El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 27 de febrero de 2011

Algunas piezas sueltas sobre el complejo fenómeno de la estupidez...

Si la estupidez doliera

Hay un gesto que sé hacer, pero que nunca he podido describir. Yo lo llamo ‘la sonrisa del subdesarrollo’. Tiene la misa relación con la estupidez que el agua estancada con el zancudo anofeles: es su más molesto efecto. Puedo, eso sí, contar cuándo se aprecia en todo su esplendor: llevamos quince horas en un derrumbe. Las máquinas finalmente abren un camino tortuoso y precario para el paso de un solo carro a la vez. Un avispado en un Reanault 18 que sirve más para transportar herpos que humanos se cuela en una fila que todos han venido observando como las cuentas en un rosario. Esa sonrisa con la que pasan los niños y la señora de ese Renault 18, esa mueca lateral, el guiño inane, el rictus de confusión y triunfalismo, eso es la sonrisa del subdesarrollo. Se usa para celebrar tener el mejor puesto, pero en doña Juana; para salir de primeras a ganarse un mostrario de tapetes, al colarse para una muestra gratis de medicina anticonvulsiva.


Vamos en un carro sin control a doscientos kilómetros por hora y discutimos sobre la silla asignada. Si empieza a estrellarse, se desarrollan extraordinarias tecnologías para amortiguar los impactos, pero nunca nunca se bajará la velocidad. En enero del 2011 el mundo conoció la noticia de los jóvenes ingleses que beben vodka por los ojos a pico de botella dejando que el alcohol se cuele por el lagrimal y el tejido, lo cual no solo no hace llegar prácticamente ningún líquido a la garganta, sino que destruye la córnea causando ceguera. Si se quiere quedar ciego a causa de la bebida, hubiera bastado comprar alcohol adulterado en navidad. Hace unos días a un amigo le exigieron que se afiliara a un sistema de salud que implicaba llenar un formulario complejo. Preguntaba entre otras cosas si usaba oxígeno, a lo cual respondió que lo hacía desde el nacimiento. Se había vuelto adicto a ese 20,946% que viene mezclado con el nitrógeno. Preguntaba: ¿Ha tenido Sida? Permítanme de nuevo ese tiempo verbal: ¿Ha tenido? Pero ahora me siento de maravilla. Le negaron la afiliación. En 1943 The New Yorker registró el caso de un hombre que se suicidó a la mitad de un formulario para una compañía médica. En letra trémula abandona las preguntas y anota... me estoy enloqueciendo, justo antes de pegarse un tiro.

Abro un periódico y leo esto:

Agencia Reuters

jueves 20 de enero de 2011 09:49 CET

MIAMI (Reuters) - Unos ladrones inhalaron los restos cremados de un hombre y dos perros creyendo erróneamente que habían robado drogas ilegales. [...]

Las cenizas fueron robadas el 15 de diciembre de la casa de una mujer en la localidad de Silver Springs Shores, en el centro de Florida. Los ladrones se llevaron una urna con los restos de su padre y otro contenedor con las cenizas de sus dos perros raza Gran Danés...

[...] Los sospechosos confundieron las cenizas con cocaína o heroína. Pronto descubrimos que los sospechosos inhalaron parte de las cenizas creyendo que estaban inhalando cocaína", dice el informe del sheriff

Cuando se dieron cuenta de su error, los sospechosos se plantearon devolver las restantes, pero decidieron lanzarlas a un lago

[…] Buzos de la policía estaban intentando recuperar las cenizas.

Y vaya uno a saber si las estaban buscando porque pensaron: Caramba, ¡se podían inhalar!

En Manizales hace poco, un pastor que fundó una iglesia en su garaje con nombre de musical infantil ‘Nisi’, convenció a sus feligreses que necesitaba una avioneta para estar más cerca de Dios y oh sorpresa, como en los musicales de los niños, cerró los ojos y taconeó -deseando no tanto estar en Kansas como en una Cessna-, hasta que la obtuvo. El mundo está lleno de magia. Me imagino que cuando quiera estar más cerca del diablo les pedirá un pozo petrolero. El 12 de abril del 2001 una turba enfurecida mató a un grupo de misionaros evangélicos de la Hermandad de la Cruz que hacían una cruzada internacional predicando de puerta en puerta en las ciudades más pobres de Nigeria cuando un hombre al mirarse en los pantalones no se vio el pene y gritó que los extranjeros se lo habían robado. La histeria colectiva se esparció como fuego en las praderas al punto que varones de todo el territorio empezaron a llamar a la policía reportando que no encontraban su ‘mojo’. Ya Marraneo se lo había hecho a Austin Powers. Pero los africanos ya no sostienen estas absurdas creencias: The Economist publicó hace poco un artículo en el que parece que el culpable era un gato fantasma que ahora ronda por Kenya y que ataca a los hombres en sus sueños, privándolos de los órganos del placer. Es duro admitir que la borrachera con la moza fue tan severa que uno no se dio cuenta de que la silueta que se divisaba en la puerta de la casa era la de la esposa con un cuchillo de matarife en la mano.

Pero bueno, traguémonos ese sapo: hay gente que ha vivido sin oxigeno y las compañías de salud los prefieren, un avioncito nos permite hacerle cosquillas a los pies de Dios, los misioneros evangélicos se van al África a conseguir un miembro grande de verdad. Lo grave es que la estupidez se funde con el mal, y gravita hacia él. Platón advertía en La República, ese libro que nadie se terminó en filosofía del colegio, que la maldad es en el fondo estupidez, y para sorpresa de todos, la estupidez en el fondo es maldad. En Barrancabermeja un grupo de piratas terrestres amenazó en el 2010 a transportadores diciendo que los iban a extorsionar si no les daban dinero:

-Bien mi amigo, si no me das ese dinero te extorsiono.

-No, no, llévenselo todo, pero no nos extorsionen, noooooo

Tal vez debamos tirar unos ejemplares de Extorsión para Dummies. Uno de los mayores problemas de los desalojos en las zonas de alto riesgo de derrumbe es que cuando logran sacar a la gente, llega otra, arrendatarios de los anteriores: que se maten ellos...

He estudiado con curiosidad cómo la estupidez ha llegado a las clases sociales en ascenso donde se ha convertido en un problema de salud pública que ya no afecta solo a los más desprotegidos. La ex-presentadora Adriana Arango vivía con un tipo que se llama simplemente Javier Coy. Coy: simple, tres letras. No les iba mal –la Federación de Cafeteros les había otorgado una licencia de exportación de Café-; pero un día Coy llega a casa con una idea genialmente avispada: pedir plata a todos los amigos y no devolverla. Así, sin más. Tal vez esbozó la sonrisa del subdesarrollo cuando la concibió. Pero la estupidez es más difícil de disimular que el enanismo. Cinco años, trescientos estafados, trece embargos, y dieciocho denuncias penales más tarde estos dos habitantes de un conjunto cerrado en cedritos, intentan habitar una celdita cerrada en una prisión. Abogo porque dejemos la estafa en manos de profesionales, no de la clase media ascendente. No defiendo el delito, pero con todo mi ser deploro la estupidez criminal. Pedir y no devolver no es un plan, a menos que involucre Suiza. Lo patético es que debe haber sido largamente premeditado. No pido una estratagema al estilo de películas como ‘Robo al Tren del Dinero’ con Sean Connery y George Clooney, en donde la sustracción se planea durante meses entre un tipo al que no le queda grande ninguna caja fuerte, un estafador profesional de Mónaco y un ex policía irlandés. Pido una trama mínima para que el hombre decente pueda coger un periódico en la mañana y maravillarse de la pugnacidad del acto ilegal. Y que nos ahorremos la sonrisa del subdesarrollo.

Roberto Palacio F.

lunes, 21 de febrero de 2011

Un extracto de mi próximo libro 'La Biblia Fotocopiada', a salir en diciembre de este año con Santillana

John Frum; Dios por accidente
'Creo porque es absurdo'
Tertuliano


Un enorme Airbus 330 rasga los cielos de la orgullosa República Independiente de Vanuatu en el Pacífico sur, justo al lado de Papua y Nueva Guinea, si acaso esto fuera una referencia para alguien. La estela blanca que deja de lado a lado en el horizonte como espuma en el aire no pasa desapercibida para los habitantes de Tana, la isla más grande. Apenas la ven, varios hombres corren sobre una pista de aterrizaje de unos cincuenta metros sobre la cima de un monte; unos entran a una torre y encienden fuego para que el avión se percate de que es el lugar correcto, otros se instalan unos audífonos de coco conectados por lianas a una caja de madera inerte y gritan por un micrófono de yuca. Toda la gente se ha sentado a lado y lado de la pista, teniendo cuidado de no meter los pies en el camino para que el avión no los pise, esperanzados, con el corazón en punta. Miran hacia arriba. En la cabecera han instalado un avión de Bambú, un pequeño Cessna que no vuela, para que todo sea adecuado; para ser vistos, tal vez simplemente porque a los aviones les gusta estar donde están otros aviones. Esta no se la quieren perder por nada. Sería como perderse el juicio final, porque para la gente de Tana, que hasta la década de los setenta vivieron como en el neolítico, si llega a aterrizar ese avión sabrán que es el comienzo del fin. Pero una vez más, no pasa nada y habrá que seguir cocinando, dando de comer a los animales, limpiándole los mocos a los pequeños, esperando el regreso del mesías John Frum que viene piloteando ese avión justo desde las puertas del paraíso. Están un poco desilusionados, pero no han perdido la fe, de ninguna manera. Se tiene en la punta de la lengua: Gilligan’s Island, pero el esfuerzo de recordarlo no valió de nada. Esto es real, y sin Ginger, ni Profesor ni Skipper.

Quién sabe quién haya sido John Frum. Los ‘tanianos’ lo describen como un tipejo pequeño, de voz chillona, pelo blanqueado –no blanco- con una chaqueta azul de botones brillantes. Entre ellos, algunos escépticos dudan que haya existido, aunque pocos niega su devoción por John. Al menos se lo tatúan en el pecho con buena ortografía: ‘John’ y no ‘Jhon’. Los jefes se visten como él, con los botoncitos brillantes y toda la parafernalia. Al parecer John Frum es lo que se le quedó a un nativo del saludo que alguna vez le diera un turista gringo del siglo XIX, hace ‘años sin memoria’: «Hi, I’m John form America»: John Frum, como en Colombia hay niños que se llaman Usnavy y Onedollar. Aunque la figura preexistía, durante la Segunda Guerra Mundial, John se identificó con algún soldado anónimo, perdido para la historia, que llevaba en la manga una extraña cruz roja y se encargaba de entregar suministros que llegaban en aviones cargueros a las tropas junto con algunos sobrantes a los nativos: John Frum, nuestro salvador. Ahora en Tana se adoran las cruces rojas. Al pobre pendejo se le ocurrió decir que volvía y así nació nada menos que una religión: The John Frum Cult. En Tana también hay libertad religiosa.

Una chocolatina Herseys, para quien no conoce el cacao debe ser maná del cielo -lo es-, una carroza que corre sin que se la hale, el vehículo de los dioses, un palito que hace fuego a voluntad cuando se rastrilla, tecnología que no hemos ni soñado cuando a nosotros nos toca sacarnos llagas para hacer sólo el humo. Si no podemos crear estas cosas, estas maravillas, tal vez podamos lograr que nos lleguen. Humanun est; nos podemos escurrir por el proceso y aún tenerlas, ¿pero cómo?, ¿cómo diablos? Sí, eso es, los dioses nos las mandarán. O.K, ¿cómo logramos eso? Nuestro mesías, John Frum las traerá. John es bueno, alguna vez prometió que volvía con más cosas ¿Cómo logramos que nos manden a nosotros un avión lleno de mercancías? Una cosa es de consuelo. El hombre blanco tampoco las hace. Cuando algo se daña o cuando desea todo esto tan delicioso, se sienta en un escritorio y empuja papeles y afila lápices, iza banderas y pone a unos idiotas todos vestidos iguales a moverse de acá para allá con armas hasta que llegan los aviones llenos de carga como caidos del cielo, literalmente. Tiene que ser un rito: no hay nada más inútil, no lo podemos imaginar, que un grupo de idiotas vestidos iguales marchando de un lugar para otro. Tiene que ser magia. ¡Nosotros podemos hacer esto también! Es así como la gente de Tana aún hoy iza banderas, teniendo mucho cuidado de no ponerlas al revés, se visten de azul y cargan unas guaduas con bayonetas en la punta, saludan al estilo militar y tienen un aeropuerto hecho de Bamabú en donde nada funciona de verdad, como los aeropuertos nacionales: bambú disfuncional. Pero es parte de la magia. Cada vez que pasa un avión es el mesías que viene a entregarles el cargamento. Los intelectuales de Tana dieron con una teoría para explicarle a la gente por qué John nunca aterrizaba, como Santo Tomás de Aquino en la Edad Media le intentó explicar a la gente por qué había niños inocentes que morían dolorosamente mientras los papas llenos de pecado fallecían viejos de afecciones indoloras en sus camas: los blancos piratas desvían a John cada vez. Hay que construir entonces un aeropuerto para ayudarle.

Hoy, mientras se leen estas líneas, mucha gente espera en Vanuatu a ‘John from América’ con fe verdadera, con devoción, llorando a veces, desesperados por ayuda en las más pequeñas cosas, instruyendo a los niños. Algunos, viendo el absurdo se separaron de los Johnianos. Cuando el Principe de Gales visitó la isla en 1974 en el yate de la familia real Brittania, los reformados conjeturaron que él era el mesías: se veía tan bien en su atuendo real, dijeron, tan guapo. En el 2007 un reality show llamado Meet the Natives le permitió a algunos creyentes viajar a Inglaterra a conocer a Dios, el cual les concedió media hora un jueves gracias a su agenda apretada. Pero no hay nada qué temer por los viejos creyentes: a pesar de que el contacto con el mundo moderno ha traído a los tanianos al siglo que corre, los johnsonianos siguen fuertes, esperanzados de que John llegará con las chocolatinas para cerrar las cortinas del mundo en el último día de la creación. Los seguidores, en un acto de ejemplo democrático incluso tienen escaños en el senado de su país. Lo mejor del mundo es la democracia. Cuando el naturalista David Attenborough pasó por las islas en la década de 1950 con un camarógrafo para hacer un documental, se entrevistó con el líder espiritual de los creyentes, un hombre que decía que hablaba todos los días con John a través de una mujer con cables de radio envueltos en la cintura que entraba en trace y hacía voces que sólo él sabía interpretar. Decía que John le había dicho que venía pronto, nada qué temer. Cuando Attenborough le preguntó si no le parecía que diecinueve años era mucho tiempo para esperar, le respondió sin temor, a sabiendas de todo lo que en el mundo sucedía, que si los cristianos llevaban dos mil años esperando a Jesús, diecinueve años era poco tiempo para esperar a John.


Roberto Palacio

domingo, 13 de febrero de 2011

Maria del Pilar Hurtado: una delincuente como nosotros. Ella no importa tanto, es lo peligrosamente frecuente que se ha vuelto el perfil del que se desquita del mundo por un pasado doloroso...

La vida de los demás…


Tú lo tenías claro desde el principio; llegaría el día en que todos sabrían de ti. Lo planeaste como una meta, el no ser ignorada por siempre. Bueno, las cosas se fueron dando de una manera más bien sutil. En un principio también tú tenías buena fe, pensabas que era igual para ti que para tus amigas, que para tus hermanas o tus primas; todas tenían derecho a la felicidad, a tener un novio, a ser tenidas en cuenta. No entendiste que cuando ellas se arreglaban para ir a una fiesta y te decían ‘Y tú también María del Pilar, ponte bonita…’ había en ello un dejo de menosprecio condescendiente, de fastidio. Pronto te diste cuenta de la diferencia que las separaba porque nunca has sido descuidada o incapaz de que algo se te escape, sobre todo lo que habla de ti. A cierta edad, cuando todo comienza a ser real, ellas tenían novios de verdad, tú seguías con los imaginarios; ellas lloraban en silencio por amor tendidas bocabajo en sus camas, y tú las mirabas entre extrañada y deseosa de tener una experiencia que te abriera al mundo. Intentaste por un tiempo ser más explícita, menos sarcástica. Hiciste mil cosas con tu pelo, pero nada cambió. O bueno sí, te volviste la confidente de los hombres: ellos te contaban sus historias y tú, con tal de hacerte parte, debas consejos, recomendabas y escuchabas. Para ti, irrumpir en la vida de los demás es la forma de tener una vida propia.

Los cambios siempre te entusiasmaron fugazmente con la posibilidad de que todo fuera a ser distinto. Tuviste que recordarte a la fuerza lo crueles que eran las personas, cómo te habías jurado no doblegarte ante ellas y cómo tomarías venganza algún día. En la universidad, por un tiempo, te ilusionaste con encontrar a un hombre que viera más allá de tu complexión física. Al fin y al cabo, tantos parecían abogar por no ser superficiales en ese lugar. Pero todo permaneció como siempre había sido. Eras amiga de todos, te invitaban a los paseos, a las fincas, pero cuando se retiraban a los cuartos a entregarse a ese amor profuso y espontáneo que tanto deseabas, a ti no te quedaba más que sacar la piyama que tan bien habías empacado y acostarte a leer. Fueron esos momentos, esos instantes en los que todo es ira en los que te juraste que no serías ignorada una vez más, en que tu plan se volvió casi programático. ‘Ya sabrán de mí…, ya sabrán de mí.’ Siempre te has creído con los suficientes escrúpulos como para tener una meta fija que desafíe el tiempo. No importa cuánto había que esperar, pero harías algo que al fin obligara a todos a considerarte más que una niña. En esa etapa formativa, intentaste ser denodadamente inteligente, pero en más de una ocasión llegaste a la casa llorando cuando otras, además de bonitas, decían algo que al profesor le agradaba más. Tu fortaleza no era esa, era la ciega obstinación y la claridad apodíctica de que te habías ganado el derecho a mentir, a tergiversar y a vengarte por todo aquello de lo cual los demás te habían privado. Para entonces, en tu cabeza sólo había esas metas, ya nunca pensamientos.

Cuando llegaste a la vida laboral, no había entusiasmo fugaz al que le creyeras. Había que escalar rápido para poder hacerte recordar, para que todos los que alguna vez te ignoraron o te sobaron la cabeza como a una menor tuvieran que decir: ‘Si viste a Maria del Pilar, la fea esa que se sentaba atrás, pues mira que resultó no ser tan boba…’ porque a los ojos de un colombiano, un acto brutal siempre limpia la imagen de esa inocencia estultificante, y pone en una escala jerárquica por la que ya no se mide a los demás. Casi podías imaginar a ciertas personas diciéndolo: ‘La fea esa no era tan boba…’. La distancia entre tú y tus amigas, que ahora tenían una vida caótica de bebés, maridos y sueños cumplidos la deseabas más que nunca, pero ya ni siquiera sabías qué era lo que querías de esa vida, porque nunca te tocó. Te volviste meticulosa e impecable en la oficina, caótica y tiránica en tu vida privada. Cuando los deseos de la carne eran acuciantes, ibas a ese sitio sofisticado en el que mujeres como tú podían pagar por una noche de sexo. Muy discreto. No eras como esas histéricas que se botaban sobre la pista en el momento culminante del ‘striptease’. Te sentabas a mirar en silencio a ese chico de cuerpo estupendo con un nombre como Giovanni o Yuldor porque en realidad tú te lo querías llevar para tu casa. Lo querías para ti y lo tendrías. Lo más increíble, le harías el amor con cariño auténtico y con pasión desmedida. Al otro día eras sumisa y confusa con él: ¡te habías enamorado una vez más María del Pilar! “No vuelvo a dejar que esto me pase”, te repetías con los dientes apretados. Debías entonces fingir ser una cabrona indolente. Al comienzo pensabas lo que hubiera dicho tu papá: eras su niña. Pero como con tantas otras cosas, esa sensación inefable de que a esto tenías derecho, de que al fin y al cabo fue la sociedad hipócrita la que a ello te llevó, te permitieron hacer lo indecible. Desafiaba tus escrúpulos, te hacía sentir enferma, pero solo en esos instantes eras verdaderamente mujer. No dejabas entonces que te perturbara; lo podías borrar todo. Fuiste llevando esa insensibilidad ciega a tu trabajo. No te diste cuenta cuándo se mezclaron las cosas y no puedes haber visto que se es uno solamente; no se delinque en el trabajo y se es Maria del Pilar en el almuerzo de tu casa los sábados. No se invade, se distorsiona, se corroe la verdad hasta el cansancio sin un precio para la vida propia. Te costará años y otra vida entender que la mentira es una áspera partitura que desgasta a medida que se entona.

Es por todo esto que en el aeropuerto se te veía no solo tranquila, sino de hecho satisfecha. No estimaste que llegara a tanto, y no creíste que fuera ya el momento de hacerte notar, pero se dio y pensaste que este instante era tan bueno como cualquier otro. Leíste el periódico en la sala de espera mientras los reporteros te hacían tomas de apoyo. Te diste el lujo de abrir con sarcasmo los ojos ante las noticias que te parecieron escandalosas, cosa que nunca haces a solas; algunos clasificados te llamaron la atención de verdad. Estabas disfrutando.

Ahora, a medida que pasan estos días extraños para ti, podrás estar fugazmente en el centro de tu venganza contra todo un país. Quisieras saber qué piensa tal o cual persona de ti ahora…¿cómo les quedó el ojo? Pero pasarán rápido y cuando te hayas cansado de caminar a solas y mascullar tu receta, cuando ya los Yuldores y los Giovannis de allá te sepan tan insípidos como el café, más temprano que tarde, querrás volver a ser María del Pilar, la gordita confidente. Aunque sea eso. Pero tal vez te tocará robar un atisbo de una conversación en el metro en alguna ciudad remota en donde para tu desgracia, a nadie le importa en qué andan los demás. Y todo sólo para volver a sentir que eres dueña de algo que otros llaman ‘intimidad’.

Roberto Palacio F.

domingo, 6 de febrero de 2011

Iba a escribir para hoy un perfil psico-social de Maria del Pilar Hurtado; pero decidí salir con este texto al que me incitó hace tiempo Uriel Cárdenas

LA DESAPARICIÓN DE LA DESAPARICIÓN DEL LIBRO


Escuchaba hace poco a uno de los vendedores de libros más importante de nuestro medio entregado al innoble oficio, tan colombiano como señalar con la boca, de buscar solaz en los subproductos ‘afortunados’ de nuestro subdesarrollo: ‘Los libros están desapareciendo, pero en otros países. Eso acá todavía no…’. Lo decía en el tono de alguien que se convence con argumentos autotranquilizadores, como un Reiki conceptual, de que toda su vida natural tendrá servicio doméstico barato -demos por caso- porque a Colombia afortunadamente todavía no han llegado los derechos fundamentales. Me imagino que un hombre con una bodega llena de libros que debe vender a como dé lugar tiene derecho a buscar confort con lo que le dé la gana. Pero no pude evitar pensar cuán endebles somos al no reconocer que el apego a los privilegios del aislamiento - Colombia es «el mejor vividero del mundo»- simplemente nos sacan sin más del retrato de los tiempos que corren. Ricardo Silva Romero decía que Colombia es un país al que le cuesta trabajo creer que queda en el mundo. Para mayor precisión, Colombia es un país al que le cuesta trabajo querer quedar en el mundo.

Comencemos por hacer unas precisiones indispensables en el debate sobre el estado del libro. En primer lugar, la peculiaridad de los cambios que acaecen con el libro es todo menos local. En segundo lugar, no había escuchado nada más ridículo que decir que el libro está desapareciendo.

Comencemos con esto segundo. Entiendo que es una forma rápida y descuidada de denominar un debate conceptual implicar, como en el título de este escrito, que tal o cual cosa ‘desaparece’, que esta otra fue ‘negada’. «El libro desaparece»; pero claro que no es esto de lo que se trata. Me cuesta trabajo imaginar un escenario no apocalíptico en el que el libro simplemente desaparezca. Estamos, eso sí, ante uno de los cambios de formato más significativos que el libro ha tenido desde que pasamos del papiro al códice y de este al libro impreso por tipos móviles. Con la digitalización -que no es nada nuevo-, no se hace más que completar un estadio lógico de lo que ya se había iniciado con Gutenberg: descomponer el libro en partes móviles, no significativas, recomponibles con las cuales se puede rearmar cualquier conjunto de ideas a voluntad, sean estas las que sean, de la misma manera que las palabras se descompusieron en fonemas y letras a-significantes cuando pasamos del pictograma al abecedario. Ahora esos tipos han dado un salto ulterior hacia su posibilidad de recomposición y resignificación. Una vez que las palabras de un libro aparecen en pantalla, ya no son parte del objeto físico conocido como ‘libro’. Ahora ocupan el espacio no solo de cualquier otro libro sino el de cualquier otro archivo. Cualquiera las puede poner, quitar, copiar, pegar, apropiar y desafortunadamente, plagiar. Esas palabras se funden en un enorme caldero que se revuelve lentamente en internet, en el cual se vierten potencialmente todas las ideas de la humanidad, sin autoría clara, sin pertenencia, fragmentadas. A esto me refería con el primer punto, cuando decía que la revolución del libro es todo menos provincial. El temor recalcitrante de George Orwell de que un libro –o la unidad literaria mínima que sea- en nuestros días ya no será escrito por una sola persona en cierta forma se ha cumplido, pero no fue recalcitrantemente malo. Por eso Google ha emprendido la enfermiza tarea de reunir todos los datos del mundo, algo que nunca en la historia de la humanidad se había siquiera planteado. Enfermizo, pero quiero estar ahí cuando suceda. Por eso Wiki gotea. No hay nada esencialmente nuevo en ello. Algo similar había ocurrido con los tipos de Gutenberg; contenían todos los libros posibles jamás escritos o por escribirse. En la prolijidad hubo confusión, mezcla, anonimato, proliferación y difusión.

Pero en otros frentes no hay motivos para estar optimistas. Con los cambios que se ven venir, el libro se desarraiga de sus orígenes y de sus roles. Por lo menos de las que conocemos hasta ahora: en muchos sentidos, el libro perderá su papel como educador, como autoridad, como hito. Al medio digital, por su misma neutralidad, no le tributan esos afluentes. Piénsese lo difícil que será hablar de un libro inspirador, crítico, que cambió la vida cuando el mismo está fragmentado, despedazado en el lector digital, así este simule la continuidad de una hoja tras otra. No es una pataleta neo-romántica. Hablo más bien del tema relativamente técnico del holismo sintáctico y semántico. Es de hecho este el principal problema que enfrentan las nuevas tabletas electrónicas; comunicar y denotar el sentido que antes tenía un objeto físico, una porción del mundo, en archivos que uno tras otro pasan ante los ojos. No es lo mismo una sucesión de páginas que todas las páginas juntas, así se vea una a la vez. ¿Por qué? Nuestra comprensión en un sentido psicológico lo demanda; es un proceso que se nutre de porciones estructuradas que se asemejan a totalidades, aunque a veces como ejercicio de la didáctica tengamos que romper algo en sus partes para entenderlo. Imagínese lo que es evaluar un juego de ajedrez mirando una ficha a la vez sin jamás poder mirar todo el tablero; los programas de ajedrez comenzaron a derrotar a los humanos más competentes cuando los programadores pudieron incorporar mecanismos eficientes de evaluación de un conjunto de situaciones a la vez. Cuando la máquina pudo decir para sí misma, luego de mirar todo el tablero: ‘Uyyy, estoy jodida…’ De la misma manera, apropiarse de un libro, comprenderlo implica poder considerarlo como un objeto independiente de otros, tener la perspectiva de hojear, de tener en mente las páginas, sus diseños, sus lugares en la obra física total. Cuando falta el contexto total, es difícil comprender las partes y su lugar en esa totalidad. Es esta la dificultad de «leer en pantalla».

Me preocupan mucho más los tentáculos de este fraccionamiento a si, por ejemplo, las comunidades autónomas de internet son lo suficientemente competentes como para poner juntos todos los ingredientes que se necesitan para cocer un buen libro, o si la libertad de hacer libros indiscriminadamente nos expondrá a mucha basura. Puede que sí. Las preguntas de fondo, sin embargo, siguen sin plantearse, como por ejemplo: ¿este fraccionamiento del texto alterará definitivamente nuestra relación con la lectura? ¿Se volverá a su vez más fragmentaria, se «Twitterizará»? ¿Llegará el día en que no podamos leer textos extensos? ¿O escribirlos? Claro, no tengo respuestas para estas preguntas. Realmente no las tengo, y no las pregunto porque sospeche que para allá vayamos. Pero siento que en toda esta crisis se ha hablado demasiado de la existencia y producción del libro físico, como lo demanda un debate orquestado por quienes producen los libros, pero no se ha hablado de la que puede llegar a perder más millones y adeptos que toda la industria editorial junta: la lectura.

En qué proporción y a qué ritmo el libro digital irá sustituyendo el libro de papel me parece relativamente impredecible, y pienso que no nos debemos dejar contaminar por la histeria corporativa editorial de los bajos números al fijar la atención exclusivamente en este micro-modelo del debate más grande. Admito que hay algo terriblemente incitante en saber si en las casas de nuestros hijos y nietos habrá bibliotecas con libros comprados por ellos o si guardarán y repartirán los nuestros como reliquias. Por la forma en que mi hija de tres años y los niños que conozco atesoran sus libros, los disfrutan y los quieren, creo que al menos en la siguiente generación tenemos asegurada la existencia del libro físico. Quien examine la sucesión de nuevas tecnologías sobre las viejas, descubrirá para su asombro que es rara la vez que el nuevo formato desplaza del todo o siquiera rápidamente al anterior: los programas de ajedrez por computador nunca sacaron de circulación a los tableros; no he asistido al primer concierto de música clásica en el que el intérprete se para histérico en la mitad de un concierto y pide a gritos que le cambien el piano de cola Steinway por una organeta Yamaha. Tal vez por mucho tiempo coexistirá el libro digital con el físico, tal vez se marque la diferencia con algo como: los libros que son de mis temas, siempre los compro en papel así sea más caro; los que son de trabajo no me importa y me los bajo en pantalla. Esos escrúpulos, aunque inverosímiles para el economista, son motivaciones reales de la vida humana. Pero no es este un tema que pueda elucidar más que saber si la costumbre de la ablución diaria con agua se podrá seguir manteniendo en los próximos cincuenta años. Tal vez nos toque decir: ‘En otros países ya no se bañan, pero eso afortunadamente no ha llegado acá…’, momento en el cual también yo le besaré los pies al subdesarrollo nacional. Pero claro, como con toda futurología, decir cualquier cosa es pura, aunque deleitable, irresponsabilidad.

Roberto Palacio F.