El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

jueves, 14 de octubre de 2010


Colombianos à la Ingrid

No dibujaré en este escrito cada uno de los personajes que uno ve aparecer en un reality o en un parche o en un club colombiano. Abundan y van desde el avispado hasta imbécil, pasando por el noble y silencioso hasta el maniaco o el finquero paramilitar de voz grave y aguardientosa. Me limitaré a uno, que no tenemos claramente identificado como un grupo humano. Yo lo llamo La Doctora Ingrid y es tan específicamente nacional como los liberales de la tiendas, señalar cosas con la boca y robarle a los amigos.

La Doctora Ingrid es el colombiano, a veces de clase alta, -casi siempre se requiere el arribismo del estatus para configurar el coraje de una Doctora Ingrid- que se para en un derrumbe en la carretera a gritarle al policía de tránsito que le despejen la vía porque tiene afán. No importa que todos los damnificados lleven horas de espera paciente, que todos hayan entendido la supremacía de las circunstancias de eventos inevitables. Ella (usaré el femenino para ser más concordante con el nombre del grupo humano, aunque hay especímenes masculinos) tiene que llegar primero. Fue con esta mentalidad que nuestra Ingrid cruzó un cerco de seguridad que las autoridades desaconsejaban pasar. Pero uno siempre puede alzar la voz en esos casos; las Doctoras Ingrid no temen hablar duro en público, rasgo que equivocadamente incluso ellas toman por extroversión. Pero dado que son más hábiles para forjar propósitos que pensamientos y esto las hace sentirse más escrupulosas, en verdad están más cercanas al fanatismo que a la voluntad férrea. Porque el fanatismo es justamente esto; el afán de pasar de una meta ciega y obstinada a otra sin que medien pensamientos. Recordemos esa carta que Ingrid le dirigió a su hija desde el cautiverio en la cual la incitaba a terminar su doctorado por encima de lo que fuera. Solo imaginarlo es inconcebible; se está en medio de la selva, no se ha visto a los hijos por años y lo único que se atina a proferir es un sonso consejo sobre cómo escalar en círculos profesionales y sociales. La Doctora Ingrid siempre tiene plena conciencia de sus ejercicios de poder en los grupos a los cuales pertenece. Son cosas que ella ha ensayado, que anhela, que trabajó como propósitos de su carácter, que pedía en todos los cumpleaños mientras soplaba las velas con los ojos cerrados: Yo, la Primera. En la infancia, mientras otras niñas jugaban a cuidar a sus muñecas, ella ensayaba a dominar a sus muñecas. Ella, con el más egocéntrico de los deseos, siempre está fuera de sí misma.

Cuando una Doctora Ingrid logra salir del meollo, porque hay casos en los que consigue convencer a los demás que ella tiene más afán, no le importará dejar a otros en el hueco mientras sale airosa, sin culpa, creyendo y sabiendo que todo se lo merece por su origen, o por su inteligencia o porque sus hijos son más lindos y más requeridos que los de los demás y no conocen el aplazamiento de una sola necesidad. Piénsese en la actitud de Yolanda Pulecio ante el secuestro de su hija. ¿Alguna vez siquiera impulsó un camino de acción para otro secuestrado que no fuera su amada Ingrid si no creyera que también la beneficiaba? ¿Se involucró en algún momento en organizaciones, adoptó ideales tendientes a lograr una solución colectiva al secuestro más allá de las que hubieran podido beneficiar a su hija? Y de allí deriva un rasgo que hace a La Doctora Ingrid más deleznable que el avispado; teniendo un “noble origen”, es incapaz de concebir que las esferas de la acción tengan sentido para otros que no sean ella. Su egoísmo tiene dimensiones. Para parafrasear al Bufón del rey Lear, hay un método en su locura. A las Doctoras Ingid no les cabe la menor duda de que así debe ser, porque no les cabe la menor duda de que ellas han sido elegidas para mandar, como lo fue el pueblo de Dios.

Cuando por alguna circunstancia, a las Doctoras Ingrid les toca quedarse en el gallinero (la que conocemos lo tuvo que hacer por varios años), asumen el rol del rey de la rosca, el jefe de la fila, el dueño de la esquina. Aunque no conocen el lenguaje de la lucha por el semáforo, es tal su convicción de que la que manda lo debe hacer en todo lugar y circunstancia, que no demoran en encontrar otros que la obedezcan. Es una idea derivada de la fábula de que la verdadera princesa no puede dormir en un colchón que oculta una alverja debajo: la que es princesa es princesa, qué le hacemos… Pero en la vida real, la historia habla con otras palabras. El verdaderamente noble, que sabe callar y obedecer cuando las circunstancias lo ameritan, cuando su misma vida está en peligro, siempre saldrá perdiendo al lado de una Doctora Ingrid, porque frente a la algarabía quejumbrosa con apariencia de estructura, siempre resaltará su silencio y sumisión como un giro hacia la debilidad o la ignorancia o la capacidad o la estupidez. Una verdadera Doctora Ingrid no duda por un momento corromper, robar, desposeer, mentir, o simplemente maltratar a sus subordinados porque si estas cosas las realiza una buena persona, que sabe más que los demás y en nombre de los altos ideales en los cuales fue educada, no hay manera bajo el ancho cielo que sean malas. ¿Y si no se teme a la mala acción acaso hay que amilanarse ante la crítica? De ningún modo es algo que haya que tomar en serio. La Doctora Ingrid no le teme al veneno, porque todo lo que no la mate la fortalece. Y es este en efecto uno de sus baluartes; está tan embelesada con ella misma, tan llena de amor propio y es tan profundo su noviazgo con su propia persona, que todos los sonidos que hacen los demás, las críticas, las voces opositoras no son más que perros que ladran por un camino en el cual ella va a toda velocidad hacia ningún lugar. ‘Dejad que los perros ladren’ le decía Don Quijote a Sancho cabalgando hacia el encuentro con el destino.

La vindicación de la Doctora Ingrid viene siempre de ella misma. Parte de su formación egocéntrica y fanática pasa por ser hábil en la palabra, y saber usar las herramientas de la convicción. Sabe que la palabra logra sus objetivos. Si supiera brujería también la utilizaría, pero es una verdad estadística que más gente la sigue si los sabe convencer con voz suave y martírica. Por eso tardamos tanto tiempo en reconocer que alguien pertenece a este grupo humano, y por eso es tan difícil de definir como tal. Obsérvese el tono de nuestra doctora Ingrid luego de su intento de demanda multimillonaria al estado; casi el de un enfermo terminal que quiere hacer la paz con el cielo y con la tierra. Tan distinto al posterior a su liberación, en donde estuvo a muy pocas palabras de decir que no volvería a Colombia, que viviría indefinidamente en su patria, Francia. Y en verdad que no hay nada más colombiano que arrastrar la idea de que para uno Colombia es una opción. No hay personaje más colombiano que una Doctora Ingrid. No saben las fuerzas de la delincuencia el daño que la hacen a Colombia dándole motivos a un personaje como el mencionado para que despliegue con toda justificación y en pleno su papel amado de víctima. Al pueblo, por su parte, le cuesta trabajo entender que no es ninguna virtud personal el haber sido torturado.

No conozco a la doctora Ingrid de carne y hueso. No me la puedo imaginar de otro modo que como una Doctora Ingrid; han de ser mis prejuicios. Pero todos los síntomas los hemos visto en algún momento u otro de su historia melodramática y prepotente. He conocido, eso sí, muchas Doctoras Ingrid en mis años como profesor. Sé, con toda certeza que están más allá de lo que la educación puede hacer por una persona, porque nunca están abiertas a recibir nada que ellas no se formulen para sí mismas. Como con tantas otras cosas, toman lo que creen que las fortalece y el último eslabón lo darán en la cara de quien les ha enseñado, sin sentir el más mínimo remordimiento. Con educación, no todo se puede. Hay gente que se ha hecho inmune.

En los años que van desde que abandoné la docencia, o ella me abandonó a mí -no lo sé-, me ha venido atacando al terrible duda de cuántas Doctoras Ingrid no habré formado, a cuántas no le habré dado ideas, elementos, estructura desde las aulas de la Universidad de los Andes. Y para poder vivir conmigo mismo, ni siquiera me haré la misma pregunta con respecto a los Andrés Felipes Arias, lo peor de lo que Antonio Montaña llamara la fauna social colombiana.

Roberto Palacio F.
14/10/2010

2 comentarios:

  1. Falta agregar que toda Doctora Ingrid tiene su Clara Rojas.

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  2. Creo estimado Profe, que hasta entre las tres carabelas, tuvo que haber venido no muy bien escondida alguna de esas horripilantes Dras Ingrids y de lo que si estoy seguro es que nuestros abofígenes no cebaron esos monstruos.Lo preocupante es hasta cuando nuestra querida colombia va a soportar esta Fauna Social Colombiana de uribecocas, Ingrids, Andrésfelipearias, cuchillos,macacosy jerónimos?

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