El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 9 de enero de 2011

El Pisapapel de Pilas se despide de sus lectores por merecidas vacaciones hasta el 31 de enero de 2011. Queda un texto para pensar y debatir: 'My own personal atehism'

Dios y ser gay en los ochentas


Cuando la gente comienza a hablar de Dios, yo escucho. No lo logro por mucho tiempo, pero me intriga la forma en que se van acercando a ese tema enfático y extenso, que casi siempre está completo en sus mentes, sin atisbo aparente de duda. Lo hacen como si todo lo que lo precede en la charla fuera un pretexto para llegar a Dios, esa esencia abstracta que los define. Tomé un taxi hace unos días con mi hija de tres años. Íbamos cantando y observábamos las luces de fin de año. El taxista me hizo la sencilla pregunta si la niña era mi hija. Sí, le dije. Divagó un poco sobre la belleza de la paternidad y luego le advirtió a mi hija sobre la importancia de obedecer al padre, ‘Y sobre todo, a un gran Papito que está en el cielo’, le dijo a manera de regaño pedagógico y condescendiente. Para ese entonces los dos habíamos dejado de cantar. Tal vez por nuestro silencio, el predicador del volante sintió que ya nos tenía cautivos y podía darse a su labor salvífica de propagar la palabra; no tuve duda de que era algo que hacía a menudo. Mientras hablaba recordé cómo la palabra en la mente del creyente tiene el mismo patrón de expansión que un virus en un organismo vivo según el genetista Richard Dawkins: se ‘esparcen’. ‘¿Tú conoces a Dios, nena?’ Mi hija no respondió. No importó; la pregunta era artificial, retórica. Agustín de Hipona no hubiera podido replicar acertadamente según lo que el conductor quería escuchar. Pero como en la oratoria clásica, sirvió para presentar todo la Quaestio Dei que nos acompañó hasta la puerta de la casa. Nos bajamos contaminados.

He aprendido con el tiempo a evitar responder a estos profetas ideologizados y calientes; simplemente ya no soporto las discusiones. Conozco muy bien los vericuetos que suelen tomar. Cuando uno advierte que no es creyente, el otro replica que sin duda uno debe creer en algo. Solía responder que me sorprendía la naturaleza: ‘Ahí está; ud. lo llama naturaleza, yo lo llamo Dios. ¿Cuál es la diferencia?’. Y había de nuevo tranquilidad, porque si bien puede creer que una serpiente le habló a una mujer, que todo se creó a partir de la nada y que el Dios que mandó dos osos para que destrozaran a 42 niños que se burlaban de la calvicie del profeta Eliseo es un Dios de amor, el creyente no puede creer que otro no crea. En la sentencia ‘Yo no creo en Dios’, el centro de atención no es la palabra ‘Dios’ sino la palabra ‘creencia’. Me perdonarán el pleonasmo, pero la esencia oculta que define al creyente no es Dios sino la creencia. Su estructura de sentido, aquello a partir de lo cual entiende y elabora el mundo es creer. Y ve creencia en todas partes. Poco ha considerado que fue sembrada en él desde su infancia; si te enseño que los duendes causan la lluvia, cada vez que cae agua del cielo reafirmarás la fe en su existencia. Se piensa en el deber de comunicarla porque el acto de reconocerse poseedor de esa creencia lo llama revelación y si hay aún otra cosa que el creyente no puede hacer es entender que aquello por lo que vive y muere puede que no le interese a nadie más que a él.

Ser ateo implica elaborar el sentido y la comprensión del mundo a partir de la misma experiencia de vivir. Nuestra interacción con el mundo -y con sus habitantes- tal como es puede bastar para desarrollar caminos vitales para el entendimiento y la emocionalidad con sólo saber observar, lo cual implica tener la disposición de ánimo de no aburrirse en el descubrimiento y un mínimo de curiosidad por la manera de ser de mecanismos a veces sutiles. También implica abstenerse de proyectar sobre él la sombra de la insatisfacción: el mundo en la visión del místico -de una forma o de otra- termina siendo de mal gusto, in-mundo. O peor, sobrecargado de sentido, lo cual expone aún más a la decepción. Comprender no es un proceso en el cual se antepone algo perfecto y autónomo a algo sucio que hay que despejar para descubrir lo primero. Alejandro Rozitchner en Hijos sin Dios, un estupendo debate sobre cómo pueden los niños responder sus preguntas fundamentales sin religión, advierte sobre los peligros no solo de la educación religiosa, sino de la educación en la trascendencia: instruir con el ojo puesto en el más allá implica limitar de mil maneras esa complejidad del mundo y transformar la aventura de vivir en una repetición de tradiciones salvadoras.

Pero ante todo, ser ateo en el sentido que especifico implica algo más difícil aún. Quien no cree se abstendrá de proyectar su no creencia; no pregonará ni catequizará y poco intentará valerse de otros para generar servilismos que inviten a seguir ciegamente. El ateísmo no es un credo, no es un club. No es madrugar a votar, pero en blanco. Por eso siempre he creído que ser ateo no es algo que me defina, porque mi vida no gira en torno al problema de la existencia de Dios. Cuando era adolescente, me invitaban a los clubes ricos de la ciudad, y yo asistía entusiasmado por la idea de poder anteponer mi mala cara a la petulancia de los ricos. De ser más consecuente no hubiera ido. El ateo debe saber no hacer, dejar de proclamar, una tarea infinitamente más difícil que irse lanza en ristre al calor de las convicciones; debe asumir el valor que hay en contenerse. El escritor Hector Abad Faciolince se definía como un ateo manso y me imagino que a algo como esto se refería. Pero el concepto de mansedumbre y el de tolerancia no describen lo que digo; qué mayor felicidad para el fanático, ¡ateos que se guardan su porción! Más bien lo describiría, con todas sus utopías e ingenuidades como un dejar pasar. Como con todo laissez faire, uno guarda la esperanza de resultados y autoregulaciones. Claro que con el triunfo de los dogmatismos en nuestro tiempo, habrá que levantarse cada vez más con voz clara y tendida simplemente para que los fanáticos no intenten adoctrinarnos contra nuestra voluntad, aunque a veces es poco lo que se puede hacer contra un cura con megáfono.

En mi experiencia personal, más que vivir sin Dios y la idea de la vida en el más allá, una de las mayores dificultades de ser ateo ha sido la de no influir incluso en lo que me conmueve profundamente bajo la convicción de que hay cosas que se deben dejar a su determinación, al tiempo que veo a otros abalanzarse sobre esa silla vacía. El peor campo de batalla en el cual se ha jugado esta contienda: la educación de mi hija. Hace casi cien años Bertrand Russell declaraba que uno de los grandes problemas del mundo es que la gente pensante está llena de dudas y los ignorantes de certezas, lo cual implica que el sabio a veces se abstendrá mientras que el atrevido no para de hacer. El creyente no sólo ve esta pasividad como un signo de debilidad, la aprovecha para conquistar lo que el ateo a sabiendas deja en libertad. Se ha vuelto frecuente que mi hija llegue a la casa con elaboradas mitologías en las que se reconoce el lenguaje de un pueblo de pastores del Medio Oriente de hace dos mil años, historias de vírgenes y niños que son Dios que no se le han enseñado en el hogar simplemente porque no son nuestras ni suyas. Las puede haber recogido en cualquier lado: ¡un taxi! No queda más que sentarse en silencio y escucharla. Lo más que puedo hacer por ella es procurar ponerla en el camino de desneurotizar la experiencia de vivir frenando el ímpetu de llenar cada espacio vacío con significados. Luchar obstinadamente contra las vírgenes y los santos es aportarle un fanatismo más por el cual no quisiera sustituir el anterior, como los absurdos intentos de rehabilitación de drogadictos que comienzan por convertirlos en adictos a Jesús. ¿Cómo ver en ello una verdadera reforma a la manera de pensar? En el peor de los casos es exponerla a la dogmática experiencia de los primeros cristianos, obligándola martíricamente a creer en silencio. Es tan fácil que los niños se apropien de esas historias religiosas; necesitan mucha contención porque están en un continuo proceso de definir sus límites. Las instituciones como la religión, la pertenencia a clubes, equipos deportivos, partidos contienen y definen; yo soy de tal o cual color electoral, yo llevo esta camiseta, soy judío o cristiano. Es un legado de nuestro pasado neolítico en el cual saber a qué grupo se pertenecía era fundamental para sobrevivir. Pero con esas membrecías siempre se corre el peligro de evitar definirse en torno a lo que verdaderamente se es y se posterga, a veces para siempre, el proceso de una búsqueda auténtica. Autocontenerse es increíblemente más difícil; me encanta la imagen volteriana de un reloj que se da cuerda a sí mismo. Implica saber qué hacer con uno mismo; se llega a ser ateo precisamente porque uno accede a ser uno mismo, a su cuerda.

Pero he caído en el viejo vicio de la filosofía. Tal vez una anécdota disipe esa tendencia a la teoría. Una de las experiencias más bizarras de este joven año, la que justamente me movió a escribir estas líneas, fue el haberme comido un perro caliente en una estación de gasolina con un transvestista amigo de mi esposa, que no hizo más que agradecerle una y otra vez a Dios el que le hubiera hecho dejar el alcohol. No suelo hablar del asunto a menos de ser interpelado, pero pensando ingenuamente que la radicalidad de la elección sexual de nuestro amigo hubiera expandido los horizontes de su aceptación por la diferencia, declaré con toda vehemencia que yo era un ateo que estaba saliendo del closet, lo cual le divirtió muchísimo. La empatía, sin embargo, sólo sirvió para canjearme su condescendencia. Puso su mano en mi antebrazo y me dijo ‘Ay, querido, yo ya pasé por eso. Renegué de Dios, adoré a Satán. Pero ahora estoy de regreso.‘ Dudo mucho que nuestro amigo y yo hayamos estado en el mismo sitio; su núcleo era la fe ciega, en Dios, en el Diablo, en el Feng Shui, en la ceremonia o el escándalo. A mí no se me hubiera ocurrido adorar al Diablo cuando me alejé de Dios simplemente porque no se me hubiera ocurrido adorar… y bueno, porque la pinta satánica no me va. La inscripción en una camiseta que vi por internet puso toda esta historia en perspectiva: ‘Ser ateo en nuestro tiempo: como ser gay en los ochenta’. Como último argumento en mi defensa ofrezco el más manido y rastrero de todos: yo ya lo era entes de que estuviera de moda.


Roberto palacio F.

2 comentarios:

  1. me encanta tu observación sobre el barroquismo y la neurosis significante, también pienso que vivimos en una sociedad que sufre de horror vacui y llena espacios de modo sistemático incluso.... pero vuelvo con mi punto puramente estético e inmanente, como artista considero que una experiencia espiritual fortalece la intuición, la imaginación. problablemente me sedujo la moda oriental pero encontre en técnicas -énfasis en técnicas- como la meditación una manera para potenciar mi energia creativa... y bueno, es mi modo de llevar una vida filosófica también, me seducen las imagenes y su poder pero las constricciones institucionales son otra cosa!
    un beso. g

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  2. Me gustó mucho la nota. Comparto tu pensamiento, yo también sufro con fanáticos que miran con horror cómo puedo ser capaz de tener hijos sin bautizar. "Pobrecitos ellos que no tienen la culpa de lo que hace la loca de su mamá". Según el momento, a veces me río de la solemnidad con que tratan de conquistarme para el rebaño, o termino enfrascada en inútiles discusiones. Si me permites voy a compartir tu artículo en facebook. Gracias.

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