El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 6 de marzo de 2011

Un obituario muy íntimo para mi madre Olguita en sus 16 años de ausencia

El verano de 1976, o de 1977


Aún hoy, dieciséis años después, a veces me pasa que tomo el teléfono e intento marcarte…me doy cuenta del absurdo cuando trato de recordar el número y me viene la mente que ya no vivimos en el apartamento de la calle ochenta desde hace casi los mismos dieciséis años. Me río, y luego vienen todos los recuerdos que me obligan a detener lo que estoy haciendo. Me apena mucho sentir que ya no puedo recordarte como eras antes de morir; te recuerdo mejor cuando yo tenía 8 años y aprendí a leer, recuerdo tus manos, me acuerdo como corrías, y nunca te olvidaré en la finca de Guasca, tu casa. Debo pensar en un contexto específico para evocarte. Estoy seguro que hubieras querido que te trajera a mi memoria en esos tiempos, cuando tenías apenas veintiséis años y debías pedirme que no le contara a mi papá cómo te miraban todos los hombres en la calle para no despertar sus celos. Lo manejabas con altura; te hacía feliz sentir que nunca fuiste envejeciendo en realidad, porque sucedió en un solo momento y todo a la vez, en el instante previo a la muerte. En cierta forma, siempre fuiste joven; de esa forma te recuerdo. La foto que tengo de ti en mi estudio te muestra en lo que fue el esplendor de tu vida, capturada por la luz del sol de un verano perdido, tal vez el de 1976 o el de 1977, cuando vivíamos muy lejos de este país que extrañaste todos los días oyendo los discos de Nino Bravo y de Roberto Carlos. No me toca hacer un esfuerzo para verte lavando la loza y llorando en silencio, y yo como impertinente niño que te preguntaba una y otra vez qué pasaba, porque no podía entender que uno extrañara algo tan grande y abstracto como un país…un país, que no era nada para mí. La muerte ha convertido tu vida en un monolito que se yergue en el tiempo, un instante anecdótico y calculado del cual nunca me he podido ir.

Ahora no solo lo comprendo, sino que siento que mi existencia la marcó tu vida y tu muerte en formas que me han tomado años comprender. No sé si estuvieras orgullosa de mí si me vieras. Sé que no te gustarían los muchos kilos que los años me han puesto: siempre te enorgulleciste de mi voluntad, que he ido perdiendo. Creo que lo supiste desde mucho antes de morir cuando a pesar de no compartir mi afinidad electiva, comprendiste que ese era yo, que todo me era increíblemente difícil, que estaba escoriado por lo que yo pensaba era la honestidad y lo único bueno y verdadero. Me dijiste en ese momento, cuando lo pudiste aceptar, mucho antes que mi padre, que tuviera cuidado de no estropear una vida a la cual le había metido tanto. Todos los días intento hacerlo y todos los días me pregunto si habré pasado esa barrera y la habré estropeado ya. Me he dedicado a escribir porque es lo único que me permite remendar la brecha y el tiempo y la ridícula nostalgia que si la dejara me obligaría a mirar en una sola dirección a la distancia. No me cabe duda de que sentirías un orgullo incondicional por mis hermanos; han heredado el arresto de los camicaces, y la terquedad de los hongos. Maria Claudia lo que se ha propuesto lo ha logrado, escalando cada peldaño del monte improbable. Es más tenaz y más férrea que cualquiera y no me cabe duda de que de ti lo aprendió. Me tranquiliza que no te tocaran todas las horas de vuelo de entrenamiento de Andrés, o cuando vuela bajo la lluvia inclemente. El niño risueño que aún logra ser amado por todos, sufre en silencio tu ausencia y aún no te puede mencionar. Ha sido por sí mismo lo que es y sé que te ha incorporado a su vida de formas que no mencionará: ha llegado más lejos de lo que yo hubiera podido jamás. En cuanto a Álvaro; como el que vive por un solo amor, nunca te ha dejado. Desesperado, ha recorrido mil rostros buscando tu presencia, pero nada llena ese vacío. El destino lo ha castigado con la ceguera, y él le ha respondido con la sabiduría. Dicen que el ciego ve para adentro y he ahí el secreto de su sapiencia. Te sorprendería ver la entereza con la que ha enfrentado sus tinieblas, algo que sólo una vida preparada para no deber le ha podido proporcionar.

Hubieras disfrutado tanto de mi hija de Gabriela… A veces cuando la miro, hay ese dejo de la forma de tu boca, hay algo en su pequeñez que no es infantil sino tuyo. Ya carga una cartera con maquillaje suficiente para cubrirle el rostro a la Estatua de la Libertad, como lo hacías tú, y es vanidosa, da cariño sin que se le pida y tiene un mundo propio lleno de temores y de propósitos como lo tenías tú. Cuando la miro, el tiempo se acorta y hace un poco más llevadera la terrible nostalgia y la rabia de vivir.

De resto, creo que no te has perdido nada en esta ruinosa tarea de estar vivo; los colores de las cosas siguen siendo opacos las tardes de domingo, aún las sopas, los aguaceros, los caramelos de colores insultantes que te encantaban huelen a lo que olían cuando estabas viva. Hoy cuando entré a la casa, mientras lleno de paquetes metía la llave en la cerradura se me hizo absurda, inútil, decolorida la existencia, y pensé en el descanso que implica ya no decidir, ya no comer, ya no estar con uno mismo. Pero esas son mis propias estupideces, porque tú amabas las pequeñas cosas, y nunca te quejaste. Lo que más lamentaste en tu enfermedad fue no poder hacer lo más sencillo: el mercado, la ropa de la lavandería, las visitas telefónicas con café durante esas apacibles mañanas en que te maquillabas despacio y hablabas pasito de sutilezas que yo no entendía. Era tu felicidad, tu placer, el solo estar con nosotros, los días que uno tras otro son la vida. Cómo lamento que me tardara tanto en entender el transcurrir de tu tiempo, en disfrutarlo contigo. Cuando di ese paso, ya estabas muy cerca a la enfermedad y sólo nos pudimos conocer brevemente en esa complicidad, en la verdadera amistad que siempre supiste que de mi llegaría. Ahora, tantos años después añoro eso como los días del verano de 1976, o de 1977.

Roberto Palacio F.

5 comentarios:

  1. Me gratifica el alma y la memoria tu obituario. Te acompaño en ese día y te agradezco el pasaporte a ese pasado que de alguna manera nos conecta en el amor de tu mamá. Un abrazo grande
    Tu Primo Toto

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  2. Gracias por hacernos recordar aunque sea con una lagrima a quien tanto nos hizo sonreir. Tambien me hubiera gustado mucho compartir con la Tia Olga la alegria de mis hijos asi como tantas veces jugamos y compartimos con alegria en tu casa con ella, contigo y con tus hermanos.
    Un abrazo
    Tu prima Ana Maria

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  3. llegaron a mi memoria momentos, sentimientos de momentos inigualables que ni el paso del tiempo logra borrar de un ser especial, la tia Olga, a quien recuerdo cada dia de mi vida, con cada canción que cantabamos a grito, cuando espero el bus que trae a mis hijos del colegio, en fin en cada instante de los pequeños detalles que compartimos. Gracias por permitir este sentimiento. Los quiero mucho.

    Manena

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  4. En efecto marcar el 2553759 ya no soluciona el vacio; de hecho es mas que evidente que aunque la linea sigue conectada ya detras del telefono no hay ya un cafe frio poco amargo con un pucho a medio quemar, ya detras de ese telefono no hay un picadillo en coccion, ya no hay un cepillo amarillo que huele a laca, ya no hay ningun guasca ni siquiera hay que "matiar" porque los tan morados "pensamientos" que sembraste ya los quemo una helada sin que eso implique otra parada en sopo.

    Pues si parece que fue maravilloso, haberte visto de esposa,de mama incluso en de amiga. Y mas aun de tener la fortuna de quedarme con tus mayores tesoros tu esposo, mi papa y tus hijos, mis hermanos y tu familia tambien la mia. Que lastima que no tuvimos mas de ti, de esa manera tan unica con que lo hiciste todo. Eres la unica mujer a la que conozco a la cual "papito" no se le oia lobo. Y asi eras, una mujer que aunque usabas minifalda, manejabas un jeep. Y jamas quedo mal.

    Lo que pasa es que quieralo uno o no asi se siguieron pasando las horas.
    Y que guayabo habernos quedado sin mas horas de ti.
    Andres

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  5. Un obituario es escribir con un deleite gris, es dibujar con tintas de cenizas y para los recuerdos del ser mas amado, se requiere mas amor y mas valentía.Descripciones que por mas bellas más lágrimas simples se desflora, por que en lugar del vino se destila la tristeza líquida, de un hijo como tu que tiene la gracia de escribir desde el hondo sentimiento. Gracias Profe.
    Sixto Alfonso

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