El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

martes, 13 de enero de 2009

Este es mi primer escrito, descubro con terror que ya tiene diez años. Pero las Lladró no han dejado de ser repugnantes...


LLADRÓ



Tuve la desgracia de crecer rodeado de esas figuras oblongas que todos conocemos y que se llaman porcelanas de Lladró. Recuerdo que mi madre las atesoraba como una especie de trofeos de las batallas entre las amas de casa por el status quo, trofeos que evidentemente iban a dar a las únicas pequeñas panoplias de guerra que tienen las casa de familia -la sala. Constituían un símbolo de poder durante las visitas de las tías, de los vecinos, de los familiares ricos (que ya tenían ese modelo) y de los familiares pobres (que aún no lo tenían). No puedo olvidar esas visitas interminables, en la casa propia o en la de otros (todo el mundo tenía Lladró en los años 70), durante las cuales miraba horas enteras esas caras, todas similares, acumulando polvo mezclado con esa especie de suciedad que sueltan las manos y que no cae sino con agua y jabón. En realidad siempre las odié. Nunca comprendí por qué le causaban tanta sensación a mi madre. Yo las consideraba como simples recolectores de polvo. Recuerdo viajes interminables durante los cuales no se me permitía sentarme encima de la maleta en los aeropuertos porque adentro venía una señorita con unos cisnes o un médico gigante con gafas de John Lenon envuelto en una cantidad de cobijas para que no se le rompieran los detalles. Me imaginaba al desgraciado médico sonriendo (lo cual no era su pose natural), calientico, metido en la maleta muy cómodo mientras que yo tenía que hacer guardia de pie.



Los detalles. La mayoría de las Lladró tienen la portentosa propiedad de tener la misma cara, así sea un leñador o una doncella. La cara alargada y brillante con ojos ligeramente achinados y hacia arriba seguramente indicando algún triunfo remoto de los europeos que le robaron a los chinos el secreto de la porcelana. Dicen los expertos que los modelos originales son esculpidos por gente que sabe de arte y que enseña en alguna universidad española (la de Valencia si no estoy mal). ¿Cómo adiestraron a todos estos sabios del arte para que esculpieran la misma cara en todos los modelos? Quizá todos vienen de una escuela en la cual el hombre es concebido como un ser genérico. Un leñador es en esencia lo mismo que un médico o una doncella con cisnes. Sólo somos distintos en algunos detalles mínimos: todos somos uno -E Pluribus Unum-. Quizá el problema sea simplemente que tienen un solo molde para las cabezas y esa cabeza se la pegan a cualquier cuerpo. No sé. En todo caso, el gesto de la cara es insoportable. No es de alegría pero tampoco es de melancolía. No es de placer extático pero tampoco de dolor. No es un gesto sublime pero tampoco es totalmente terrenal. Creo que la única apelación justa que le cabe al gesto de las Lladró es 'antipatía'. Antipatía con el dueño, con la señora de la visita, con cualquiera. La mejor prueba de mi argumento de la antipatía la constituye una propiedad que escapa a la mayoría de quienes conocen estas figuras: a diferencia de algunos retratos famosos que parecen seguirlo a uno con la mirada, las Lladró siempre parecen eludir la mirada. Nunca lo siguen a uno con los ojos. O quizá sí lo hagan pero sólo cuando uno no las está mirando. ¿Por qué esta propiedad de las Lladró? ?Por qué el fabricante parece haberse esmerado en algo tan odioso? Porque las porcelanas, todas ellas, están fingiendo una actividad. La señorita de los cisnes finge estar disfrutando de un día de campo y de un río inexistente al cual ya va a llegar para cumplir con el deber sagrado de llevar a esos pobres cisnes al agua, el leñador finge estar cansado, el tramposo de las cartas finge estar haciendo trampa y el médico finge estar en consulta (¿cómo se puede fingir estar en consulta si los médicos siempre lo fingen y como tal esta es su actitud normal? Confróntese al médico de las gafas de John Lenon y se tendrá la respuesta). En todo caso fingen actividades nobles, pero en realidad el fondo del gesto es algo impersonal, frío, casi un estigma de una pose internacional. Motivos sacados de una obra romántica genérica, ideal, que no se ha escrito y que sería la obra romántica per se. Algo similar a lo que hacen los niños en los colegios cuando representan en el Ballet el Lago de los cisnes. No hacen su gesto (s) de una manera propia, auténtica, sólo esperan que termine la obra para que alguien les diga ¡Qué Belleza! ¡Qué Perfección!. El gesto está concebido siempre hacia afuera, a pesar de la pantomima de individualidad. Lo mismo con las Lladró. Están ahí a la espera de que alguien venga y alabe el gesto (¡ojalá no las toque!) ¡Qué perfección en esos deditos! ¡Y mírale la cara, qué cara! ¡Mira al monje místico, está rezando! etc... Si las figuritas de Lladró pudieran mirar, mirarían de reojo inadvertidamente para ver qué tan sincero es el panegírico que les están componiendo.



Los deditos. Casi se me olvida ese detalle que tanto da para hablar. El gesto de los deditos de Lladró, al igual que el de la cara, es siempre el mismo. El pulgar está volando mientras que el dedo índice y el meñique están levantados. Los dos dedos restantes están muy pegados y siempre hacia abajo. Se trata de un gesto que finge -de nuevo- una delicadeza casi sensual, un movimiento inexistente el cual si tuviera música indudablemente estaríamos hablando de las campanitas del Ballet El Cascanueces. Claro, figuras como el leñador y el médico no pueden tener esos deditos, a costa de haber quedado como unas figuras andróginas. Imagínese por ejemplo al leñador cortando leña con los deditos meñique e índice en el aire, o al médico desvistiendo a sus pacientes sólo con los dos dedos de en medio. Hubiera sido muy atrevido. Sin embargo, a pesar del esfuerzo del fabricante los motivos sufren de un afeminamiento general -quizá esto sea el resultado de ese carácter genérico que señalábamos más arriba. Para subsanar el problema, Lladró imaginó al médico y al leñador en estados de inactividad; el médico está esperando a que su paciente se desvista, el leñador está tomando un descanso. Pero es seguro que al volver a sus oficios todos tendrán la mano en forma de mariposa. El afeminamiento es el precio de la uniformidad y no sólo en las cerámicas de Lladró.



Quizá por esto siempre he pensado que estas pequeñas piezas de colección popular sólo se verían bien en un palacete del siglo XVIII o en una especie de Versalles entre los cortesanos -también ellos afeminados. Muchos de los felices propietarios de una Lladró están concientes de esta desgracia del estilo y de la fortuna y antes de sacar las cerámicas para reemplazarlas por una decoración más humilde de acuerdo con los parámetros de su propia casa, deciden volver su casa un pequeño Versalles, claro, también él un Versalles apócrifo. Entre los muebles Luis XV, las lámparas neo- cubistas, un poco Bauhaus compradas en un almacén de cadena y el tapete persa sale a relucir de una manera verdaderamente tocante el grandioso estilo Lladró. Que el mal gusto, la insinceridad y el eclecticismo, al igual que una enfermedad eruptiva, son especialmente contagiosas en sus etapas iniciales.



Quizá el único momento verdaderamente feliz en la vida de una cerámica Lladró sea el momento de su muerte. Esta instantánea liberación del gesto apócrifo puede ser visto nada menos que como un descanso merecido para la pieza en la agonía eterna de una pose. Los niños con sus juegos son quienes por lo general se encargan de cumplir con esta sentencia que pende sobre todo objeto rompible. Debo confesar que en mi infancia liberé a varias de estas figuras de su detestable contorsión. Sólo siento verdadera lástima por aquellas que sobrevivieron la prueba y para las cuales bastaron la macilla y el pegante super-adhesivo para volver a su estado inicial. Por las demás, ahora que los regaños han quedado en el pasado de una infancia remota, no puedo más que sentir alivio.


ROBERTO PALACIO F.
28 de junio de 1999

El éxito de las malas ironías...'Sin pene no hay Gloria'

El origen de la amada Mondá, por increíble que pueda sonar...
(Tomado del libro del autor 'Sin pene no hay Gloria', quien amablemente nos ha cedido este pasaje)

Otro afrancesado señorito acaba de llegar de París, con su esposa, criados y sobrina. Hace un calor infernar en el puerto de Cartagena. El bergantín goleta que los trajo ya ha atracado en muelle seguro y está esperando a ser descargado. El señorito, y las dos mujeres, se han bajado. Las edades de las mujeres no son muy disímiles, rondan entre los dieciocho y los veintiún años. El calor realmente es insoportable. Él se ha parado en el borde del agua, impaciente y expectante a ver si el encargado de los esclavos para la descarga ya está enterado de su arribo y si está en la tarea de movilizar a su cohorte de negros. Agita ocasionalmente un pañuelo blanco, como queriendo hacer que el aire circule, el mismo con el cual se seca la frente y en ciertos momentos, en que llegan aires nauseabundos, se tapa la boca. Mira en todas las direcciones. Las mujeres, aburridas, se han quedado en la escalerilla que da acceso a la nave. Agitan sus abanicos de delicadas tallas de madera, a la espera de nada. Al fin, luego de un aguardo exasperante, llegan los negros cargueros. El señorito y el negrero discuten, pero al fin ultiman los detalles del servicio. Como es costumbre en la ciudad de Indias, los cargadores van completamente desnudos. Al subir por la escalera, las mujeres no los notan, como suele pasar con la servidumbre, pero al bajar cargados, con enormes baúles llenos de los más delicados y pesados objetos, es imposible ignorarlos. Llevan la carga en lo alto, sobre la cabeza, dejando los enormes penes negros expuesto, evidentes en toda su exhuberancia y brutalidad, como si la misma serpiente del paraíso se hubiera asomado entre el follaje. Ante la criatura, las dos mujeres se muestran estupefactas. Se han dejado de abanicar aunque aún se tapan la boca abierta con el delicado país de tela extendido. Casi al unísono exclaman “Mon Dieu”, —“Dios mío”—, y por primera vez en muchos días, sueltan dos inocentes y pícaras risitas. El carguero se detiene por un momento. Oye la palabra, la memoriza pero no la entiende. El señorito, que no sabe bien qué está pasando, arquea una ceja y mira a las mujeres, quienes fingen estar absortas en sus propios asuntos. También él nota la serpiente, pero se limita a taparse la boca, como con las demás inmundicias. Ellas, por su parte, nunca han visto un espécimen de esas proporciones; las “vergas” de París, aunque más refinadas, empolvadas y observadoras de intrincados códigos sociales y genuflexiones no alcanzan a provocar la admiración aspirada. Cada vez que pasa el mismo hombre, cuyo nombre no conocen ni conocerán, exclaman pertérritas, “Mon Dieu”, “Mon Dieu”, ¡“Mon Dieu”! Horas después, en algún oscuro palenque de la ciudad, lejos de las francesas, del señorito, de los muelles, el carguero se dispone para la noche. Antes de echarse en la hamaca junto a la negra, recuerda la extraña expresión de las damas, pero por algún motivo no es capaz de repetirla. Lo intenta, hasta que al fin, mirándose en la entrepierna, como el Coronel, se siente puro, explícito, invencible, en el momento de pronunciar por primera vez el neologismo: “mondá”. La negra, en silencio sonríe y repite, como diciendo un nombre propio, “Mondá”.

Hay quienes aun recuerdan este escrito...

LOS ARITOS DE DAYENKA
(Una investigación filosófica en torno al jardín infantil)

Por Roberto Palacio F.

El 2002 fue un excelente año para el directorio telefónico. Los clásicos de siempre tuvieron su figuración en lugares más o menos similares a los de años anteriores, dejando así incólumes hitos de renombrada hidalguía: Don Eccehomo Ajiaco sigue figurando en las primeras páginas (83 para ser exactos) al lado de toda una extensa dinastía de Ajiacos que cuenta con un Fideligno y un Eufrasio. Encabezando la misma columna está la asertiva doña Lilia Eslava de Ajá. Sería incorrecto pensar que dichas "curiosidades onomásticas" (por llamarlas de alguna manera) son excepcionales en la obra. Hacia la página 2.254 hacen su entrada triunfal nobles familias como los Tobasura, los Tocarruncho y los Tocanchón. Considérese por ejemplo la gallarda estirpe de don Clodocindo Tocarruncho Piratova. El escudo de armas de la familia debe ser al menos una curiosidad para coleccionista. Lo más increíble es que en la familia del renombrado hay quien ha decidido hacerse pasar por italiano y así tenemos a don B. Tocarrunchi. Que él y los suyos me perdonen, pero me resisto a creer que los Tocarrunchi hayan emigrado de los serenos paisajes italianos para establecerse en el barrio San Jacinto de Bogotá, ni siquiera bajo la persecución fascista.

Pero quizá más difícil de digerir que los anteriores son los nombres que la imaginación de las psicopedagogas les han dado a sus jardines infantiles. Las verdaderas gemas en bruto del directorio se encuentran, entre otros, en los nombres de las clínicas veterinarias, las peluquerías y éstos, los centros de enseñanza en los que los pequeños colombianos enfrentan el proceso educativo por primera vez. Como si no bastaran las contusiones propias de la primera edad: la lonchera con un banano a medio negrearse, las primeras miradas inquisitivas del sexo opuesto, el alpinito caliente, etc... estas agobiadas criaturitas también deben enfrentar el trauma de recibir sus primeras letras en instituciones que llevan nombres como Jardín infantil cerito, Payasito bilingüe o en el peor de los casos Las Chiquibabies. Considérense, por ejemplo, los siguientes nombres que conllevan una clara carga psicosexual. Antes de mencionarlos, debo advertir al lector que no me he inventado uno solo de ellos y que todos se encuentran en la pag. 1.146 del directorio telefónico de 2002, para cualquier escéptico sano que quiera verificar su existencia. Considérense entonces, por ejemplo, el Jardín Infantil Los aritos de Dayenka. No quiero ni pensar qué serán los aritos de Dayenka. Peor aún puede ser el referente del Jardín Infantil Las chiquibabies o Manecitas rosaditas. Pero la lista no se detiene acá, y así tenemos el Jardín Infantil Pequeñas cabecitas, El pequeño Jairo, Las ovejitas del rey, Pompines, Mis deditos creativos, Picarines, Pitín, Tierno amor, Párvulos, Materno escándalo, Mi dulce encuentro, Olas de alegría, Travesuras de Daniela, Cuidados y caricias, etc....

En estos diecisiete nombres está la materia prima para escribir un libreto de película porno. Uno podría imaginar por ejemplo al Pequeño Jairo visitando a las Chiquibabies con un fajo de billetes, de monopolio, claro está, con el fin de disfrutar de un Dulce encuentro y, por qué no, de un poco de Tierno amor. Luego de varias horas de Cuidados y caricias, nuestro Picarín hace uso de sus Deditos creativos y al fin les muestra a las expectantes su Párvulo Pitín; desde entonces todas las Chiquibabies se fueron convirtiendo en las Ovejitas del rey. Dayenka, sin embargo, más entusiasmada con el despliegue que las otras ovejitas, le permite al pequeño Jairo acariciarle los aritos y ambos comienzan a ser atravesados por sucesivas y crecientes Olas de alegría (especialmente Dayenka). En medio de semejante Escándalo, es inevitable que las Manecitas se les pongan Rosaditas a causa del excesivo frotamiento mutuo de los Pompines, así que ambos deciden ponerse los uniformes e irse a cine en el Mogador a ver una película precedida de tres de esas letras que tanto le gustaban a un tal Malcolm y que los lógicos llaman variable: xxx Las Travesuras de Daniela. Lo juro, juro que ésta es la historia más inocente que se me ocurre con estos diecisiete nombres. Intente el lector, si se considera hábil en la construcción de libretos, armar una versión más sutil, menos obstinada y gráfica con los mismos diecisiete sustantivos y comprobará que, en el mejor de los casos, termina con una versión infantil del Imperio de los sentidos. Oscar Wilde afirmó en alguna ocasión, al ser interrogado durante el segundo de los juicios que la justicia británica le adelantara por homosexualidad, que no existían pensamientos inmorales, sólo emociones inmorales. Es claro que estos nombres de jardines infantiles fueron puestos con más emoción que pensamiento -una emoción inmoral, por qué no decirlo-; esa emoción que se produce en ciertas personas ante la presencia de niños pequeños. La occitocina y otras sustancias similares inducen al cálido deseo de morder, de insultar y amenazar con actos antropofágicos, de hablar una cierta jerga a media lengua, de cachetear hasta dejar la pielecilla roja, en poco, de darle rienda suelta al menosprecio condescendiente. El nombre de estos jardines no está hecho para el niño; a él no le gusta ni le importa ni lo entiende, como no entiende ni le importa ni le gusta la jerga en la que se le habla habitualmente. Es como la comida para gatos; está hecha a la medida del paladar del dueño del gato y no tanto del paladar del gato mismo, y esto por la sencilla razón de que es el dueño el que compra la lata de Whiskas y no el gato. Sólo en la imaginación del dueño del gato es el Whiskas un manjar para el gato, así como sólo en la imaginación de la psicopedagoga es el nombre Jardín infantil cerito un nombre agradable para un niño.Creo que uno podría denominar este extraño fenómeno que hemos descrito como el síndrome de la enanización: todo lo del enano debe ser pequeño para que sea de su agrado; ahí están los zapaticos del enano que se fue manejando su carrito con su sombrerito puesto, cosas que nos agradan más a nosotros que al enano, por supuesto. Lo queremos imaginar inmerso en un pequeño mundo de hongos y setas, mesitas de madera rústicas con un taller de herramientas de transfondo. Él, por su parte, nada sabe de setas ni de martillitos y querrá más que nada conducir un enorme automóvil, usar zapatos talla 48 y cambiar el gorrito puntudo por una cadena de oro macizo. Esto lo sabe cualquier admirador de la vida y obra de Nelson Ned. El célebre Dr. Johnson lo dijo magistralmente cuando al señalar un error lógico, parodia en un comentario: "Quien arrea bueyes gordos debe, a su vez, ser gordo".Y algunos de los nombres de los jardines infantiles sí que están hechos con el propósito de estultificar y degradar, de crear ese pequeño mundo, de "enanizar". Considérense, por ejemplo, el Jardín Infantil Payasito bilingüe, Mis pequeñas grandezas, El batallón de los pilitos, Mis temibles chiquitos, Gomelitos, Alegres cariñositos, Popochos, Mis pequeños monigotes, País de cuenticos, Caminito de ilusiones y la lista continúa...

Pues claro que la primera de mis Pequeñas grandezas es ser un Payasito bilingüe. ¿Cómo iba a ser de otra forma? En este País de cuenticos hay algunos a quienes no nos queda más que ser un Payasito bilingüe porque ser Gomelitos definitivamente no nos va. La opción más viable entonces es unirse a una horda primitiva como la de los Temibles chiquitos o al Batallón de los pilitos y, si nos va bien, quizá podemos terminar creando una organización que ponga en jaque al gobierno, lo cual es, claro está, el sueño de cualquier colombiano. Una vez desprovistos de cualquier forma útil de maldad, con los sueños y las esperanzas rotas y con el Caminito de ilusiones ya perdido, como diría Dante refiriéndose a la senda derecha en la mitad del camino de la vida, apacibles retornaremos a ser unos Popochos y Alegres cariñositos -la imagen idílica del guerrillero jubilado que nos es tan familiar. ¿Qué es esto si no la terrible verdad? Y valga aclarar que está presagiada desde el jardín infantil. Algunos parecen estar conscientes del terrible destino que vaticinan y prefieren bautizar sus instituciones con nombres como Jardín infantil Harvard, Pequeños investigadores, Genios del siglo xxi, etc..., pero esto no hace más que magnificar el efecto mencionado.

Quizá la cara más nefasta de la enanización tiene que ver con ignorar completamente lo que sucede en la cabeza de los niños. Muchos imaginan que los niños viven una especie de perpetua fantasía psicotrópica en la cual los animales brincan, cantan y vuelan, los colores proliferan y se multiplican misteriosamente y en la cual se bebe constantemente de los manantiales más puros de la felicidad. Ignoran completamente que los niños comparten muchos de los pensamientos de los adultos y que por esto se anticipan a la experiencia del mar con un barco de madera o vuelcan su afecto maternal sobre un pedazo de plástico articulado, sólo que lo hacen a manera de ensayo, de una reproducción mimética. Pero si se es obstinado y se insiste en seguir creyendo en la fantasía psicotrópica, puede uno ingresar a su hijo al Jardín Infantil Colorines de Bolivia (sí, ¡Colorines de Bolivia!) por ejemplo. Debo confesar que el concepto de los colorines de Bolivia me llena de preguntas: ¿de dónde vendrán los colorines en Bolivia?, ¿tendrán algo que ver con cultivos ampliamente extendidos en ese afortunado país que no conoce costa?, ¿los niños aprenderán a hablar en boliviano? Si las sospechas proliferan, siempre es posible ingresar al infante al Jardín Gotitas de alegría, en el cual sin duda el láudano debe correr a raudales durante el recreo y se aprenden las primeras letras con Thomas de Quincey o al Jardín Infantil El mundo de Dodi, que tiene casino propio, yate y un pequeño Mercedes que se puede estrellar contra una columna de icopor en una imitación de París hecha por Fisher Price. Si se teme a este tipo de experiencias, se puede ingresar al niño al Jardín infantil Periquito; quizá se descubra al cabo de un tiempo que el niño se vuelve especialmente difícil de dormir en las noches pero todo aprendiz debe sufrir a causa de su arte. De esta misma escuela pedagógica es el Jardín Infantil El bosque del gatito saltarín, sin duda alguna. El Jardín Infantil Burbujas de sabiduría nos habla más de una experiencia de los sesentas y no hay duda de que el mismo Hoffman hubiera ingresado a sus hijos a dicha institución si se le hubiese dado la oportunidad. Por último, si ninguna de estas instituciones nos convencen, siempre es posible reservar cupo en un lugar que definitivamente sí tiene el nombre de una droga, de manera explícita y sin más: Jardín infantil maní crea Didieponal. Vaya uno a saber a qué se refiere 'maní crea', en todo caso es difícil pensar que el Didieponal no es una suerte de barbitúrico.

Fue Robert Louis Stevenson quien mejor supo reconocer la enorme ignorancia que nos rodea respecto al mundo de los niños y la forma en que proyectamos nuestros propios deseos sobre ellos al final de un hermoso ensayo sobre los juegos de infancia: "Sería fácil dejarlos en su nublado país natal, donde lucen tan hermosos como las flores e inocentes como los perros. Pero pronto saldrán de su jardín, rumbo a la oficina o a los juzgados". Vale la pena recordarlo.