El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

martes, 13 de enero de 2009

Hay quienes aun recuerdan este escrito...

LOS ARITOS DE DAYENKA
(Una investigación filosófica en torno al jardín infantil)

Por Roberto Palacio F.

El 2002 fue un excelente año para el directorio telefónico. Los clásicos de siempre tuvieron su figuración en lugares más o menos similares a los de años anteriores, dejando así incólumes hitos de renombrada hidalguía: Don Eccehomo Ajiaco sigue figurando en las primeras páginas (83 para ser exactos) al lado de toda una extensa dinastía de Ajiacos que cuenta con un Fideligno y un Eufrasio. Encabezando la misma columna está la asertiva doña Lilia Eslava de Ajá. Sería incorrecto pensar que dichas "curiosidades onomásticas" (por llamarlas de alguna manera) son excepcionales en la obra. Hacia la página 2.254 hacen su entrada triunfal nobles familias como los Tobasura, los Tocarruncho y los Tocanchón. Considérese por ejemplo la gallarda estirpe de don Clodocindo Tocarruncho Piratova. El escudo de armas de la familia debe ser al menos una curiosidad para coleccionista. Lo más increíble es que en la familia del renombrado hay quien ha decidido hacerse pasar por italiano y así tenemos a don B. Tocarrunchi. Que él y los suyos me perdonen, pero me resisto a creer que los Tocarrunchi hayan emigrado de los serenos paisajes italianos para establecerse en el barrio San Jacinto de Bogotá, ni siquiera bajo la persecución fascista.

Pero quizá más difícil de digerir que los anteriores son los nombres que la imaginación de las psicopedagogas les han dado a sus jardines infantiles. Las verdaderas gemas en bruto del directorio se encuentran, entre otros, en los nombres de las clínicas veterinarias, las peluquerías y éstos, los centros de enseñanza en los que los pequeños colombianos enfrentan el proceso educativo por primera vez. Como si no bastaran las contusiones propias de la primera edad: la lonchera con un banano a medio negrearse, las primeras miradas inquisitivas del sexo opuesto, el alpinito caliente, etc... estas agobiadas criaturitas también deben enfrentar el trauma de recibir sus primeras letras en instituciones que llevan nombres como Jardín infantil cerito, Payasito bilingüe o en el peor de los casos Las Chiquibabies. Considérense, por ejemplo, los siguientes nombres que conllevan una clara carga psicosexual. Antes de mencionarlos, debo advertir al lector que no me he inventado uno solo de ellos y que todos se encuentran en la pag. 1.146 del directorio telefónico de 2002, para cualquier escéptico sano que quiera verificar su existencia. Considérense entonces, por ejemplo, el Jardín Infantil Los aritos de Dayenka. No quiero ni pensar qué serán los aritos de Dayenka. Peor aún puede ser el referente del Jardín Infantil Las chiquibabies o Manecitas rosaditas. Pero la lista no se detiene acá, y así tenemos el Jardín Infantil Pequeñas cabecitas, El pequeño Jairo, Las ovejitas del rey, Pompines, Mis deditos creativos, Picarines, Pitín, Tierno amor, Párvulos, Materno escándalo, Mi dulce encuentro, Olas de alegría, Travesuras de Daniela, Cuidados y caricias, etc....

En estos diecisiete nombres está la materia prima para escribir un libreto de película porno. Uno podría imaginar por ejemplo al Pequeño Jairo visitando a las Chiquibabies con un fajo de billetes, de monopolio, claro está, con el fin de disfrutar de un Dulce encuentro y, por qué no, de un poco de Tierno amor. Luego de varias horas de Cuidados y caricias, nuestro Picarín hace uso de sus Deditos creativos y al fin les muestra a las expectantes su Párvulo Pitín; desde entonces todas las Chiquibabies se fueron convirtiendo en las Ovejitas del rey. Dayenka, sin embargo, más entusiasmada con el despliegue que las otras ovejitas, le permite al pequeño Jairo acariciarle los aritos y ambos comienzan a ser atravesados por sucesivas y crecientes Olas de alegría (especialmente Dayenka). En medio de semejante Escándalo, es inevitable que las Manecitas se les pongan Rosaditas a causa del excesivo frotamiento mutuo de los Pompines, así que ambos deciden ponerse los uniformes e irse a cine en el Mogador a ver una película precedida de tres de esas letras que tanto le gustaban a un tal Malcolm y que los lógicos llaman variable: xxx Las Travesuras de Daniela. Lo juro, juro que ésta es la historia más inocente que se me ocurre con estos diecisiete nombres. Intente el lector, si se considera hábil en la construcción de libretos, armar una versión más sutil, menos obstinada y gráfica con los mismos diecisiete sustantivos y comprobará que, en el mejor de los casos, termina con una versión infantil del Imperio de los sentidos. Oscar Wilde afirmó en alguna ocasión, al ser interrogado durante el segundo de los juicios que la justicia británica le adelantara por homosexualidad, que no existían pensamientos inmorales, sólo emociones inmorales. Es claro que estos nombres de jardines infantiles fueron puestos con más emoción que pensamiento -una emoción inmoral, por qué no decirlo-; esa emoción que se produce en ciertas personas ante la presencia de niños pequeños. La occitocina y otras sustancias similares inducen al cálido deseo de morder, de insultar y amenazar con actos antropofágicos, de hablar una cierta jerga a media lengua, de cachetear hasta dejar la pielecilla roja, en poco, de darle rienda suelta al menosprecio condescendiente. El nombre de estos jardines no está hecho para el niño; a él no le gusta ni le importa ni lo entiende, como no entiende ni le importa ni le gusta la jerga en la que se le habla habitualmente. Es como la comida para gatos; está hecha a la medida del paladar del dueño del gato y no tanto del paladar del gato mismo, y esto por la sencilla razón de que es el dueño el que compra la lata de Whiskas y no el gato. Sólo en la imaginación del dueño del gato es el Whiskas un manjar para el gato, así como sólo en la imaginación de la psicopedagoga es el nombre Jardín infantil cerito un nombre agradable para un niño.Creo que uno podría denominar este extraño fenómeno que hemos descrito como el síndrome de la enanización: todo lo del enano debe ser pequeño para que sea de su agrado; ahí están los zapaticos del enano que se fue manejando su carrito con su sombrerito puesto, cosas que nos agradan más a nosotros que al enano, por supuesto. Lo queremos imaginar inmerso en un pequeño mundo de hongos y setas, mesitas de madera rústicas con un taller de herramientas de transfondo. Él, por su parte, nada sabe de setas ni de martillitos y querrá más que nada conducir un enorme automóvil, usar zapatos talla 48 y cambiar el gorrito puntudo por una cadena de oro macizo. Esto lo sabe cualquier admirador de la vida y obra de Nelson Ned. El célebre Dr. Johnson lo dijo magistralmente cuando al señalar un error lógico, parodia en un comentario: "Quien arrea bueyes gordos debe, a su vez, ser gordo".Y algunos de los nombres de los jardines infantiles sí que están hechos con el propósito de estultificar y degradar, de crear ese pequeño mundo, de "enanizar". Considérense, por ejemplo, el Jardín Infantil Payasito bilingüe, Mis pequeñas grandezas, El batallón de los pilitos, Mis temibles chiquitos, Gomelitos, Alegres cariñositos, Popochos, Mis pequeños monigotes, País de cuenticos, Caminito de ilusiones y la lista continúa...

Pues claro que la primera de mis Pequeñas grandezas es ser un Payasito bilingüe. ¿Cómo iba a ser de otra forma? En este País de cuenticos hay algunos a quienes no nos queda más que ser un Payasito bilingüe porque ser Gomelitos definitivamente no nos va. La opción más viable entonces es unirse a una horda primitiva como la de los Temibles chiquitos o al Batallón de los pilitos y, si nos va bien, quizá podemos terminar creando una organización que ponga en jaque al gobierno, lo cual es, claro está, el sueño de cualquier colombiano. Una vez desprovistos de cualquier forma útil de maldad, con los sueños y las esperanzas rotas y con el Caminito de ilusiones ya perdido, como diría Dante refiriéndose a la senda derecha en la mitad del camino de la vida, apacibles retornaremos a ser unos Popochos y Alegres cariñositos -la imagen idílica del guerrillero jubilado que nos es tan familiar. ¿Qué es esto si no la terrible verdad? Y valga aclarar que está presagiada desde el jardín infantil. Algunos parecen estar conscientes del terrible destino que vaticinan y prefieren bautizar sus instituciones con nombres como Jardín infantil Harvard, Pequeños investigadores, Genios del siglo xxi, etc..., pero esto no hace más que magnificar el efecto mencionado.

Quizá la cara más nefasta de la enanización tiene que ver con ignorar completamente lo que sucede en la cabeza de los niños. Muchos imaginan que los niños viven una especie de perpetua fantasía psicotrópica en la cual los animales brincan, cantan y vuelan, los colores proliferan y se multiplican misteriosamente y en la cual se bebe constantemente de los manantiales más puros de la felicidad. Ignoran completamente que los niños comparten muchos de los pensamientos de los adultos y que por esto se anticipan a la experiencia del mar con un barco de madera o vuelcan su afecto maternal sobre un pedazo de plástico articulado, sólo que lo hacen a manera de ensayo, de una reproducción mimética. Pero si se es obstinado y se insiste en seguir creyendo en la fantasía psicotrópica, puede uno ingresar a su hijo al Jardín Infantil Colorines de Bolivia (sí, ¡Colorines de Bolivia!) por ejemplo. Debo confesar que el concepto de los colorines de Bolivia me llena de preguntas: ¿de dónde vendrán los colorines en Bolivia?, ¿tendrán algo que ver con cultivos ampliamente extendidos en ese afortunado país que no conoce costa?, ¿los niños aprenderán a hablar en boliviano? Si las sospechas proliferan, siempre es posible ingresar al infante al Jardín Gotitas de alegría, en el cual sin duda el láudano debe correr a raudales durante el recreo y se aprenden las primeras letras con Thomas de Quincey o al Jardín Infantil El mundo de Dodi, que tiene casino propio, yate y un pequeño Mercedes que se puede estrellar contra una columna de icopor en una imitación de París hecha por Fisher Price. Si se teme a este tipo de experiencias, se puede ingresar al niño al Jardín infantil Periquito; quizá se descubra al cabo de un tiempo que el niño se vuelve especialmente difícil de dormir en las noches pero todo aprendiz debe sufrir a causa de su arte. De esta misma escuela pedagógica es el Jardín Infantil El bosque del gatito saltarín, sin duda alguna. El Jardín Infantil Burbujas de sabiduría nos habla más de una experiencia de los sesentas y no hay duda de que el mismo Hoffman hubiera ingresado a sus hijos a dicha institución si se le hubiese dado la oportunidad. Por último, si ninguna de estas instituciones nos convencen, siempre es posible reservar cupo en un lugar que definitivamente sí tiene el nombre de una droga, de manera explícita y sin más: Jardín infantil maní crea Didieponal. Vaya uno a saber a qué se refiere 'maní crea', en todo caso es difícil pensar que el Didieponal no es una suerte de barbitúrico.

Fue Robert Louis Stevenson quien mejor supo reconocer la enorme ignorancia que nos rodea respecto al mundo de los niños y la forma en que proyectamos nuestros propios deseos sobre ellos al final de un hermoso ensayo sobre los juegos de infancia: "Sería fácil dejarlos en su nublado país natal, donde lucen tan hermosos como las flores e inocentes como los perros. Pero pronto saldrán de su jardín, rumbo a la oficina o a los juzgados". Vale la pena recordarlo.

1 comentario:

  1. Creo que no he tenido hijos debido a ese escrito: es sencillamente traumatizante.

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