El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Por qué todo el mundo quiere un Volkswagen Escarabajo


Mis abuelos amaron las cosas que sobraron de la Segunda Guerra Mundial cuyas curadurías son los restaurantes paisas: el plato esmaltado que duraba para siempre, las neveras que hedían a petrolato pero se podían prender en la selva, el Jeep Willys. Eran nuestros cincuentas, aquellos en las que todas las fincas se llamaban Vistahermosa, cuando la gente compraba cosas Selectas y Surtidas, era las épocas del maravilloso Triguisar, cuando los hospitales eran estériles y los cristianos iba a Sears sin que tuviera nada que comprar y Carlos Lleras pescaba de noche -con cosas compradas en el Sears-. Su lado lujoso, el de ese mundo que se revuelve en la memoria, aún provenía del Titanic: estolas haciendo despliegue de un zorrillo domeñado y congelado en la pose de la derrota; artículos para caballero, irritantes, cortantes, cancerígenos, cigarrilleras de plata hechas para gente que no gusta de compartir y que desdeña la plata en pos del oro, estilógrafos para firmar el cheque que podría cubrir los daños hechos por King Kong. Lamiéndose juntos el índice y el pulgar, mi abuelo dice:

«Ahí tiene mi buen hombre, creo que esto…» firma y lo dice lento «…debe cubrir todas sus molestias; verá, Kong tenía buen corazón»

El dueño del teatro, aún mirando el cheque, estupefacto levantándose el sombrero para rascarse la frente y dando la mano con fruición:

«Gracias, gracias señor Palacio».

Mis padres amaron otros objetos, más del París soñado de Alain Delón, propios del fumar en una pitillera; eran las cosas requeridas para llevar una vida en la cual estaban decididos a que nada les fuera a dañar el caminado. Se deleitaron con la indumentaria que dejó la misión Apollo y la Luna. Mi madre adoraba los neceseres. Yo adoraba que mi madre adorara los neceseres. Nadie nunca reveló que Buzz Aldrin llevó un neceser al la Luna y se dio un retoque antes de salir a superficie. He pensado resueltamente en qué eran. Tal vez se me entienda cuando digo que son un carro al que le han quitado todo menos el parasol femenino que tiene una luz. Mi madre tenía uno poderoso; se abría y aparecía una luz que podría haber sido la del camerino de Liza Minelli, congestionada, histérica, pidiendo una Tab: la mujer gran artista, lista para el escenario de la vida; su maquillaje, los disfraces de la escena. Los neceseres eran camerinos móviles. El que cargaba mi mamá en los viajes olía a ocre, a maquillaje con nombres como “Atardecer Durazno”, “Tierra India”. Toda la vida transcurría y la gente tenía un neceser que era su esclavo de los viajes. Era una parte ínfima de algo más grande: las maletas de los años setentas, coloridas, con carácter personal, reminiscentes de los viejos baúles de los viajes dieciochescos que nada sabían de la comodidad al ser cargados, solo de la brutal ubicuidad interna de todos los objetos.Para los hombres los enseres eran básicos aunque tampoco realmente necesarios. Mi papá cargaba en la guantera del carro unos forros de caucho para sus Flor Sheim en caso de que lloviera. Nunca los usó porque eran muy difíciles de volver a embutir en la bolsa. Todo era compañero de la gabardina, como si lloviera siempre y en todas partes como en Istmina. Orgullosos llevaban relojes precisos. El pelo de los antebrazos era bueno en ese entonces: daba un aire de científico o de golfista, de hombre de mundo. Había una acervo de cosas esclavas y desechables en ese pequeño mobiliario; los Kleenex para llorar a profundidad, los enseres de los hoteles y de las aerolíneas se podían conservar por décadas. Los jaboncitos, las peinillas Vandux blancas de los tocadores improvisados de los toilettes de los clubes, los gorritos de baño que sólo servían para un baño. Eran buenas épocas para tener cosas. Nadie había caído aún en la compulsión. En los mismos sitios regalaban pantuflas reutilizables. Todo decía Braniff, Hotel Chicamocha, Clínica de Marly. El colombiano siempre ha amado robar estos objetos, incluso en el caso de que le fueran regalados. Era un triunfo; el chaleco salvavidas de TWA en el baño, un cenicero de algún Hilton en la sala.


Los bidés eran parte de ese mundo afrancesado.  Los quitaron cuando la gente comenzó a jugar en lugar de lavarse las venéreas. A mí me advirtieron una y otra vez que el bidé no era para jugar. Tal vez si hubiéramos tenido una piscina en la casa me hubieran reventado a punta de: «Maldita sea, Roberto, ustedes cogieron eso para nadar…». Eran épocas del triunfo de los Volkswagen, como los dinosaurios con dientes triunfaron al final de Cretácico. Recuerdo muy bien que venían en colores pastel deliciosos, eran firmes y reales; el escudo del timón retrataba un lobito que orgulloso se erguía sobre un castillo,  y pesados y lentos se podían perder por entre la tramoya de luces y destellos de París o incluso de Bogotá y ser parqueados mientras la gente hacía el amor. Por eso todo el mundo, aún hoy, quiere un Volkswagen Escarabajo.
 Extracto de: Memorias de un Mediocre

martes, 26 de noviembre de 2013

Magnífica Desolación


Los restaurantes paisas son sitios de pesadilla ontológica. Cada vez que voy pienso en la Luna; ‘Ahhhh, magnífica desolación’ decía Buzz Aldrin, el segundo hombre en pisar el satélite, sus primeras palabras mucho menos pomposas que las de Neil, más de americano en vacaciones. Mientras mastico un chicharrón encerrado en esas casitas de bambú, paraíso de ensueño a lo Hansel y Gretel  en la mitología de los niños pandas, miro al techo a una botella de cerveza que pende sin abrir, como un action figure de Star Wars   en la cual flotan ingrávidos sedimentos innombrables de barro del pleistoceno, y es entonces cuando pienso en lo mucho que me gustaría poder decir ‘Ahhh, magnífica desolación…’.
¿Acaso qué esperaban encontrar en la Luna? ¡Rusos! Responde el Almanaque mundial de 1966, escasos tres años antes de que llegara Buzz. Pero no ha de considerarse una broma, no esperaban descubrir desolación, sino riquezas inenarrables en el satélite pálido. Cito Almanaque Mundial 1966, separata especial sobre ‘Astronomía’, por aquello de lo interesante que estaba el espacio en esos tiempos:
«…el profesor Samuel Tolansky, del Royal Holloway College de la Universidad de Londres cree que la superficie de lunar puede estar cubierta por una capa de diamantes, en la cual podría enterrarse hasta los tobillos el primer astronauta (norteamericano o ruso) que allí llegase. […] En un artículo del Science Journal, el profesor Tolansky dice que la “capa de polvo” que muchos científicos opinan que cubre la Luna, puede muy bien ser de diamantes. Estos habrían sido formados por el impacto de los meteoritos a través de los siglos. La variedad de diamantes sería de los negros que, aunque no tienen aplicación como joyas, son altamente valiosos en la industria»
Hay una cosa incitantemente y hermosa, sin embargo, de la idea de Tolansky. Para darle esa pisca de credibilidad a sus diamantes, el profesor advierte que no son de los de poner en un anillo, cosa que hubiera sido altamente rentable y frívola como los cuentos de hadas. No, son pálidos y grises, como la vida. El mundo es ese lugar un poco decepcionante y lo real suele ser poco traslúcido: es la madurez. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Alimentarme con gordo intruso...


Publicidad IBM 650, circa 1953


Hace unos diez años, tal vez, cuando fui profesor en esa institución, la Universidad de los Andes desarrolló un chip colombiano. Asistí a la charla con uno de los ingenieros que lo diseñaron: «Los planos del chip, los solos planos son del tamaño de una cacha de fútbol». Alguien preguntó que si de fútbol normal o de microfútbol, «De fútbol normal…» respondió meneando la cabeza como Mussolini y todos nos quedamos aterrados. Pero el chip se conseguía ya en Unilago porque era un modelo viejo de tecnología replicada. La Universidad de los Andes lo fabricó para demostrar que lo podía hacer… y que los planos eran del tamaño de una cancha de fútbol.


La charla fue en el edificio ‘W’ de ingeniería. Cuando entré a la Universidad en 1986 ese sitio era una especie de catedral de la computación. Albergaba un IBM 650 y luego un 1440. El 650 fue mi único atisbo del futuro en la Universidad. Siendo estudiante me metí por accidente en la habitación que lo hospedaba con una papeleta blanca que me permitía retirar una materia. En el ambiente había un rumbido antinatural pero suave que recordaba que se llevaban a cabo procesos, el aire tenía una carga a limpieza forzada, a plástico y superconductor y reinaba el silencio algorítmico que hay en la mente de Hal de 2001 Odisea del Espacio. De alguna parte salió un estudiante en bata blanca y me preguntó qué hacía yo ahí. No tuve tiempo de explicar mi conflicto de materias cuando me dijo con toda fruición que yo no debía estar en ese lugar al tiempo que me empujaba hacia la puerta como si fuera un recluta nuevo que por accidente entrara en el cuarto donde ocultan los cuerpos extraterrestres rescatados en Roswell. Pero yo alcancé a ver esos cuerpos: tres enormes mamotretos que servían para perforar tarjetas, sólidos como las máquinas tipográficas pero con los colores de los Jetsons;  una cuchara muy elaborada para alimentarnos con algo que podíamos coger con la mano. La Universidad hubiera preferido por lejos mi muerte a un rasguño en el 650, me hubiera alimentado a la máquina si así el 650 lo hubiera pedido, como a Pele en Hawái se le ofrece una virgen de vez en cuando:

«Alimentarme con gordo intruso…»

«¡Pero 650, no podemos, es un cliente!»

«650 querer a gordo hoy mismo, ¡HOY MISMO!…»

Años más tarde compré una partecita de esa mente artificial que vendieron como souvenir, un panel al que le colgaban un amasijo de cables rojos y azules que se retorcían en lo que se me antojaba como una serpiente decapitada y lo puse en la sala de mi primer apartamento…simplemente para ver quién reía de últimas.