El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 22 de julio de 2016

El Caballo de Camila

Debido a la persistencia de diversos tipos de sonidos, similares al golpear de dos medios cocos huecos, provenientes del piso inferior de mi apartamento, he llegado a la conclusión de que mi vecina Camila tiene un pequeño caballo que anda suelto detrás de ella. Por la intensidad y brillo de sus pisadas, infiero que ha de ser del tamaño de un perro mediano, de cascos de unas dos pulgadas a lo más, una extrañeza veterinaria admirada y deseada por los zoológicos.
Constantemente, la acompaña de un lugar a otro…a veces afanoso y preciso; en otros momentos bucólico cuando en la tarde el Sol se presta para uno o dos sorbos de vino. En las noches lo he escuchado dar vueltas ebrias en torno a un punto, círculos desvencijados luego de los que debe votar una pata al lado para no caer, lo cual me llega como un estruendo que interrumpe los ciclos y me hace regar el café. No hay duda de que ello es distinto al paso resuelto, casi militar con el que toma la rienda de la situación y acompaña a Camila a regar sus flores, quedándose quieto en silenciosa expectativa. Tampoco se equipara con la marcha de desfile de los días de aseo, ni con las correrías que se siguen de los toques en la puerta, iracundos de curiosidad, ansiosos así sólo sea para repetir los números del contador de la luz. Es una criatura curiosa, este caballo. No creo que sus crines den para hacer trenzas, que sea capaz de comer una zanahoria o una manzana más que a pedazos…y ni soñaría con que el hombre haya montado alguna vez a alguno de su especie. No se le oye rebuznar y sin duda su cola ha de ser muy pequeña para espantar a una mosca respetable. Pero su fisionomía, así lo quiero creer, es la del equino; su boca en ese absurdo gesto del caballo común, parece indentada en la cara y tiene algo de humana, como todo caballo respetable. Su olor debe ser el del cuero y la silla, y como cualquier caballo heroico es capaz de perderse en un atardecer si tan sólo lo deseara.
Cada 28 días, Camila exhausta o adolorida por las faenas cíclicas de su cuerpo se acuesta en silencio. La escucho cuando los goznes de las puertas resuellan suaves y cansados al final de la tarde, o adoloridos y rápidos en búsqueda de un analgésico en las mañanas grises. El pequeño equino alojado sobre sus patas traseras la acompaña y ve sus programas del tedio sin comprender imágenes coloridas de la pantalla. Así Camila se haya quedado dormida, apoyado sobre sus cuartos traseros, los cascos en recta disposición hacia adelante, sigue siendo fiel al programa obliterado, dando una ocasional mirada a su ama.

En días de tedio, cuando Camila está activa, mueven enormes montículos de piedra caliza o ladrillos contra los que el caballo debe enfilar, imagino, su escuálida frente para empujar con los cuatro cuartos. O sueltan sobre el piso una enorme esfera de metal que rueda hasta detenerse con un pequeño estruendo contra las paredes, tarea en la que el equino debe limitarse a observar dada su falta de manos para levantar y dejar caer…todo sólo para terminar a las carcajadas. Aunque debo confesar que no escucho ningún tipo de risa que acompañe el inexplicable ritual, y esto me obliga a preguntarme qué logran con ello si no fuera un divertimento: ¿acaso una competencia, un deporte? Bien pudiera tratarse de una de esas cosas que se hacen simplemente porque sí, como apretar una bola de espuma en la mano o sobar una gema engastada sobre un anillo.
Claro, todo esto lo supongo, pero no de manera gratuita. Con especiales evidencias lo afirmo a partir de los silencios, los giros minuciosos en la cama, el avivado golpeteo y los espacios en los que simplemente no hay nada. Por lo demás, ignoro qué tipo de relación tienen. Cuando mi vecina llega con compañía, el pequeño caballo parece danzar en brincos antes de silenciarse estremecido para ser lanzado a la habitación contigua en el momento culmen del amor. Nada más quisiera  -y todo esto lo conjeturo- que poder ser parte de lo que oye desde afuera como cabalgatas legendarias, rítmicos atropellos que le recuerdan la dureza de las planicies y la suave dulzura de las gramíneas.
Es intrigante, este caballo. Por sus actitudes, no pareciera estar plenamente consciente de su condición de équido hervíboro y solípedo. En ocasiones -he escuchado todo-, mi vecina, ya vencida por los tragos -que no se requieren muchos- se echa a las carcajadas en el sofá, con un prodigioso whisky en la mano. Por los temblores, rápidos y rítmicos que se siguen invariablemente a este hecho, supongo que el pequeño equino ha terminado bañado en un Jack Daniels y se sacude con paciencia y conspicua perfección. Lo imagino todo menos molesto con el acto, lamiendo el dulce sabor del maíz tratado con humos de maderas del norte. Todo caballo recuerda el norte, una leyenda escrita en el fondo de sus reminiscencias ancestrales y por ello el equino saborea el Whiskey con gusto. Pero he ido muy lejos en mis destellos y proyecciones y quizá deba atenerme a lo que sé.
Sé que hace días no lo escucho…ha de haberse marchado exhausto, en la rítmica partida del fracaso. Los equinos tienen un paso preciso para cada situación y de seguro no ha de ser esta la excepción. Me gustaría pensar que ha encontrado otra dueña…no que habita solitario en un hotel en donde no puede hacer ruido luego de las 8 pm. Quiero pensar que aún no comprende el conflicto, el suceso, el fracaso ni la fama. Que ha resumido su vida después de Camila, que ha tomado la opción de unirse a un circo respetable, demos por caso, en donde sus talentos para seguir, o simplemente para ser un equino diminuto de proporciones precisas, son altamente apreciadas al punto de hacer irrumpir en el aplauso. Tampoco descarto que regrese, cargado de mundo, habiendo probado el centeno en otras planicies. Quizá era lo que deseaba, lo que requería su talla, su complexión y su compleja fisionomía, porque estoy seguro que ser un caballo que sigue con distinta precisión, sin soltar un solo quejido o siquiera requerir amarres y enjalmes, ha de ser una tarea mucho más engorrosa y difícil de aceptar que la de ser un caballo de tiro.



lunes, 11 de julio de 2016

La tomó de la mano...

(Es este el primero de una serie de micro-relatos que publicaré en El Pisapapel de Pilas)


La tomó de la mano y la haló suavemente hacia él. Ella no opuso ninguna resistencia; los labios suaves y dulces eran como se los había imaginado, una extensión del verano. Los pies de los dos tocaban la grama ligeramente humedecida; era la hora en que el viento dejaba que los coletazos de una  brisa suave jugueteara entre los árboles, que doblara la hierba que se había atrevido a crecer más allá del verdor en los campos lejanos…en que las banderas hondeaban con los últimos fragores del día y el cielo pintaba el firmamento de naranja y de ocres tenues e iluminados y de verdes y de añil. Ella no luchó, fue suave como el viento y él tembloroso como las banderas. La sensación en los labios pareció durar para siempre, permaneció en su memoria por mucho tiempo. Había momentos, los peores, en los que la suavidad de ese verano volvía con una certeza casi dolorosa, como tocándolo en el hombro y diciéndole que no olvidara ese instante que había sido elucido por el tiempo, y del cual nunca más se volverían a recomponer todos los ingredientes.


viernes, 13 de mayo de 2016

Una Carta sobre la Tolerancia

Hace décadas André Gide creó un género que llamó Reportajes Imaginarios. Hoy le replico con un discurso político imaginario, uno sobre la tolerancia...

Hoy quiero recordar una historia que por mucho tiempo ha reposado silenciosa en los anales de la historia del pensamiento pero que creo sería de gran utilidad en estos tiempos que no parecen menos convulsionados que aquellos en los que se desarrolla.
Hace trescientos veinte años, el médico, filósofo y humanista John Locke se sentaba a escribir un breve texto que habría de convertirse, sin que él lo supiera, en el pilar de la libertad y de la convivencia que aún pretende definir nuestra forma de vida; la Carta sobre la Tolerancia. A pesar del silencio de su estudio en Oxford, aún resonaban en su cabeza los gritos de terror de los hugonotes, la secta protestante francesa cuyos miembros habían sido brutalmente asesinados en virtud de su separación de la religión oficial. Su conciencia de ensayista simplemente no podía dejar ir una historia tan nutrida de contradicciones, aunque lo separaban cien años de los hechos. Esa noche, conocida como la de San Bartolomé, los hugonotes habían sido ferozmente sustraídos de la intimidad de su hogar en medio de la noche, como si se los sacara de la secrecía de sus pensamientos y asesinados en público. Los victimarios, incentivados por un régimen cada vez más temeroso de lo que la gente hacía de puertas para adentro, gritaban a viva voz con las manos aún ensangrentadas que la masacre había sido necesaria para preservar las buenas costumbres…como si asesinar, acusar y perseguir no se contaran entre las primeras atrocidades morales de las cuales había qué huir.

Cómo me aterra pensar que Locke se mostraría despavorido al saber que los motivos por los cuales nos seguimos persiguiendo tres siglos después son por lejos más intimistas y privados que la religión; hoy al parecer nos perseguimos en aras de nuestra elección sexual. Si los demás no se preocupan porque mis finanzas estén en la ruina, un ámbito público que involucra el circulante dinero, por qué se han de preocupar por la salvación de mi alma que sólo me injiere a mí y de la cual no puedo imaginar nada más privado, había escrito el humanista en su Carta. Hágase el mismo razonamiento ahora con respecto a la elección sexual; hágase el mismo razonamiento con respecto a la comunidad LGBT de esta ciudad.
Los peligros a los que podría llevar la intolerancia eran como una especie de ácido universal, capaz de atravesarlo todo por sólido que fuese. Si aceptamos que otros me puedan decir que yo puedo estar equivocado en mi elección sexual, ¿por qué no aceptamos que esos mismos dictaminen si estoy extraviado en mi escogencia de la mujer o el hombre con el que me casé en sacramento marital? Y llevemos la invasión un paso más allá porque no hay de manera previsible un lugar natural donde se deba detener por sí misma: aceptemos que me digan qué carrera estudiar, el sitio donde debo vivir y con quien haría bien en compartir mis mejores momentos de felicidad un viernes en la tarde. Conocemos de sobra ese fragmento de Martin Niemoeller erróneamente atribuido a Bertolt Brecht que advierte que cuando fueron a buscar a los judíos “yo no hablé porque no era judío…”, hasta que eventualmente, pasando por todas las condiciones, me fueron a buscar a mí simplemente por ser quien soy. Lo que nunca imaginamos  es que al parecer no nos llevarían completos, sino por partes: vendrán por mi capacidad de elegir mi vida sexual primero y tal vez luego por mi capacidad de elegir mi carrera, mis gustos, mis amigos…
Hay quienes creyéndose en extremo dispuesto a aceptar la diferencia admiten la existencia de los que tienen otros gustos en materia sexual, siempre y cuando no los tengan que ver. La elección sexual es un vicio privado que sólo se hace delictual cuando se manifiesta públicamente, como cuando llega al hogar por medio de la televisión. Debo decirle a los que así piensan que los riesgos señalados por el filósofo inglés con quien comienzo esta intervención no se ven así disminuidos un ápice: ¿Por qué no hemos de aplicar el mismo razonamiento a los programas de carácter religioso que abundan en la televisión? Que tengan sus prácticas, pero que no las divulguen. Sin embargo, si de alguna manera limitásemos la expresión de esta religiosidad no puedo dejar de presagiar que la sociedad como un todo se levantaría para defender el derecho a divulgar las ideas religiosas y con sobrada razón.
A menos que se establezca un delito de inmoralidad privada, similar a aquel por el cual llevaron a la cárcel en su momento a Oscar Wilde, a menos que esto suceda, digo, no hay con base en qué tener entre ojos a los que tienen criterios de elección sexual distinta a la nuestra. A menos que también prohibamos la expresión de la religiosidad por la pantalla e instruyamos a nuestros niños para que cierren los ojos ante lo que sucede en los ritos que pasan por la tv, quizá tampoco debamos estar dispuestos a limitar las expresiones respetuosas y mesuradas de la comunidad LGBT por medios masivos. La pertinencia que tiene el ser cuidadoso con las edades para las que van dirigidos los contenidos y recomendar la orientación paterna no la cuestiono ni por un solo instante. Sólo digo que en aras de ese cuidado no se puede llegar al punto de prohibir la entrada en nuestras vidas de todo lo que no somos, de lo que cuestiona nuestros valores. Mejor haríamos en instruir a nuestros niños en la diversidad desde una edad temprana, enseñándoles que las familias, las relaciones y el amor son más amplios que lo que ven en su propio hogar y que como tal todos necesitamos vivir aprendiendo.
A veces como sociedad añoramos la uniformidad por ninguna otra razón que por la comodidad de entender lo que sucede en la vida de otros. Pero hemos de acostumbrarnos a la incomprensión y la respetuosa deslealtad con las tradiciones que implica la tolerancia. Ella no es algo dado; la entiendo más como un logro, una conquista permanente.

Pero sobre todo, las palabras que he dicho tal vez parezcan implicar que la tolerancia que defiendo es un gran acto de aguante de los demás, que aprendo a cerrar los ojos mientras pasan, a taparme los oídos mientras hablan. En realidad por lo que abogo es por algo más atrevido; digo que en la diversidad hay una gran fuente de riqueza deseable y no lo señalo sólo porque sea lo políticamente correcto y deseable, sino porque es en la diferencia que como colombianos y como habitantes de una ciudad diversa y humana  -y tal vez sólo en ella-  que al fin aprenderemos quiénes somos.