El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 20 de diciembre de 2013

Recuerdos de la Radiación

A Andrés Felipe Solano...gracias por Kurt Vonnegut

Por algún motivo, mis recuerdos más felices –y los más desdichados- están relacionados con la radiación. Cuando llegué a Hiroshima en 1993 como becario, tomé un teléfono y llamé a una alsaciana de ojos azules llamada Gabriela Bucher y desde Colombia una voz diminuta que se demoraba en volver me contestó llena de ilusión y deseo ‘Hiroshima Mon Amour’, como la película de Alain Resnais, ‘Hiroshima Mon Amour’…no dejé de pensar en su torbellino de pelo negro como las montañas, en sus besos hirvientes de cien radones, y pasé los días de ese verano recorriendo Japón entre enloquecido y adormilado por la humedad y el aliento de bourbon y sake que aún aliñaban el aire en las calles. Fuimos felices por escasos ocho meses que todavía vienen a la memoria con facilidad.


La radiación, no me lo hubiera imaginado. Cuando era niño no creíamos que fuera tan grave; crecí y me formé en plena guerra fría. Si uno se agachaba lo suficiente y hacía como una tortuga y en casa se ponía una toalla mojada en el dintel de la puerta, las ondas alfa y beta no podía pasar; no era algo por lo cual hubiera que preocuparse. De hecho, mi abuela advirtió de la manera más clara y contundente que no pensaba meter la mano en el primer horno microondas que compró mi papá en 1978 porque la radiación se la iba a comer la carne hasta el hueso, pero no había por qué no meter el café. Todos pensábamos que las cosas quedaban irradiadas. A las ollas a presión en Medellín entonces se les llamaba la olla atómica; adentro ocurrían crueles y esenciales procesos que de manera inmisericorde rompían la materia, liberando cuantos increíbles de energía que le podían a uno detonar en la cara. A Carmelita, la muchacha de la casa de la abuela, le estalló una olla atómica en la cara y el parecido con las pobres gentes de Nagasaki comenzó a ser asombroso, o al menos eso se decía.

Tomado de: Memorias de un Mediocre


jueves, 12 de diciembre de 2013

En Átomos Volando

La de Ricaurte es tal vez la fábula más patente de tergiversación histórica y el primer falso
positivo de Colombia, un drama inventado por Bolívar, que él mismo reconoce como tal: el héroe que antes de permitir que la pólvora cayera en manos chapetonas le prende fuego deponiendo su vida por la causa. En Bucaramanga le confiesa a Luis Perú de la Croix:
«Ricaurte figura en la historia como un mártir voluntario de la libertad; como un héroe que sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros y sembrar el espanto en medio de los enemigos. Pero su muerte no fue como parece. No se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo. Yo soy el autor del cuento y lo hice para entusiasmar a mis soldados, atemorizar a los enemigos y dar una idea más alta de los militares granadinos. Ricaurte murió el 25 de marzo del año 14 en la bajada de San Mateo, retirándose con los suyos. Murió de un balazo y de un lanzazo y lo encontré en dicha bajada tendido boca abajo, ya muerto…»
¿Por dónde comenzar a explicar todo lo que evoca este pasaje? Pobre diablo, Ricaurte, un Juan Lanas como nosotros, martirizado más allá de lo que pudiera recrear su loca imaginación. Una miserable lanza, un balazo que ya con eso tenía a mi modo de ver para ser adorado…y terminar pegado al piso como una mariposa atravesada por un alfiler, elaborando un complejo mito sobre el vuelo; ser herido cuando se retiraba. Y Bucaramanga; una ciudad para confesarse, porque no para el sexo se iba en ese entonces, ni hoy. Ahora considérese el tenerse que memorizar esa insufrible letanía de la historia de Colombia. Tampoco Ricaurte se fue jamás de San Mateo, pero se desperdigó en mil pedazos, se fragmentó simbólicamente y se fundió con un paisaje mientras intentaba salir con los suyos. Cómo no terminar pensando que todos somos Ricaurte. Si pudiera una historia ser completa y acabada, falta que el día 25 del año 1814 cayera un domingo.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Hippies Corporativos



Nadie ama más el dinero que los hippies viejos; Paul McCartney, Benjamín Villegas, Andrés Carne de Res. La pregunta que a menudo nos asalta, ¿qué se hicieron los rebeldes melenudos de los sesentas y setentas? tiene una respuesta sencilla. Los que ya no viven con sus papás se dedicaron a hacer plata.

Muchos se tornaron a las corporaciones. En su juventud juraron que no tomarían Coca-Cola, no que no trabajarían en ella. El nicho de la estructura corporativa constituye un caldo de cultivo en donde el amor nunca se acaba. ¿Acaso en dónde más puede uno creer que la felicidad se destapa, ahora sin fumar marihuana cuyas semillas nos hacen levantar al baño en medio de la noche, sino es al lado de un oso polar? Una vez superada la impudicia inicial, los hippies se entregaron a la felicidad corporativa, a su proacción, a su entusiasmo, a su forma de vida fácil y bien remunerada en donde la esposa se puede dedicar a tomar vino en la casa y a hacer piezas de cerámica incomprensibles mientras el marido va a reuniones en donde una y otra vez se habla sobre ’lo que somos’, ‘qué nos define’. La actitud cambia el mundo.

Quiero que se me entienda bien; algunos creíamos en los Hippies. Yo confiaba en Carne de Res. Detrás de los servilleteros hechos de tapas de cerveza, de los anillos de abrazaderas de 3/4 y toda la chuchería creía ver una filosofía. Luego de que Andrés hablara en esos términos tan bogotanos sobre la niña violada, en los mismos que uno se queja de que los obreros en la vía a Girardot no están haciendo nada,  me rompió el corazón. Conservo la esperanza de que cuando se oyó a sí mismo se dio cuenta enseguida que sonaba igualito a su viejo. Pero la admiración perdida es un viaje sin regreso; detrás de la chuchería, lo supe, había la sórdida pesadilla ontológica del restaurante paisa y todos sabemos que allí germina el comino, un condimento que es al hippie lo que el ajo a los vampiros. Si Andrés le hizo concesiones al Triguisar, en mi personal imaginario colectivo ya no lo podía catalogar como un legítimo existencialista criollo. 

Al igual que Pachito Santos cuando propuso la electrólisis como medio de control social -otro hippie viejo peinado tercamente con cuerno de buey modulado por un cerrero corte de ‘hongo’ en una alegoría estrafalaria de sus metamorfosis ideológicas-, don Carne de Res tuvo que salir a pedir perdón por la televisión o algún medio castrante; el viejo Hippie se había convertido en un Hippie CEO y  en mi alma ya no era diferente al presidente de ENRON, Ken Lay, cuando salió esposado o a Rupert Murdoch chuzando llamadas que ya no entiende. Ni siquiera el saber que ha instalado en su avión personal una chimenea funcional y que juega golf con su vieja camiseta del Ché ha borrado de mi mente esas palabras espantosas. ¿Por qué nos decepcionaron los Hippies? Algunos crecieron; de nadie se extraña su lado irresponsable como de un hippie viejo. Llevan sus contabilidades maniacas como una placera vietnamita, y si fuera por ellos (y no dudo que hay quienes lo han hecho) se auto-practicarían cirugías de cerebro en el baño sosteniendo en una mano un espejo y en la otra un vademécum.

Cuando era niño mi papá solía conversar con mi mamá acerca de hombres que se habían tomado la mitad de una finca y sus hijos que se fumaron la otra mitad. Yo no podía entender, no me cabía en la cabeza cómo alguien se fumaba una parcela, cómo metía una fanegada entre un papel de arroz y lo encendía…qué tan profundo cavaba uno para decir que se la fumó. Crecí con la esperanza de conocer a esa gente excelsa que aspiraba inmuebles. La fortuna sólo me permitió conocer a sus progenitores dipsomaniacos que se sorbían terruños enteros. Ahora mi sueño está hecho añicos porque sé que se fuman sus propios inmuebles y no caen en la desgracia; no les toca volver a vivir en la casa de los papás. Tal vez podría admirar a Carne de Res de nuevo si su historia tomara un giro hacia la tragedia decadente de vender los cubiertos robados de la casa de la mamá en Teusaquillo y no el aire triunfal del hippie Benetton, servido de una marca hecha a su medida: ¿ropa de mundo Pielroja?

La carne lo ha vuelto agresivo, sin duda es eso. Cuando matan a la res todos los químicos, y todo lo que no es natural inunda las vías del animal…y uno se come todo eso. Creo que Andrés debe volver a la cambucha, a la vida sencilla, a un nuevo paradigma que le permita renacer (tal vez rebautizarse Andy ó Baby Beef)…volver a tirar esos leños pesados en la chimenea de su Lear Jet mientras por los audífonos que se conectan a las coderas suena Violeta Parra y Morrison y Fleetwood Mac. Y para parafrasear los gritos libertarios de los sesentas y setentas, por favor ni  un paso más hacia adelante, todos hacia atrás porque en este mundo pocos hay más fanáticos e intolerantes que los conversos al insufrible misticismo del dinero.


Roberto Palacio

jueves, 21 de noviembre de 2013

martes, 3 de diciembre de 2013

La Fina

Durante toda mi vida de adolescente y de adulto escuché el comercial de La Fina, la margarina, la preferida en la mesa y cocina, con tostadas, con galletas o con pan. Se repitió al infinito, el mensaje no solo nos llegó, se hizo una voz interior que tal vez airee en el momento de la muerte de cada colombiano cuando la vida se nos escape, una canción pegada que para algunos será la eternidad, inoportuna, como una de las moscas de Manzur.


Cuando cayó el Space-Lab del cielo en 1993, los receptores del aparato se activaron con el golpe y el comercial de La Fina sonó mientras se hundía en el lejano pacífico solitario; cuando se hizo el primer ensayo antes de la detonación de la bomba atómica similar a la de Nagasaki en Alamogordo, Oppenheimer relata que mientras el conteo regresivo restaba segundos, no se pudo apagar un receptor que transmitía la suite del Cascanueces de Tchaikovski que sonó durante la explosión: pero sostengo que en realidad era el comercial de la Fina. Cuando se hundió el Titanic, entre los restos sólo encontraron un viejo radio de tubos que flotaba en las aguas y se dice que emitía ininterrumpidamente el comercial de la Fina en el inglés de la Reina: “The Fine, the preferred on the table and with wine, The Fine everybody likes it instead, with toast, cookies or with bread…”. Fue preciso azotar el radio con unos remos para que se silenciara…dicen algunos.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Los Blues del Gato Félix


Yo sentía en ese entonces que anochecía a las cuatro y media de la tarde. Llegaba del colegio,
dejaba caer mi ropa en una línea que describía mi trayectoria, y ya era de noche. Eran épocas en las que las calles eran largas y terminaban en unos escombros en donde no había nada que robar. Por alguna razón que la meteorología no comprende, llovía más que ahora y los transeúntes eran grises, personajes de una pintura existentes sólo para que si a alguien se le ocurría dibujar una escena costumbrista hubiera podido retratar un alma que pasaba escondida debajo de una ruana. Eran frías las avenidas, más bien desoladas, olía a humedad y a piedra, los taxis eran viejos Mercurys enormes, de tablero metálicos con contadores que hacían tic-tic-tic sin conexión con el recorrido. Pertenecían a otras épocas de prosperidad y abundancia, a los gloriosos cincuentas americanos de los que tuvimos un atisbo ínfimo veinte años después cuando construyeron el centro de Bogotá y todos esos edificios con nombres “nuestros”: Bachué, Chicamocha, El Bochica, la sacrificada por amor Furatena.
La vida se limitaba al colegio en el que no había más que una rutina del paroxismo en la que yo no comprendía qué diablos se hacían los días. En las tardes, en la casa tampoco había tiempo y sin embargo las horas parecían no discurrir, los acontecimientos no sumaban lo suficiente como para decir que algo sucediera. En las noches prendíamos el televisor que desarrollaba la imagen a partir de un círculo que se expandía, -el aparato ya era viejo para su época-. No lo sabía entonces, pero los hindúes creían que sus dioses crearon lo que hay a partir de la nada, como de un círculo concéntrico que todo lo traía a la vida en una ola; el cero, su más grande invención es un círculo porque ese era su imagen de la armonía en la que nada sucedía, la alternancia cíclica del cielo entre algo y el vacío. El cero es un círculo que encierra un vacío y lo vuelve algo. Mi círculo que encerraba una nada también era cíclico, repetitivo: a esa hora gris, televisor encendido, daban el Gato Félix, un alegre personaje que cargaba una pistola desintegradora y un maletín con un patrón de cuadros que a veces parecía salirse del maletín y era más plano que este. Pointdexter se robaba la pistola, o lo intentaba todas las tardes, una y otra vez sin fin:
«Dame tu pistola des-in-te-gra-dora Mister Felix»
«Oh no, nunca nunca te la daré Pointdexter»
Día tras día los trazos del Gato Félix se mezclaba con su maletín y las bocas parecían moverse siempre un paso más atrás que las palabras; a nadie la importaba lo que pensáramos, éramos niños. El bigotón de El Profesor seguía musitando un buen rato luego de que acababa sus líneas;  las tramas no eran para nosotros, la perspectiva del maletín era para los adultos. Y aún así todos los días veíamos los mismos capítulos una y otra vez.
El Chavo perpetuaba esa existencia cíclica de América Latina en donde nada sucedía, pero no sucedía continuamente; siempre los mismos chistes, la misma fórmula. Mis primos se carcajeaban al comienzo. De cierto momento en adelante ni siquiera una sonrisa, simplemente los repetían como si fuera un deber moral, parecían no divertirse pero estaban dispuestos a cortarle la mano a quien osara cambiar el canal como si hubiera interrumpido el suministro de un narcótico que llegaba en una banda transportadora. A partir de cierta edad tomaron predilección por algunos de los personajes: Quico, otras eran la Chilindrina. Los imitaban sin inmutarse, como un ritual… no teníamos más referentes factibles. Si estaban en la calle, corrían a su casa a verlo en estupefacción y silencio.
A las siete de la noche ya debíamos apagar el televisor, era hora de comer: la imagen se contraía en un Big Crunch, como el final del Universo conocido y quedaba en la pantalla un punto diminuto que nadie sabía si lo estaba imaginando o era una realidad; no se podía enfocar en el centro del campo visual, y sólo se veía de lado, por lo cual daba la impresión de ser elusivo, una sustancia fantasmal que prefería no ser vista. Pero era mejor no hablar de eso, de la nada circular que envolvía nuestras vidas.


Extracto de: Memorias de un Mediocre

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Por qué todo el mundo quiere un Volkswagen Escarabajo


Mis abuelos amaron las cosas que sobraron de la Segunda Guerra Mundial cuyas curadurías son los restaurantes paisas: el plato esmaltado que duraba para siempre, las neveras que hedían a petrolato pero se podían prender en la selva, el Jeep Willys. Eran nuestros cincuentas, aquellos en las que todas las fincas se llamaban Vistahermosa, cuando la gente compraba cosas Selectas y Surtidas, era las épocas del maravilloso Triguisar, cuando los hospitales eran estériles y los cristianos iba a Sears sin que tuviera nada que comprar y Carlos Lleras pescaba de noche -con cosas compradas en el Sears-. Su lado lujoso, el de ese mundo que se revuelve en la memoria, aún provenía del Titanic: estolas haciendo despliegue de un zorrillo domeñado y congelado en la pose de la derrota; artículos para caballero, irritantes, cortantes, cancerígenos, cigarrilleras de plata hechas para gente que no gusta de compartir y que desdeña la plata en pos del oro, estilógrafos para firmar el cheque que podría cubrir los daños hechos por King Kong. Lamiéndose juntos el índice y el pulgar, mi abuelo dice:

«Ahí tiene mi buen hombre, creo que esto…» firma y lo dice lento «…debe cubrir todas sus molestias; verá, Kong tenía buen corazón»

El dueño del teatro, aún mirando el cheque, estupefacto levantándose el sombrero para rascarse la frente y dando la mano con fruición:

«Gracias, gracias señor Palacio».

Mis padres amaron otros objetos, más del París soñado de Alain Delón, propios del fumar en una pitillera; eran las cosas requeridas para llevar una vida en la cual estaban decididos a que nada les fuera a dañar el caminado. Se deleitaron con la indumentaria que dejó la misión Apollo y la Luna. Mi madre adoraba los neceseres. Yo adoraba que mi madre adorara los neceseres. Nadie nunca reveló que Buzz Aldrin llevó un neceser al la Luna y se dio un retoque antes de salir a superficie. He pensado resueltamente en qué eran. Tal vez se me entienda cuando digo que son un carro al que le han quitado todo menos el parasol femenino que tiene una luz. Mi madre tenía uno poderoso; se abría y aparecía una luz que podría haber sido la del camerino de Liza Minelli, congestionada, histérica, pidiendo una Tab: la mujer gran artista, lista para el escenario de la vida; su maquillaje, los disfraces de la escena. Los neceseres eran camerinos móviles. El que cargaba mi mamá en los viajes olía a ocre, a maquillaje con nombres como “Atardecer Durazno”, “Tierra India”. Toda la vida transcurría y la gente tenía un neceser que era su esclavo de los viajes. Era una parte ínfima de algo más grande: las maletas de los años setentas, coloridas, con carácter personal, reminiscentes de los viejos baúles de los viajes dieciochescos que nada sabían de la comodidad al ser cargados, solo de la brutal ubicuidad interna de todos los objetos.Para los hombres los enseres eran básicos aunque tampoco realmente necesarios. Mi papá cargaba en la guantera del carro unos forros de caucho para sus Flor Sheim en caso de que lloviera. Nunca los usó porque eran muy difíciles de volver a embutir en la bolsa. Todo era compañero de la gabardina, como si lloviera siempre y en todas partes como en Istmina. Orgullosos llevaban relojes precisos. El pelo de los antebrazos era bueno en ese entonces: daba un aire de científico o de golfista, de hombre de mundo. Había una acervo de cosas esclavas y desechables en ese pequeño mobiliario; los Kleenex para llorar a profundidad, los enseres de los hoteles y de las aerolíneas se podían conservar por décadas. Los jaboncitos, las peinillas Vandux blancas de los tocadores improvisados de los toilettes de los clubes, los gorritos de baño que sólo servían para un baño. Eran buenas épocas para tener cosas. Nadie había caído aún en la compulsión. En los mismos sitios regalaban pantuflas reutilizables. Todo decía Braniff, Hotel Chicamocha, Clínica de Marly. El colombiano siempre ha amado robar estos objetos, incluso en el caso de que le fueran regalados. Era un triunfo; el chaleco salvavidas de TWA en el baño, un cenicero de algún Hilton en la sala.


Los bidés eran parte de ese mundo afrancesado.  Los quitaron cuando la gente comenzó a jugar en lugar de lavarse las venéreas. A mí me advirtieron una y otra vez que el bidé no era para jugar. Tal vez si hubiéramos tenido una piscina en la casa me hubieran reventado a punta de: «Maldita sea, Roberto, ustedes cogieron eso para nadar…». Eran épocas del triunfo de los Volkswagen, como los dinosaurios con dientes triunfaron al final de Cretácico. Recuerdo muy bien que venían en colores pastel deliciosos, eran firmes y reales; el escudo del timón retrataba un lobito que orgulloso se erguía sobre un castillo,  y pesados y lentos se podían perder por entre la tramoya de luces y destellos de París o incluso de Bogotá y ser parqueados mientras la gente hacía el amor. Por eso todo el mundo, aún hoy, quiere un Volkswagen Escarabajo.
 Extracto de: Memorias de un Mediocre

martes, 26 de noviembre de 2013

Magnífica Desolación


Los restaurantes paisas son sitios de pesadilla ontológica. Cada vez que voy pienso en la Luna; ‘Ahhhh, magnífica desolación’ decía Buzz Aldrin, el segundo hombre en pisar el satélite, sus primeras palabras mucho menos pomposas que las de Neil, más de americano en vacaciones. Mientras mastico un chicharrón encerrado en esas casitas de bambú, paraíso de ensueño a lo Hansel y Gretel  en la mitología de los niños pandas, miro al techo a una botella de cerveza que pende sin abrir, como un action figure de Star Wars   en la cual flotan ingrávidos sedimentos innombrables de barro del pleistoceno, y es entonces cuando pienso en lo mucho que me gustaría poder decir ‘Ahhh, magnífica desolación…’.
¿Acaso qué esperaban encontrar en la Luna? ¡Rusos! Responde el Almanaque mundial de 1966, escasos tres años antes de que llegara Buzz. Pero no ha de considerarse una broma, no esperaban descubrir desolación, sino riquezas inenarrables en el satélite pálido. Cito Almanaque Mundial 1966, separata especial sobre ‘Astronomía’, por aquello de lo interesante que estaba el espacio en esos tiempos:
«…el profesor Samuel Tolansky, del Royal Holloway College de la Universidad de Londres cree que la superficie de lunar puede estar cubierta por una capa de diamantes, en la cual podría enterrarse hasta los tobillos el primer astronauta (norteamericano o ruso) que allí llegase. […] En un artículo del Science Journal, el profesor Tolansky dice que la “capa de polvo” que muchos científicos opinan que cubre la Luna, puede muy bien ser de diamantes. Estos habrían sido formados por el impacto de los meteoritos a través de los siglos. La variedad de diamantes sería de los negros que, aunque no tienen aplicación como joyas, son altamente valiosos en la industria»
Hay una cosa incitantemente y hermosa, sin embargo, de la idea de Tolansky. Para darle esa pisca de credibilidad a sus diamantes, el profesor advierte que no son de los de poner en un anillo, cosa que hubiera sido altamente rentable y frívola como los cuentos de hadas. No, son pálidos y grises, como la vida. El mundo es ese lugar un poco decepcionante y lo real suele ser poco traslúcido: es la madurez. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Alimentarme con gordo intruso...


Publicidad IBM 650, circa 1953


Hace unos diez años, tal vez, cuando fui profesor en esa institución, la Universidad de los Andes desarrolló un chip colombiano. Asistí a la charla con uno de los ingenieros que lo diseñaron: «Los planos del chip, los solos planos son del tamaño de una cacha de fútbol». Alguien preguntó que si de fútbol normal o de microfútbol, «De fútbol normal…» respondió meneando la cabeza como Mussolini y todos nos quedamos aterrados. Pero el chip se conseguía ya en Unilago porque era un modelo viejo de tecnología replicada. La Universidad de los Andes lo fabricó para demostrar que lo podía hacer… y que los planos eran del tamaño de una cancha de fútbol.


La charla fue en el edificio ‘W’ de ingeniería. Cuando entré a la Universidad en 1986 ese sitio era una especie de catedral de la computación. Albergaba un IBM 650 y luego un 1440. El 650 fue mi único atisbo del futuro en la Universidad. Siendo estudiante me metí por accidente en la habitación que lo hospedaba con una papeleta blanca que me permitía retirar una materia. En el ambiente había un rumbido antinatural pero suave que recordaba que se llevaban a cabo procesos, el aire tenía una carga a limpieza forzada, a plástico y superconductor y reinaba el silencio algorítmico que hay en la mente de Hal de 2001 Odisea del Espacio. De alguna parte salió un estudiante en bata blanca y me preguntó qué hacía yo ahí. No tuve tiempo de explicar mi conflicto de materias cuando me dijo con toda fruición que yo no debía estar en ese lugar al tiempo que me empujaba hacia la puerta como si fuera un recluta nuevo que por accidente entrara en el cuarto donde ocultan los cuerpos extraterrestres rescatados en Roswell. Pero yo alcancé a ver esos cuerpos: tres enormes mamotretos que servían para perforar tarjetas, sólidos como las máquinas tipográficas pero con los colores de los Jetsons;  una cuchara muy elaborada para alimentarnos con algo que podíamos coger con la mano. La Universidad hubiera preferido por lejos mi muerte a un rasguño en el 650, me hubiera alimentado a la máquina si así el 650 lo hubiera pedido, como a Pele en Hawái se le ofrece una virgen de vez en cuando:

«Alimentarme con gordo intruso…»

«¡Pero 650, no podemos, es un cliente!»

«650 querer a gordo hoy mismo, ¡HOY MISMO!…»

Años más tarde compré una partecita de esa mente artificial que vendieron como souvenir, un panel al que le colgaban un amasijo de cables rojos y azules que se retorcían en lo que se me antojaba como una serpiente decapitada y lo puse en la sala de mi primer apartamento…simplemente para ver quién reía de últimas.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Estar en tus fotos sin estar


Hay una foto en la que aparezco de seis o siete años; me la tomó mi papá en el parqueadero de la casa en donde vivíamos en Louisville, Ky., tal vez en 1973. Al fondo se ve un Ford Falcon amarillo sin copas. Yo visto una camisa de bordes cafés oscuros sobre una tela ocre que imitaba ribetes vaqueros. Solía usar esa camisa con una pistola diminuta que  hacía explotar una salva de humo y sonido. Pero en esta foto ya no las portaba por considerarlas infantiles. En el bolsillo frontal llevo un pañuelo desmedidamente grande para la prenda y para mi tamaño y el pelo me lo han peinado con un copete Ronald Reagan, abombado, tieso pero húmedo que resaltaba la rosadez de la cara. Y claro que del pañuelo y del copete eras responsable. Estabas en esa foto sin estar.

Las fotos son instantes detenidos en el tiempo, breves intervalos eternos. En mi cuarto hay dos tuyas. En una aún no te has casado, estás acostada bocabajo en el pasto de un parque y levantas la cara, sostenida por una mano de la que pende una pulsera de piedras desmedidamente grandes, como siempre te gustaron. No se ve el color de las piedras, porque en una búsqueda artística de las que adelantó mi padre en su juventud, la película es sepia, como si se anticipara que esa imagen iba a ser de una foto que se ve envejecer. Mi padre siempre ha tenido una conciencia del tiempo tal; una que ha aplicado a su propia vida al costo de haberse envejecido prematuramente esperando el cumplimiento de sus extraños presagios. He mirado la foto por horas. Atrás se ve un árbol despelucado, una cerca de postes torcidos y un pequeño bosquecito. De ese instante detenido en el tiempo quisiera poder voltear la perspectiva, mirar a mi papá también tirado en el pasto tomándote la foto porque ya no lo puedo imaginar en una pose tal. Tuvo que haber estado muy enamorado para agacharse así, pienso estúpidamente. Te ves orgullosa, un poco altiva, como si toda la vida futura destellara en tus ojos. Sonríes; eras un típica niña de los sesentas con pelo bombacho que caía en una curva ganchuda y exagerada como las que pinta mi hija Gabriela cuando se retrata a sí misma. Ese momento, quisiera pensar, no terminó…es un destello eterno que ahora mismo existe; las fotos son simples maneras de recordarnos que en algún paraje del tiempo ese instante tercamente vive para siempre.

La otra foto no te gustaba; es una firmada por un ‘fotógrafo’ que de seguro te hizo un estudio. Llevas un pelo bombacho, lleno de caminos que se perdían hacia atrás en la cabeza aunque de seguro fueron cuidadosamente estudiados. Una capul -y no debería mencionarlo porque no te gustaba la más mínima exposición a ello- cae sobre la frente como una cortina de bambú.  Perdóname por revelar ese secreto que era sólo de la casa,  tengo presente lo mucho que te disgustaba. Sé que ya estás casada y que yo ya había nacido porque con el mismo traje que llevabas salimos juntos en otra de la serie en la que la ‘B’ de la firma de quien la tomó es más grande que mi cabeza y la tilde de la ‘e’ final irrumpe con estilo y sofisticación que nos recuerda que nuestra familia fue en parte una creación de Bené. El fondo es monótono pero finge una profundidad interesante, una pantalla gris con texturas amorfas, un infinito fotográfico sin sabor pensado para resaltarte. Apareces como metiéndote en la foto desde la esquina inferior derecha. Estás seria, llevas unos aretes enormes que a su vez tienen otros aretes más pequeños y un traje de paño pesado pero de un magenta suave como el color de tus labios. La foto estuvo creada para ser irremediablemente real; los colores aun perviven y en su mismo intento de perdurar dicen algo de tu tiempo y de una vida de la que muchas de sus facetas son un misterio para mí. Ahora ese traje, esos aretes, la firma, en poco 'el estudio' resiste el tiempo bajo el único sonido de los relojes y del movimiento de los arboles que trazan sombras en ciertas épocas del año en la habitación en la que escribo.

Me extrañaba cómo los viejos guardan fotos de los que ya no estaban; pensaba que inevitablemente se llegaba una edad en la que por confusión no se podía proclamar nada más que el propio pasado. Lo que ahora entiendo es que quien cuelga sus fotos intenta desesperadamente vivir en ellas; quisiera saber en donde hallar el efímero destello del tiempo en donde pervive ese momento. Ahora, dieciocho años después de que no te he visto más que en imágenes y cuarenta o cuarenta y seis en que esos instantes han estado congelados, quisiera ser yo el que te observaba desde el otro lado de la cámara y estar en tus fotos sin estar.