciembre de 2013

La Fina

Durante toda mi vida de adolescente y de adulto escuché el comercial de La Fina, la margarina, la preferida en la mesa y cocina, con tostadas, con galletas o con pan. Se repitió al infinito, el mensaje no solo nos llegó, se hizo una voz interior que tal vez airee en el momento de la muerte de cada colombiano cuando la vida se nos escape, una canción pegada que para algunos será la eternidad, inoportuna, como una de las moscas de Manzur.


Cuando cayó el Space-Lab del cielo en 1993, los receptores del aparato se activaron con el golpe y el comercial de La Fina sonó mientras se hundía en el lejano pacífico solitario; cuando se hizo el primer ensayo antes de la detonación de la bomba atómica similar a la de Nagasaki en Alamogordo, Oppenheimer relata que mientras el conteo regresivo restaba segundos, no se pudo apagar un receptor que transmitía la suite del Cascanueces de Tchaikovski que sonó durante la explosión: pero sostengo que en realidad era el comercial de la Fina. Cuando se hundió el Titanic, entre los restos sólo encontraron un viejo radio de tubos que flotaba en las aguas y se dice que emitía ininterrumpidamente el comercial de la Fina en el inglés de la Reina: “The Fine, the preferred on the table and with wine, The Fine everybody likes it instead, with toast, cookies or with bread…”. Fue preciso azotar el radio con unos remos para que se silenciara…dicen algunos.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Los Blues del Gato Félix


Yo sentía en ese entonces que anochecía a las cuatro y media de la tarde. Llegaba del colegio,
dejaba caer mi ropa en una línea que describía mi trayectoria, y ya era de noche. Eran épocas en las que las calles eran largas y terminaban en unos escombros en donde no había nada que robar. Por alguna razón que la meteorología no comprende, llovía más que ahora y los transeúntes eran grises, personajes de una pintura existentes sólo para que si a alguien se le ocurría dibujar una escena costumbrista hubiera podido retratar un alma que pasaba escondida debajo de una ruana. Eran frías las avenidas, más bien desoladas, olía a humedad y a piedra, los taxis eran viejos Mercurys enormes, de tablero metálicos con contadores que hacían tic-tic-tic sin conexión con el recorrido. Pertenecían a otras épocas de prosperidad y abundancia, a los gloriosos cincuentas americanos de los que tuvimos un atisbo ínfimo veinte años después cuando construyeron el centro de Bogotá y todos esos edificios con nombres “nuestros”: Bachué, Chicamocha, El Bochica, la sacrificada por amor Furatena.
La vida se limitaba al colegio en el que no había más que una rutina del paroxismo en la que yo no comprendía qué diablos se hacían los días. En las tardes, en la casa tampoco había tiempo y sin embargo las horas parecían no discurrir, los acontecimientos no sumaban lo suficiente como para decir que algo sucediera. En las noches prendíamos el televisor que desarrollaba la imagen a partir de un círculo que se expandía, -el aparato ya era viejo para su época-. No lo sabía entonces, pero los hindúes creían que sus dioses crearon lo que hay a partir de la nada, como de un círculo concéntrico que todo lo traía a la vida en una ola; el cero, su más grande invención es un círculo porque ese era su imagen de la armonía en la que nada sucedía, la alternancia cíclica del cielo entre algo y el vacío. El cero es un círculo que encierra un vacío y lo vuelve algo. Mi círculo que encerraba una nada también era cíclico, repetitivo: a esa hora gris, televisor encendido, daban el Gato Félix, un alegre personaje que cargaba una pistola desintegradora y un maletín con un patrón de cuadros que a veces parecía salirse del maletín y era más plano que este. Pointdexter se robaba la pistola, o lo intentaba todas las tardes, una y otra vez sin fin:
«Dame tu pistola des-in-te-gra-dora Mister Felix»
«Oh no, nunca nunca te la daré Pointdexter»
Día tras día los trazos del Gato Félix se mezclaba con su maletín y las bocas parecían moverse siempre un paso más atrás que las palabras; a nadie la importaba lo que pensáramos, éramos niños. El bigotón de El Profesor seguía musitando un buen rato luego de que acababa sus líneas;  las tramas no eran para nosotros, la perspectiva del maletín era para los adultos. Y aún así todos los días veíamos los mismos capítulos una y otra vez.
El Chavo perpetuaba esa existencia cíclica de América Latina en donde nada sucedía, pero no sucedía continuamente; siempre los mismos chistes, la misma fórmula. Mis primos se carcajeaban al comienzo. De cierto momento en adelante ni siquiera una sonrisa, simplemente los repetían como si fuera un deber moral, parecían no divertirse pero estaban dispuestos a cortarle la mano a quien osara cambiar el canal como si hubiera interrumpido el suministro de un narcótico que llegaba en una banda transportadora. A partir de cierta edad tomaron predilección por algunos de los personajes: Quico, otras eran la Chilindrina. Los imitaban sin inmutarse, como un ritual… no teníamos más referentes factibles. Si estaban en la calle, corrían a su casa a verlo en estupefacción y silencio.
A las siete de la noche ya debíamos apagar el televisor, era hora de comer: la imagen se contraía en un Big Crunch, como el final del Universo conocido y quedaba en la pantalla un punto diminuto que nadie sabía si lo estaba imaginando o era una realidad; no se podía enfocar en el centro del campo visual, y sólo se veía de lado, por lo cual daba la impresión de ser elusivo, una sustancia fantasmal que prefería no ser vista. Pero era mejor no hablar de eso, de la nada circular que envolvía nuestras vidas.


Extracto de: Memorias de un Mediocre