El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

sábado, 10 de febrero de 2018

Por qué no soy feminista


No soy feminista. Ha llegado el tiempo en que uno debe explicitar que no lo es. Una y otra vez se debe recordar que esto no nos avoca a la misoginia, o a la defensa de la cliterectomía, o a querer instaurar la obligatoriedad de la hiyab. Tampoco implica no querer defender las causas de las mujeres. Significa sin más que no encuentro dentro de mí la afinidad para avanzar las tesis de ese algo amorfo y difuso que se llama “feminismo”, de la misma manera que no defiendo cualquier otro “ismo”.
En mucho se parece esta situación a la del comunismo hace cuatro décadas cuando el que no lo defendía declaraba implícitamente no tener corazón. Otras cuatro décadas antes, en 1927, Bertrand Russell se había visto avocado a escribir “Por qué no soy Cristiano” como un texto emblema contra el dogmatismo dominante de su tiempo. Estas eran las cosas correctas para hacer; amar a Dios y ser comunista. Mientras que no es preciso en una sociedad secular tenerse que explicar en uno u otro sentido,  no defender el feminismo hoy es una declaratoria de inmoralidad con visos de republicanismo americano, algo semejante a negar el cambio climático y la importancia de las vacunas.
Para comenzar,  simplemente no veo a las feministas haciendo una labor paciente de tejido argumentativo y persuasión por medio del cual deba yo convencerme de que este es un “ismo” que vale la pena salvar. Quizá esté apegado a una lógica que la feminista Ruth Bleier llamaba “falocéntica”. Llámese como se llame, múltiples formas del feminismo contemporáneo parecieran cubiertas con el velo de la obligatoriedad. Y cuando una ideología se presenta con el velo de la obligatoriedad, en ella algo ya está sancionado. Quizá sea mi maña de sospechar de aquello en donde veo tumulto. Tal vez esté yo sólo en esto de de preferir el disenso al consenso, en resistirme a creer que lo que todos llaman bueno lo es porque todos lo llaman bueno. Me cuesta trabajo, por ejemplo, creer que hay una conspiración misogínica profundamente enraizada en la cultura. Por desgracia, los misóginos son bastante reales. El filósofo Karl Popper ya lo advertía en la Miseria del Historicismo, criticando la idea de que siempre que algo malo pasa, muchos creen que hay gente responsable sobándose las manos a carcajadas. La falacia está posibilitada por el hecho de que nada sucede sin una causa, y a menudo causa son las voluntades.
Imelda Marcos ostenta un rubí incrustado en base de diamantes
Pero yo prefiero centrar el problema de la mujer en otro lado menos evidente.  Como en el caso de los grupos marginales, se trata de una especie de desprecio ideológico que es difícil de percibir o explicitar. Poco se pondera que desde hace más de cinco siglos la historia de la vida en la cultura occidental es una historia del individuo, y en el fondo de nuestras cabezas, ese individuo es un hombre blanco de edad mediana. No es una mujer negra y anciana. Y si a ello vamos, tampoco un hombre obeso de oriente. Esto ha hecho que en la historia estas personas hayan pasado por canales secundarios, no insertos en el torrente principal de la vida. El feminismo en un sentido estricto debería contar estas historias, entre las cuales están las de los hombres. Porque esta forma de marginalidad no es exclusiva de las mujeres; la comparten con los pobres, con las minorías étnicas y básicamente con todo ser humano que haya alguna vez sucumbido a lo que García Márquez llamaba el óxido del poder, esa fracción de la política, de las instituciones que logra colarse hasta la intimidad de la vida.
Poca reivindicación se ha logrado revirtiendo la historia para poner a los ignorados en posiciones de dominación. Las mujeres en los mismos cargos que los hombres han demostrado ser tan falibles y tan sedientas de poder como sus contrapartes. Imelda Marcos en Filipinas poseía la ridícula proporción de 2000 pares de zapatos, incapaces de ser calzados en treinta años así se cambiara su ajuar dos veces al día. O sin ir más lejos; ¿la política colombiana se ha visto aireada por Maria Fernanda Cabal, Paloma Valencia o Sofía Gaviria? La mujeres en política han demostrado ser tan capaces como los hombres sin duda, pero eso sí, en el mismo escaño de corrupción. Hay que recordar que esta última, Sofía Gaviria, obtuvo sus votos para el Senado en la remota región del Putumayo en donde por algún motivo sus ideas tuvieron un eco sin precedentes. Detrás de la concepción misma de que los hombres son inferiores a las mujeres o de que las mujeres son superiores a los hombres, ideas en ningún sentido equivalentes, no puede yacer más que una generalización insoportable, ya que si bien hay que aceptar que no somos iguales, no se puede con base en ella reclamar porciones de la realidad.
En días recientes, un grupo de profesoras feministas de la Universidad del Rosario se quejaba -a raíz de la elaboración de una infografía para ser colgada en el Aula- de la poca participación de la mujer en la historia de la independencia de Colombia. Un aspecto ominoso de la obligatoriedad de ser feminista es que parece extenderse a los hechos. Uno no se puede quejar contra los hechos; que estos sean infaustos, incómodos o risibles, es otra cosa. Pero un reclamo sobre su incorrección no ha de permitir como si fuera, regresar y reescribirlos desde una teoría de los derechos que uno considera correcta. La historia de Colombia, patriotera y bufa como es, es un ejemplo perfecto de hechos ridículos que están ahí, mirándonos a la cara, no a la espera de ser re-escritos sino evitados.
Considérese el asunto de las escritoras colombianas subrepresentadas frente al número de hombres en certámenes literarios internacionales recientes. El problema de este grupo de personas que ponen como estandarte de la literatura en Colombia no es que sean hombres; son las relaciones de poder que manejan, de las cuales sólo una es el género. Es la rosca, es la intención de exclusión. El feminismo al acentuar el rasgo de género obnubila estos viejos problemas que no por viejos hemos resuelto. Detrás de la decisión de que estos sean los escritores colombianos, hay una cantidad de mujeres, empezando por la Ministra de Cultura. De tal forma que no es un fenómeno orgánico y espontaneo de la sociedad machista, sino una decisión explícita en la cual han tomando parte muchas personas. Si a ello vamos, gran parte del reclamo de las feministas debería estar enfocado contra al labor de algunas mujeres. ¿No suelen acaso las mujeres tiranizarse, exceptuarse y aniquilarse entre ellas con una crueldad irredenta que no se detiene? Un prejuicio mío, quizá. Tal vez he estado hablando con las mujeres equivocadas. La imagen de la cultura contemporánea, del persecutor masculino; la historia de la infalibilidad femenina y de su compasión son historias que no podemos dejarnos de narrar, a pesar de su unilateralidad y de lo poco que se asemejan al orden de los acontecimientos.
Detrás de la subrepresentación expuesta en el caso de las escritoras lo que hay es un criterio gerencial, sostenido en el aire por un lenguaje como este: convoquemos firmas, unas que le den tranquilidad a los inversionistas que quieran apostarle a la cultura en Colombia. Se trata de ese insoportable misticismo de la consecución de recursos. ¿Acaso en ese lenguaje unilateral y optimista no quedamos excluidos muchos hombres que escribimos? Y si vamos a las consideraciones de calidad, ¿debemos confiar de manera tendida en que las personas que nos dan tranquilidad entregan calidad? Esto lo digo independiente del hecho de que sean hombres o mujeres. Un sistema de cuotas no subsana la inconsistencia. Uno de los reclamos más inteligentes que le he escuchado a una feminista, la filósofa Susan Haack, contra corrientes dominantes del feminismo de su tiempo, es el constante recorderis de atenerse a la evidencia: si no me gusta algo, no lo descalifico por sus resultados, sino por su conformación. Si no me gusta que los neurólogos afirmen que hay diferencias significativas entre la cognición de los hombres y las mujeres, habrá que mirar la evidencia y no rechazar la investigación porque sus resultados no encajan con mi representación ideológica del mundo. Esto dicho en un mundo en el cual quedan pocas cosas aún por tergiversar…
Ahora, hombres y mujeres nos hemos dedicado a atacarnos en los detalles, en las tareas ínfimas. El Malpensante publicó hace unos números un ensayo de corte feminista contra los hombres que enseñan. Imagine la categoría, tan amplia, tan poco reductible a algo concreto; los hombres que enseñan. El artículo  se ensaña y con razón contra la prepotencia de algunos hombres que enseñan. Justificado.  ¿Pero no parecería claro que no importa quién enseñe con esa actitud? ¿Qué tienen los hombres que enseñan? Una acusación de la que uno no se puede salvar sin aniquilarse, sin poner en ruda credibilidad no sus ideas sino quien uno es, ha de ser injusta. Si no es así, podríamos y deberíamos enfilarla contra las mujeres mismas…Yo Roberto, un hombre que ha enseñado toda su vida ahora resulto terriblemente inauténtico, manchado con la más infausta forma de deshonestidad que resulta ser la interminable tarea de intentar ser uno mismo. De nuevo, me pregunto por todos los verdaderos impostores, hombres y mujeres, que han vendido productos bancarios asquerosos por el mundo causando hambre y muerte; por los príncipes árabes que han comprado una sola obra de arte, como denunciara recientemente Peter Singer, por la suma que se requeriría para curar toda la ceguera prevenible de África; por las mujeres y hombres apegados al poder incapaces de vivir sin un i-phone, sin piscina en el conjunto y sin hacer spinning en un maldita ventana. Piense en lo que verdaderamente nos desdibuja a todos y nos denigra por pedacitos; la desigualdad, el sometimiento a mediocres que son nuestros superiores, el triunfo del que está emparentado con el poder.

A esto le temo realmente, y al hecho de que las luchas intestinas de las mujeres parecen estar olvidando que no es a su libertad a lo que le tememos. Las feministas radicales no nos causan temor, como algunas de ellas mismas creen. Es algo más similar a una saciedad que se ha uno de aguantar en silencio. Porque el sueño de ir por ahí asustando parece instanciarlo sólo el que se ha puesto una máscara. Eso, andar con una máscara puesta, todo el tiempo hasta que llega un momento en que uno cree que es el rostro propio. 

miércoles, 17 de enero de 2018

La escurridiza seducción y el inapelable abuso

La seducción suele ser materia muy escurridiza.
En la seducción todo pende de la perspectiva. Una que a menudo no soporta una traducción pública, porque no tiene equivalentes públicos. Para desgracia de la especie humana, a lo que más se le asemeja, este, el lenguaje del deseo sexual, es a una cierta forma de habla corrupta, porque en la seducción pareciésemos especialmente escrupulosos y orientados por el simple hecho de que sabemos lo que deseamos con una certidumbre poco común en nuestras vidas. Esa misma direccionalidad pareciera perversa y premeditada cuando le subyace el ordenamiento de los pasos para la seducción. Imagine nuestras charlas más intimas reveladas en la radio; todas sonarán sucias. 
Piense en esta descripción de un hecho que bien puede acontecer en un encuentro de pareja: “Y fue en ese momento, en el que mirándome fijamente a los ojos, él me puso la mano en el muslo.” Lea esa frase dos veces; primero en el prontuario judicial al son de las lágrimas y las recriminaciones. Ahora imagínela inserta en la conversación de una mujer que le cuenta a su mejor amiga el rumbo que tomó la cita de la noche anterior con un hombre que del que está enamorada. La diferencia entre seducción y acoso es eso, esa cosa ínfima, poco registrable que no tiene peso físico y que llamamos perspectiva...una fracción invisible de nuestras vidas y que sin embargo hace un mar de diferencia. La violencia no es un indicador porque no todo acto de acoso es violento ni toda relación consentida es pacífica.
El problema es complejo, porque no es posible seleccionar una serie de hechos que sean en sí mismos indeseables. Los hechos, para desgracia de los que componen códigos legales o morales no son perversos. Las emociones lo son. Los intentos de regular los hechos en torno a la seducción por ello resultan ridículos, como el que nos narra el historiador Paul Johnson acerca de la universidad estadounidense que estipula que cada acto conducente a una relación sexual en el campus debe ser consentido. ¿Te puedo quitar este botón? Sí, ¿Te puedo quitar el siguiente? Siiii. ¿Y este broche? SIIIII. ¿Qué sería de la sexualidad sin el acto implícito? Al decir del psiquiatra Adam Phillips, siempre hemos sabido que la pasión es transgresora y que el placer es robado.
Al tiempo que proscribimos el abuso, no quisiéramos regular los pasos de la conformidad sexual, de la misma manera que no quisiéramos regular los indecibles caminos, con altos y bajos, con zonas maravillosamente improvisadas que conducen a la amistad, por ejemplo. Sin embargo pareciera que estamos abocados a una tarea semejante.
Considérese luego de los hechos, sea que terminen en de abuso o no, cómo las acusaciones no pueden dejarnos, algo especialmente grave para los acusados de abuso que no han abusado. Es como si ahora se conociese nuestra más recóndita maldad interior. Al fin, sabemos que x es un maldito violador, o que disfruta con fotos de niños desnudos. Al fin podremos hacer con él lo que siempre quisimos. La sonrisa en su cara es la maldita perversión de la lujuria que se derrama por sus ojos
Lo más ominoso es que esta forma de ver y sentir, de etiquetar se puede fabricar. Y se puede hacer de una forma en la que se desafía la normalidad de la afectación: x gusta de la pornografía infantil. Yo también pero en mi caso es una curiosidad sana, una cosa inocente. En el caso de X, … eso sí es grave. Se trata de esa autogratificación en la que nos reconfortamos explicando cómo las condiciones de otros, que yo también tengo, son graves. En el mío no. La inmediatez de la experiencia subjetiva me asegura que yo no soy un perverso, porque nadie lo es para sí mismo. Pero ese otro, ese otro sí que lo es. Es la lógica del hombre que posee a otro; el marica es él. Así, es posible que otro que participó en un acto sexual consentido conmigo, en el cual yo jugué parte igual, sea un maldito pervertido, con la consecuente única calificación que me puedo dar a mí mismo; una víctima.
Aziz Ansari
En toda esta ola de acusaciones que hemos visto proliferar se resalta algo; lo que pasa posterior a los encuentros ahora parece estar siendo tan complejo como lo que sucede durante ellos para declarar el acto abusivo, como lo podrá constatar cualquiera que se tome la molestia de estudiar el reciente caso contra el stand-up comedian de Nueva York Aziz Ansari. El arrepentimiento posterior a un acto sexual no puede ser signo de la inadecuación del mismo, como si hiciera falta recordarlo. No lo es porque retrospectivamente el acto no puede ser recreado por los sentimientos que comanda, ni los actores están en condiciones de modificar cosa alguna. Incluso lo que tenemos por signos más fuertes y duraderos, esa sensación ominosa de que todo fue una equivocación, no es prueba de su inadecuación. Bajo la idea de que mis sentimientos, si son sinceros, reflejan estados de cosas en el mundo y como tal son el termómetro del abuso o de la corrección, no se puede decir nada sobre los actos que los despertaron. Yo puedo sentir repugnancia por la más bella boda, si la que se casa es mi peor enemiga, lo cual no dice nada de la boda misma.
Las relaciones sexuales son un campo en el que las etiquetas posteriores proliferan: el impotente, ahí va el impotente; la frígida, maldita mojigata, casi nunca dichas, pero que suelen acompañar como correlato mental toda futura interacción con la persona. La gravedad de dicho tipo de acusaciones es que tienen el poder de destruir vidas. La compasión liberal es justamente eso: hacer un daño al victimario que es desproporcionado con respecto al que él mismo causó.
No habló acá de los casos de abuso patente, sino de aquellos en los que se atraviesa una sombra; hablo de los que están protagonizados por personas torpes y excitadas sin ser depravadas, de cuando no es claro si el otro quiere o no seguir en el juego, incluso para ese otro. No digo que no haya pervertidos como de seguro lo es Harvey Weinstein, de los cuales a mí también me indigna que la última acusación sea la de abuso sexual, posible sólo luego de que lo hemos logrado disociar de todos sus otros elementos de poder. Es una seña ineludible de la colusión intemporal en la especie humana entre el poder y la proclividad a hacer cosas repugnantes.
De lo que hablo es de cómo todo esta ola de denuncias afectarán y aclimatarán nuestras relaciones interpersonales. Sospecho que de la misma manera en que la corrección política afectó el lenguaje; sólo haciendo más difícil hablar y creando un paroxismo con cada palabra. Los verdaderos perpetradores están en los más altos cargos, o en casa viendo todo pasar. La gran pregunta es cómo hacer compatibles la espontaneidad del juego sexual con el control en un mundo en el que nada nos ha unido más que las historias de abuso. Y cómo hacer esto sin arruinar vidas.
La lista de acusaciones, seguirán sin duda estropeando algunas carreras; sobre todo de aquellos que están en la penumbra, no la de los más poderosos y los verdaderos abusadores. A la larga, esto sucederá sin dejar más claridad sobre el asunto. Y sin construir un mundo más justo, menos expuesto al óxido corrosivo del poder.


viernes, 3 de noviembre de 2017

Giulia Tiziano (o la pasión y el arrepentimiento)

(Lo que sigue es un extracto de mi novela "La Invaginación" de próxima aparición -o eso espero-)

Cómo decirlo; Giulia Tiziano, una expresión de la feminidad, Giulia desnuda abriendo sus labios violetas para poner dentro de su boca diseñada por Bernini el portentoso miembro de Rodrigo, Giulia tendida y arcana, extática, gloriosa y orgásmica.
Se tuvo que detener, no porque no pudiera imaginar aún otra Giulia. Lo distrajo el taladro de don Fulgencio que se abría camino una vez más entre el poco mortero que aún separaba sus dos apartamentos. ¿Dónde más podría taladrar don Fulgencio? Un día sin duda introduciría su maldita broca y volvería con sangre de Rodrigo, como un dedo rojo por la votación; quizá así Fulgencio terminaría por trazar otra ruta. Construía un túnel de salida de su propia vida, como esos tipos que se volaron de Alcatraz. ¿Qué diablos construía con tanta obstinación? Intentaba quizá recuperar los caminos que había perdido tras años de trabajo en la oficina de reclamos de la ETB, don Fulgencio que había ahorrado toda la vida para esto, para destruir un apartamento por partes, tomarlo bajo la insigne lógica nacional de que todo ha de volverse a hacer una vez comprado, convertir su vivienda en un queso suizo cuyos agujeros permitan navegar entre las dimensiones del continuo espacio-tiempo.
Pero Fulgencio parecía haberse agotado; al final de la tarde se hostigaba con panes viejos y agua vapóricas que le restituían las fuerzas para volver a taladrar. Podía volver a pensar en Giulia. Si…la imaginó tendida, eso era lo correcto, su vagina dibujando sus delgadas líneas que no dejaban sobresalir sus labios interiores. Rodrigo se imaginó buscando estos labios, separándolos con sus dedos en medio del éxtasis de Giulia; su nariz romana sostenida en el aire, sus manos tocando su cabeza, su sexo salvaje y oloroso como la maleza, su piel blanca y complaciente, el olor de su trasero insinuándose por entre sus muslos. Su vagina, delicada y a la vez indestructible, no era parte de su cuerpo; era el sexo de Giulia, pero no era Giulia. No era una cicatriz, era un objeto público que Rodrigo haría suyo así fuera en sueños.
Soñó por muchas noches con esta imagen rígida y monotónica que lo obsesionaba: haciendo venir a Giulia con su nariz, insertando sus labios entre su vulva, pero excitando su clítoris con su tabique, sintiendo cómo se movía de un lado para otro como un nudo húmedo que podía trasponer a voluntad. La imaginó de nuevo estática y tendida. No era una imagen sin más. La obsesión con la Giulia tendida era una porción de su redención; lo que hubiera sido si toda la ecuación de su vida no hubiera sumado esto, si hubiera sido normal, si su padre no lo hubiera empujado al límite, si todos los errores no sumaran una especie de mutación que convirtió su existencia en una célula cancerígena rodeada de muerte. Rodrigo lo sabía: Giulia o cualquier otra como ella, alguien para empezar, alguien con quien limpiar su vida...hubiera sido su felicidad. Hubiera tenido hijos con ella, una casa con persianas y una hamaca, tardes de verano suaves en algún país distante, hubiera podido emborracharse sin la contrita culpa, hubiera tomado sus senos para dormir en las noches de tormenta. Todo hubiera sido como hubiese debido ser, ese orden que corría paralelo a su vida como por una especie de túnel y que nunca fue. Giulia era su modo subjuntivo. Uno de muchos.
No podía dejar de pensar en tomar su parcial de entre el montón que cargaba sin corregir y olerlo. Se sintió ridículo saltando con los pantalones en los tobillos hasta el lugar en donde había tirado su maleta. La enfurecida erección que había cultivado con esmero casi fenece cuando pasó por el parcial de Roy Aristizabal. Al fin lo encontró. Giulia había dibujado en la parte superior de las i’s de su nombre, pequeños corazones que parecían triángulos con un trasero. Rodrigo sabía que no eran para él pero quiso pensar que eran un mensaje encubierto, esperando a ser descifrados. Lo olió con fruición; una lejana esencia de su olor se traslucía, o al menos eso creía Rodrigo. No sabía si lo imaginaba o lo había encontrado en la hoja, como el punto de los antiguos televisores que no podía especificar si una vez apagado los seguí creando con su imaginación o los percibía.
Lo asoló la idea de que todo esto se supiera, de que sus deseos por Giulia de alguna manera se le escaparan como una flatulencia incontrolada; lo preocupó la idea de cómo por ello resultaría una especie de criminal moral, más execrable que cualquier otro; pensó en Farodia, en Antonia Ubuntu, en lo malditamente incorrecto que era desear para él, existir. Rodrigo lo sabía, todos los profesores lo sabían: el único período de la vida de una mujer en la que está expuesta a la influencia y al poder de un hombre que gana menos dinero que su padre y que sus futuras parejas es bajo su etapa de estudiante. Por ello la sociedad guarda la relación con cuidado, equiparando sus iniquidades, redondeando cualquier contacto con el hálito de la delincuencia cual si se tratara de un caso de acceso carnal indebido con menor. Aunque Giulia no era una menor, lo era para un hombre como él. 
Se masturbó mirando por la pequeña ventana que sobresalía encima de la chimenea de la panadería Milla Pan, se masturbó mirando las luces de la ciudad, su furia enardecida, se masturbó sin impedimento, con los pantalones aún en las rodillas. Le costó volverse a concentrar en Giulia; toda la situación había generado conciencia de su propia situación y se sintió ridículo por plazos, en breves periodos.

Pero pronto los pensamientos amigables y hospitalarios como el de la vagina imaginada tomaron su lugar; regresar a ellos era como volver a un territorio conocido, como regresar a casa. Su mente se había vuelto desde hace años un lugar para pensamientos errabundos, raros, indigentes que no tenían a donde más ir. Estos eran una flora natural que lo mantenía pegado a lo poco de vida que le quedaba y que no estaba marcada por la muerte. Se dejó llevar, más por la posibilidad que por el cuerpo de Giulia; se dejó llevar por la pura y simple imaginación de él ser su hombre, de él, Rodrigo, merecerla.
Cerró los ojos y contuvo la respiración. Las ideas se iban centrando en un objeto elusivo que parecía no llegar. Pero lo conminó, lo hizo venir, se hizo venir. Jadeante y ansioso no supo en qué momento perdió el equilibrio; se sintió viejo, caminando como su padre. Tuvo que pasarse el parcial de Giulia a la mano con la cual se autocomplacía, sin considerar que estaba ungida de la muestra del Aceite Johnson que le habían regalado la semana pasada en una campaña de mercadeo en la Universidad. No cayó en cuenta que mancharía inexplicablemente el parcial, que explicarle a Giulia qué hacía con aceite y su parcial al tiempo habría de ser infinitamente más difícil que explicar una mancha de tinto. 
Se sintió trivial de tenerse que sostener, pero todo era confusión; había logrado su orgasmo aunque a medias. En un segundo decisivo y crucial, al soltarse de la mano derecha para asirse de su escritorio, esputó una letárgica mancha que su cuerpo parecía haber liberado como una cortesía, como un resultado inevitable y causal de su propia refriega. Cayó de espaldas sobre la biblioteca que daba contra el apartamento de don Fulgencio, pero por un instante, no le importó, soltó un liberador gemido que parecía una especie de sofisma de placer. Se dejó caer en la silla, sofocado, pasándose la única mano libre por la frente en una ominosa señal de la insatisfacción de su propio orgasmo incompleto, uno que Giulia no se merecía.
Lo sorprendió el timbre insidioso del teléfono que nunca sonaba en su casa. Era don Fulgencio que se quejaba del ruido, que preguntaba qué diablos hacía allá adentro Rodrigo, que le recordaba las más mínimas normas vitales y decentes del sonido en las convivencias. Rodrigo colgó sin decir una palabra, y casi de inmediato se percató de que no sabía a donde había ido a dar su propia eyección. Se examinó la mano, el piso, pero nada. Revolcó entre los papeles del escritorio para descubrir que había aterrizado en la cara de la joven Julia Kristeva que sostenía su cabeza con la mano en la portada de Lo Femenino y lo Sagrado, uno de los libros favoritos de su ex esposa, propiedad de la Universidad de los Cerros que por desidia y rabiosa consideración se había decidido a sacar de la biblioteca, recomendación de Giulia, sólo con el fin de tener qué hablar con ella. Decidió dejar que la mancha se secara sobre el rostro pecoso de Kristeva…mañana luego de la clase con Giulia se lo devolvería como un presente de lo que consideraba una encantadora velada en la cual los dos tuvieron sexo sin que ella tuviera ni idea.
Pero el esputo blanquecino había ido a dar a la tinta que en la portada dibujaba el frondoso pelo de Kristeva. Intentó desesperadamente limpiar la mancha sólo logrando que la cara se ennegreciera. Todo tomaba un camino deplorable desde el punto de vista de la corrección política; una Kristeva negra, poluta por el semen intoxicador de la testosterona de un hombre que se dejaba contaminar por una estudiante. Maldito Rodrigo; no deberías tener gónadas. Ese es tu problema, tus hormonas, tus insignificantes flagelos que te han llevado a lo más deplorable de tu vida. Si tan sólo pudieras prescindir de ellas, si tan sólo las pudieras cortar o perder como el sabio Orígenes, castrado no por vocación sino por el sabor contrito del arrepentimiento. Y eso que no había tenido contacto directo con Giulia. La sola imaginación comandaba esta culpa. 
Por un momento consideró dar el libro por perdido, reportando a la biblioteca el robo de su maletín con todo su contenido, pero eso hubiera implicado fingir una denuncia y cambiar de maletín. Decidió dejar que se secara. Caminó hasta el patio de ropas con el libro cuidadosamente balanceado para que la mancha no afectara otras partes del cuerpo de la feminista y lo puso en el patio de ropas. Con la esponjilla de la loza que ya estaba seca, intentó recuperar lo poco que podía del líquido sin romper el papel, como secando el sudor de Kristeva luego de otra de sus agotadoras luchas contra un maldito macho que sólo seguía sus instintos, o lo que que quedaba de ellos.