El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 7 de octubre de 2016

El Tamaño sí importa

Hace más o menos cien años, el británico Arthur Stanley Eddington notó que el tamaño del hombre se sitúa justo en la mitad entre los átomos y las estrellas. Eddington sabía de lo que hablaba; era uno de los astrofísicos más conocidos de su tiempo. Prácticamente el mismo número de átomos que componen un cuerpo humano, -un número enorme,10 seguido de 28 ceros-, es, con una ligera variación, el número de cuerpos que puestos juntos formarían un objeto del tamaño de una estrella.
No he dejado de pensar en este dato desde que lo leí por primera vez. Como evolucionista, me estrelló contra el piso: ¿hay acaso algo asombroso en nuestro tamaño? ¿tiene que ser el que es y no podría ser otro? Creo que sí, somos como somos por motivos de peso, literalmente…aunque lo que hace asombroso el hecho es que no hubo en ello planeación o diseño deliberado. Tomemos el cerebro. Con el sólo hecho de que hubiese sido diez veces más grande que el actual, nunca hubiéramos construido civilización alguna y estaríamos dichosos en nuestra condición de almejas. La lógica es apabullante: la velocidad de transmisión de información entre las neuronas lejos de ser la de la luz es de humildes 300 kilómetros por hora, con lo cual un pensamiento viaja de un lado al otro del cerebro en un milisegundo. Un cerebro 10X implicaría que el número de pensamientos transmitidos en una vida fuera diez veces menos que el actual.
El mismo resultado se hubiese dado sin que hubiese crecido el cerebro, sino la Tierra. Con una Tierra con el doble de la masa, lo cual hubiese creado según el cosmólogo Adrian Berry una gravedad que es apenas 1,4 veces la actual, las cosas hubieran sido muy distintas. La vida marina se hubiera demorado más en evolucionar y con ella la salida del agua de ese primer pez con patas que los darwinistas pegan en la parte de atrás de sus autos. Con una gravedad así, no habría bellas piernas estilizadas, sino troncos poderosos y nuestro cuello se hubiera tenido que multiplicar para llevar el kilo y medio de encéfalo que portamos en el cráneo.
Cuando se trata del cuerpo, el tamaño -y me perdonan no familiarizados con los básicos de la pornografía- sí importa. Un ratón no es un elefante a escala. Sus cuerpos, incluso al nivel de la célula deben ser distintos. El mamífero más pequeño, un roedor que no pesa más que una moneda de 50 pesos, la musaraña etrusca, tiene por su tamaño proporcionalmente más piel expuesta que el elefante. Esto implica que debe comer todo el día simplemente para no morir de hambre y frío; es una llama sobrealimentada, un pequeño horno de fuelle turbo-acelerado. El elefante, por su parte, sufre del innoble problema contrario: si sus células no tuvieran mecanismos sofisticados para disipar el calor, lo cual no sólo hace con sus orejas, como lo ha demostrado recientemente el excelente divulgador científico Robert Krulwich, estallaría. Nos gustan los elefantes, no queremos que estallen; afortunadamente su metabolismo es mucho más bajo, una calmada y fuerte tea que arde de manera parsimoniosa. Los hombres estamos en la mitad entre la musaraña estrusca y el paquidermo. Más del lado del segundo para ser precisos. De haber quedado en los extremos o tendríamos que pasar el día comiendo 80% de nuestro peso corporal  -predicamento del pequeño mamífero con la cual algunos de nosotros no tendríamos ningún problema- o en el extremo contrario, la vida nos hubiera durado muy poco para cualquier empresa a plazo decente y nos hubiéramos tenido que dar a la lenta tarea de recordar, como el hermano elefante.
Musaraña Etrusca
Una de las cosas más asombrosas del elefante y la musaraña la divulgó el biólogo evolucionista Stephen J. Gould: ambos en realidad viven la misma cantidad de tiempo. De hecho todos los mamíferos lo hacen. ¿Cómo, se podrá preguntar, si la musaraña vive días y el elefante años, a veces más que los humanos? La lógica demanda que la vida no la midamos en años sino en latidos del corazón comparados con la frecuencia de respiración. Tanto la musaraña como el elefante, todos los mamíferos respiran una vez cada cuatro latidos del corazón. Si bien en la musaraña ambas cosas pasan muchas veces y en elefante menos veces en su vida, los números forman una misma ratio. Para una musaraña un día debe durar una eternidad, dado todo lo que hace –no duerme, come y caza constantemente, se mueven más de trece veces por segundo, peor que el más fastidioso de los bebés. Para el elefante, por el contrario, es dable suponer que los días, como diría el poeta Bukowski, pasan rápidos como caballos salvajes sobre las colinas y el tiempo no parece rendir para nada.
El problema del tamaño no sólo se relaciona con el calor, sino también con la resistencia al fluido en el cual viven los animales. Dada la masa corporal en relación con su área de piel, para no contar sus huesos sólidos, un caballo no podría volar así tuviese alas regaladas por los dioses. A menos, especulan los biólogos, que fuese un caballo más pequeño que una abeja, lo cual sin duda le restaría emoción a tener un Pegaso. A este nivel de nuevo resuena la verdad del tamaño: para un ave el aire es más bien espeso según los experimentos sobre el vuelo de Erick Von Holst en la década del 70. Tanto así que las alas de los animales que vuelan deben describir pequeñas curvas sinusoidales con los bordes para meterse en ese medio denso. Es por ello por lo cual al hombre le iría más o menos igual de mal que al caballo al emprender el vuelo como Ícaro. La magia de la mitología griega consistió en imaginar a un ser que no podía volar sobre otro que lo hacía en menor medida.
Podría uno quedarse asombrado de que el caballo no deba volar para comer pasto, que los elefantes no tengan que correr y que las musarañas poco tiempo tengan para recordar…o si a ello vamos que el hombre sea del tamaño que es. A mi modo de ver, no es que Dios nos haya puesto sobre un mundo perfecto. El darwinismo implica una extraña inversión del razonamiento para el que lo comprende y profesa: estamos acá justamente porque todas estas circunstancias se dieron. Si no fuese así, de nada habría que asombrarse… porque simplemente no existiríamos.

viernes, 22 de julio de 2016

El Caballo de Camila

Debido a la persistencia de diversos tipos de sonidos, similares al golpear de dos medios cocos huecos, provenientes del piso inferior de mi apartamento, he llegado a la conclusión de que mi vecina Camila tiene un pequeño caballo que anda suelto detrás de ella. Por la intensidad y brillo de sus pisadas, infiero que ha de ser del tamaño de un perro mediano, de cascos de unas dos pulgadas a lo más, una extrañeza veterinaria admirada y deseada por los zoológicos.
Constantemente, la acompaña de un lugar a otro…a veces afanoso y preciso; en otros momentos bucólico cuando en la tarde el Sol se presta para uno o dos sorbos de vino. En las noches lo he escuchado dar vueltas ebrias en torno a un punto, círculos desvencijados luego de los que debe votar una pata al lado para no caer, lo cual me llega como un estruendo que interrumpe los ciclos y me hace regar el café. No hay duda de que ello es distinto al paso resuelto, casi militar con el que toma la rienda de la situación y acompaña a Camila a regar sus flores, quedándose quieto en silenciosa expectativa. Tampoco se equipara con la marcha de desfile de los días de aseo, ni con las correrías que se siguen de los toques en la puerta, iracundos de curiosidad, ansiosos así sólo sea para repetir los números del contador de la luz. Es una criatura curiosa, este caballo. No creo que sus crines den para hacer trenzas, que sea capaz de comer una zanahoria o una manzana más que a pedazos…y ni soñaría con que el hombre haya montado alguna vez a alguno de su especie. No se le oye rebuznar y sin duda su cola ha de ser muy pequeña para espantar a una mosca respetable. Pero su fisionomía, así lo quiero creer, es la del equino; su boca en ese absurdo gesto del caballo común, parece indentada en la cara y tiene algo de humana, como todo caballo respetable. Su olor debe ser el del cuero y la silla, y como cualquier caballo heroico es capaz de perderse en un atardecer si tan sólo lo deseara.
Cada 28 días, Camila exhausta o adolorida por las faenas cíclicas de su cuerpo se acuesta en silencio. La escucho cuando los goznes de las puertas resuellan suaves y cansados al final de la tarde, o adoloridos y rápidos en búsqueda de un analgésico en las mañanas grises. El pequeño equino alojado sobre sus patas traseras la acompaña y ve sus programas del tedio sin comprender imágenes coloridas de la pantalla. Así Camila se haya quedado dormida, apoyado sobre sus cuartos traseros, los cascos en recta disposición hacia adelante, sigue siendo fiel al programa obliterado, dando una ocasional mirada a su ama.

En días de tedio, cuando Camila está activa, mueven enormes montículos de piedra caliza o ladrillos contra los que el caballo debe enfilar, imagino, su escuálida frente para empujar con los cuatro cuartos. O sueltan sobre el piso una enorme esfera de metal que rueda hasta detenerse con un pequeño estruendo contra las paredes, tarea en la que el equino debe limitarse a observar dada su falta de manos para levantar y dejar caer…todo sólo para terminar a las carcajadas. Aunque debo confesar que no escucho ningún tipo de risa que acompañe el inexplicable ritual, y esto me obliga a preguntarme qué logran con ello si no fuera un divertimento: ¿acaso una competencia, un deporte? Bien pudiera tratarse de una de esas cosas que se hacen simplemente porque sí, como apretar una bola de espuma en la mano o sobar una gema engastada sobre un anillo.
Claro, todo esto lo supongo, pero no de manera gratuita. Con especiales evidencias lo afirmo a partir de los silencios, los giros minuciosos en la cama, el avivado golpeteo y los espacios en los que simplemente no hay nada. Por lo demás, ignoro qué tipo de relación tienen. Cuando mi vecina llega con compañía, el pequeño caballo parece danzar en brincos antes de silenciarse estremecido para ser lanzado a la habitación contigua en el momento culmen del amor. Nada más quisiera  -y todo esto lo conjeturo- que poder ser parte de lo que oye desde afuera como cabalgatas legendarias, rítmicos atropellos que le recuerdan la dureza de las planicies y la suave dulzura de las gramíneas.
Es intrigante, este caballo. Por sus actitudes, no pareciera estar plenamente consciente de su condición de équido hervíboro y solípedo. En ocasiones -he escuchado todo-, mi vecina, ya vencida por los tragos -que no se requieren muchos- se echa a las carcajadas en el sofá, con un prodigioso whisky en la mano. Por los temblores, rápidos y rítmicos que se siguen invariablemente a este hecho, supongo que el pequeño equino ha terminado bañado en un Jack Daniels y se sacude con paciencia y conspicua perfección. Lo imagino todo menos molesto con el acto, lamiendo el dulce sabor del maíz tratado con humos de maderas del norte. Todo caballo recuerda el norte, una leyenda escrita en el fondo de sus reminiscencias ancestrales y por ello el equino saborea el Whiskey con gusto. Pero he ido muy lejos en mis destellos y proyecciones y quizá deba atenerme a lo que sé.
Sé que hace días no lo escucho…ha de haberse marchado exhausto, en la rítmica partida del fracaso. Los equinos tienen un paso preciso para cada situación y de seguro no ha de ser esta la excepción. Me gustaría pensar que ha encontrado otra dueña…no que habita solitario en un hotel en donde no puede hacer ruido luego de las 8 pm. Quiero pensar que aún no comprende el conflicto, el suceso, el fracaso ni la fama. Que ha resumido su vida después de Camila, que ha tomado la opción de unirse a un circo respetable, demos por caso, en donde sus talentos para seguir, o simplemente para ser un equino diminuto de proporciones precisas, son altamente apreciadas al punto de hacer irrumpir en el aplauso. Tampoco descarto que regrese, cargado de mundo, habiendo probado el centeno en otras planicies. Quizá era lo que deseaba, lo que requería su talla, su complexión y su compleja fisionomía, porque estoy seguro que ser un caballo que sigue con distinta precisión, sin soltar un solo quejido o siquiera requerir amarres y enjalmes, ha de ser una tarea mucho más engorrosa y difícil de aceptar que la de ser un caballo de tiro.



lunes, 11 de julio de 2016

La tomó de la mano...

(Es este el primero de una serie de micro-relatos que publicaré en El Pisapapel de Pilas)


La tomó de la mano y la haló suavemente hacia él. Ella no opuso ninguna resistencia; los labios suaves y dulces eran como se los había imaginado, una extensión del verano. Los pies de los dos tocaban la grama ligeramente humedecida; era la hora en que el viento dejaba que los coletazos de una  brisa suave jugueteara entre los árboles, que doblara la hierba que se había atrevido a crecer más allá del verdor en los campos lejanos…en que las banderas hondeaban con los últimos fragores del día y el cielo pintaba el firmamento de naranja y de ocres tenues e iluminados y de verdes y de añil. Ella no luchó, fue suave como el viento y él tembloroso como las banderas. La sensación en los labios pareció durar para siempre, permaneció en su memoria por mucho tiempo. Había momentos, los peores, en los que la suavidad de ese verano volvía con una certeza casi dolorosa, como tocándolo en el hombro y diciéndole que no olvidara ese instante que había sido elucido por el tiempo, y del cual nunca más se volverían a recomponer todos los ingredientes.